Un movimiento en falso y

En actitud harto circunspecta, pero singularmente alegre, J. Chirgo reflexionaba, maravillado por el carácter mismo de sus reflexiones, que los movimientos efectuados durante una partida de ajedrez, así como las diferentes jugadas que pueden emprenderse, son infinitas una vez finiquitada la partida, más no a la inversa.
     Ora pensaba en los enroques —largos o cortos— moralmente aceptables, ora en la posibilidad 649 para dar mate al pastor en 4 movimientos. Súbito, su mirada vagabundeó por las tapizadas paredes de su minúsculo cuarto, despreció una acuarela del pintor Goergie Matogrosso colgada en la pared, se instaló en la ventana y se descosió en el inmenso, aunque limitado, panorama que le ofrecía el mundo exterior.
     La mirada errabunda relamió un fresno situado en la esquina donde Tino, el voceador, vende a menores de edad videos impropios incluso para mayores de edad; examinó y aprobó la enorme panza de la señora Calvillo, que simplemente pasaba por allí y estaba a catorce días de dar a luz a un pequeñín engendrado amorosamente por un padre desobligado; reconoció a Mustafarafas, el felino bizco de la señorita Zulú, quien andaba de vago y calavera engatusando a una gatita desabrida y patizamba, e inusitadamente, fijó la mirada en un hombre de unos tantos años, más o menos, con cierto aire de extravío, bien vestido con una camiseta azul rey (“Como esta”, se dijo Chirgo), pantaloncillos verde olivo (“Como estos”, repitió), calcetas grises (“También como estas”, volvió a decirse) y zapatos deportivos negros, coronado por una cachucha del equipo de fútbol americano de la Universidad Autónoma de Tenayuca (“Como estos, desde luego”, observó finalmente).
     El hombre, en efecto, parecía estar en busca de alguien. La mirada telescópica de J. Chirgo afinó el objetivo y distinguió escrupulosamente los familiares, muy familiares rasgos faciales de aquel hombre de más o menos tantos años que, a ojo de buen cubero, podría ser o era el mismo J. Chirgo.
     —¡Zambomba! —exclamó el autor. Mas la idea que acariciaba su bulbo raquídeo le produjo risa, desconcierto y temor, sucesivamente.
     “Ese hombre sin duda se parece a mí como una gota de agua dulce a una gota de agua marina”, pensó J. Chirgo. Y al instante rectificó la apurada apreciación, concluyente:
     —Ese hombre soy yo.
     Así, a la velocidad del pensamiento de un ser humano parcialmente pensante, con un coeficiente intelectual arriba del promedio, salió de su apartamento, se deslizó escaleras abajo y salió corriendo de su edificio con la intención de darse alcance.
     Cuando llegó al punto donde se había visto, desalentado, tuvo la sensación de que se había perdido de vista, de modo que J. Chirgo buscó a J. Chirgo en la cafetería de Madame Wang Li, con Tino el periodiquero, en la tienda de don Rafa y, con el pretexto de informar del paradero de su adúltero compañero de cuarto, inclusive visitó a la señorita Zulú, la mujer por cuyos huesos andaba como perro de Pavlov: salivando y dando tumbos. Pero del otro J. Chirgo, no halló rastro alguno.
     Regresó al sitio donde se perdió de vista y se rascó la cabeza, dubitativo. El asunto parecía inexplicable y asaz misterioso; sin embargo, no tardó en hallar la solución del enigma:
     —¡Claro! —exclamó con natural perspicacia, se mesó la guedeja y alzó la vista hasta que topóse con la ventana de su propio apartamento, presintiéndose allí, en el interior, en actitud harto circunspecta, despreciando el cuadro antimutista de Matogrosso, relamiendo con la mirada el arbolito donde Tino, el voceador, vende a menores de edad videos no aptos incluso para mayores de edad, aprobando la enorme panza de la señora Calvillo, que simplemente pasaba por ahí, y examinando al tipo vestido exactamente como él, de rasgos faciales, a ojo de buen cubero, idénticos.
     —Pero si es sencillísimo —satisfecho con la explicación—. Tomando en cuenta que la partida está empezada, peón alfil dama negro avanza a cuatro dama y se le antoja viaje; pero no cuenta con que caballo rey blanco en tres caballo rey defiende a peón rey blanco, inmóvil en ídem cuatro, situación que pone en peligro a peón alfil dama negro en cuatro dama, porque a él nadie lo protege. Habría que pensar una estrategia defensiva.
     Conforme con la explicación, Chirgo, sonriente, compra los cigarros Argentinos en la tienda de don Rafa y, antes de tomarse un café donde Madame Wang Li, suplica a Tino le facilite, para entretenerse sanamente, uno de los videos triple equis que el mismo periodiquero, inflexible, condena. 

Summaria relaçion de las cosas acontesçidas al Prinçipe don Carlos, fijo de Felipe II, muy alto é poderoso sennor, con Luçia, muger de libianos cascabeles, é de la milagrosa sanaçion que della tubo, ansy commo de los restos de fray Diego de Alcala, momificado

En la fecha d’oy, en estando á veintitrés dias corridos del segvndo mes en calendario, ó sease Hebrero, mes al Sancto Patrono de los Mendigos é Proves d’Espiritv, tan bien llamado San Garabito, ó Sancto Gavito, secvndvm est fama ad ubica Deus permittet, consagrado por su Sanctidat Pio II, conosçido por sus fieles á saber por su bondat y soliçita bolvntá commo el Ervdito, y á quien se le artibuyen resolvçiones salomonicas en la Çivdad del Apostol Pedro, Roma, la ca plantas suyas besó le, é plantas iamas onrradas por tan superior dignidat a besado, y a 1564 annos del Sacro Nasçimento de Nostro Sennor Protetor Rei del Universo Iesvchristo; y en el offiçio de la escrebanvria ca mé a sido conferedo de su Reuerendissima Çesarea Maiestat Felipe II, quya jvstiçia nos sus subditos semmos testigos é alabamos, Monarcha ansy commo de bastissimas comarchas ca non conosçiereden ni fidalguia maior ni prençipio é ni fin, é ni por lo mesmo ocultasse el sol y do la noche é día paresçen confvndidos, í ygual ualeroso Capitan Maior de la Real Armada Ynuençible, iamas someteida bajo mano ruïn de pirata ó malandrin d’estirpe contradita por la Sancta Madre Inquisiçion, é menos patria alguna estranxera, doy cuenta de los acaesçimentos svçedidos asta agora al Exmo. Don Carlos, Dios Nostro guarde al Prinçipe!, a uvesas eminençias é subditos de la Corona Hispaniola y bons oydores, par ca se auengan de commo en la Corte de V.M. tan bien los milagros ocurren, é a ber si con los fechos qui referidos sé conbierten más paganos acasta la unica y uerdadera religion, ó sea á la ca profesamos obedensçia é temereidá, la Christiana Catholica Apostholica é Romana de uasallaje; y par ca bistas las causas perdidas é peligros cal pecado conuienen, sean preuenidas á tempo é sirvan d’escarmento á los puercos d’espiritv ca de pvreza é uirtvdes son tam proves commo nostro proveçito de Assis.
     Puesto porca ay qué azer saber con pelos é señales los detalles del fecho para prouechimento de los infieles ca [abran de] uoluerse al catholisismo, non [tenré empacho] en tomarme cauçiones en materia d’indescrisçiones é contraditos é malentendidos perjvdiçiales —justae vel injustae—, sobre los inbolvcrados, por bien de la verdat y bon offiçio della, y puesto cas ya bien sabida por sí de quam fallo de entender es el Prinçipe Don Carlos, é puesto ca ni su propio padre V.M. Felipe II le tiene carencia ni menor graçia por sospecha de causar intrigas, abiendo Carlos se avenido en malas consijas pro obtener la corona é deçirse Imperator Mundi, commo soñare Carlomagno y Aleixandro, non importa dezir la berdá ansy los fechos passados. Se tenga notiçia cal Infante don Carlos, tan bien conosçido por sobre nombre d’Imbeçil, estava se á plaçentero solaz biendo á muger fermosa bañar en el rio, á ojo de pajaro miron, encarmado en las ramas d’arbol altissimo de Palaçio do trascurren sus oras cuasi en reclvsion, y commo la dicha muger en cueros la mostrare sus dotes, é sin se dar cuenta esçitava la imaginaçion dél. Ansy estavan las cosas y D. Carlos en arbol más alto espiando á la donçella é la moçuela tranqüila en lago ú arrohuelo, ca á causa d’espias del Prinçipe, perdia birtvt la inoçente graçiosura frente ojos diuinos y nvnca más le abrian querencia sanamente é con onestidá, á esclvsas ca la biereden castos é misericordiosos ojos. Y teniendo ca Carlos, fijo de Felipe II Regidor d’Hispania é Flandes y los Nvebos Mundos, tubiérede culpa mentira, ques culpa maior tenida del Sennor Diablo, de caro engaño y desseo desfrazado. Por castas son quen esas el Diablo passava por alli é con animo disolvto lo bio con enorme detenençia é commo quissiere azer maldat se conuirtiendo en desseo, y ansy el Diablo trasformado en lvxvria, trepó á la copa del arbol do Carlos el Imbecil y con vieja manna y invsitada mostrole cara peruersa; é le metió se en cuerpo suyo dél, sonrrisandose par sus adentros, le enuolbiendo de los pies par la cabeza, cal joben mançebo non resistió de las ansias tentaçion é quitose calzas é bvtarga y comenzó con soliçita palma á praxitar suçias costvnbres propias de puberes í enberbes é pecadores, ca d’abello bisto Fray Lorenzo de Gonçaga, fiel christiano françiscano uersado en males del cuerpo y tvtor de la çierta edvcandia del Prinçipe, non abiendo se en tam meiores manos la mençionada diretiva de su edvcania dél, ubiera berriado del assonbro commo çerdo, por ca sus anchvras ansy se permitirianlo.
     Y aquesto iva suçediendo á Carlos allá arriba en el arbol, é la muger abajo en las aguas claras se uestia, pero commo Carlos non pudiesse aguardar en discreçión de su lvxvria, é commo mandado por el Çielo, ca nvnca apremia ni premia a los suçios de pensamentos, segun uersa el prouerbio, graznó un chillido agudo é quejoso pero commo en silençios, tal ca qualesquiera de nos pudiesse abelle confvndido con aue o pajaro cantor, siendo en realidat el basto y inpuro plaçer ca su diestra al mienbro de su berilidat commo noble varon aplicava, dandose cuenta ansy la donçella avisorada por D. Carlos de su soledá acompañada por los rusiñores, y en dicha suerte la donçella uoltió los suyos ojos al çielo azvl par miralle al pajaro cantor le buscando, y topose con la natvraleza de Carlos, fijo de Maria Manvela de Portvgal, falleçida dos [annos más tarde, tal commo Dios Padre, Fijo é Spirictv Sancto lo trvxose al] mundo, y tal ca su madre la falleçida Reina Maria Manvela de Portvgal, en 1545 annos abidos de preñez pro Sta. Virgen, a 4 lvstros de su desçesso, casamentada en nvpçias primas con su muy alto é muy poderoso Maiestat Felipe II, uoluere á yaçer en el sueño de la muerte.
     Don Carlos en biendose descuberto por la donçella, y en gritando la donçella con el summo terror continente y acumulado en el cogote della ca bien á un sordo pudo aber bien dejado sordo, apresuró se á escupir a el Diablo, el frvto del desseo commo fertil llvbia sobre los campos de su Palaçio, commo en las bacanales acostvnbradas por grandes é bajos sennores de la pagania, segun es fama desde las fastos del Komos practicadas por los grigos [sic.] allá en las antiqüedades, en las eras de Aristofanes é de Menandro. Ansy el Prinçipe Carlos sacose del cuerpo el Diablo é al ber en tropel uenir ya sus tropas, fizo la intenta de cubrir su nobleza, é quizo de se subir las calças, pero tam de apriesa ca de las ramas en las altvras del arbol, al dvro piso berde del pasto, a la orilla del arrohuelo do bañabase la donçella [ultrayada] por la mirada del lasçivo Prinçipe, cayó commo artillera de cañon, é asia los çentros de la terra, ombligo de latona, de moyera, partiendosela toda en tres pedazos, esparsçidos los sesos entre las piedras.
     La moçetona en reconosçiendo á el suio sennor el azedor d’entvertos, guardó silençio e non dixo na de lo acontesçido, callose la boca ansy por creyelo de más prvdençia, á fé de su confesor, a quien mas tardemente bien ará en oir consejas la moçita de impetv alebreste é ligero y cabrio, pues ca de aber reuelado la grande canallada, su onrra del Prinçipe sereno y uenerando ubiere estado en entredito, mas ca la birtvd de la niña mesma, quanta bezes por la bota y el cansansçio del guerrero pisoteada.
     Apenas biendo el çerebro de Carlos el infortvnado rompido en tres pedazos, la ualerosa guardia del Rey, llamaronle ispo fato [sic.] al dotor de la Corte, D. Xoan Manvel Hernando de Gvadalxara, arabe sevillano conuerso a la fé unica y en berdat çierta, la Christiana Catholica de Nostro Sennor Iesvchristo é Felipe II, y non la ca anda prigonando por ahi un tal sennor Lvthero, en malhora ilvminado pro el Prinçipe de las Tinieblas, Satan ó Lvzbella ó Lvçifer, expulsado del Çielo por el arcanghelo Sancto Miguel con su espada de fvego dél, casi tam bello commo nostro Dios Padre, sienpre misericordioso dador de uida, y más anghelico cal Destrvtor de Belleza. El doto arabe, nasçido y estvdiado en Sevilla, enrraizado en Gvadalxara por su padre, quien casare con christiana instrvida en conbento, bon predicador de las enseñanzas e berdades berdaderas ordenó transportaren á su Maiestat al aposento dél. Los guardias cargaron con el cuerpo rojo de sangre, partido en tres gaxos la testa, en una manta; son seis soldados de ronda y cargan con cada extremidat de Carlos en hombros en cada uno dellos; y el medico en un frasquito depoçitó los sesos. Ya en habitaçiones reales de Palaçio, tam lvxosas y doradas de oro ca de Miidas el rey ambiçioso seria invidia, el arabe conuerso, uersado en mediçina, esaminó la dolorida corpulençia de Don Carlos en pleno desmaio, diz inconsçente, é non bien terminare d’esaminalle, entendría ca praxitalle operaçion, cossa inminente ca abía menester. Esso dixo el sevillano, D. Xoan Manvel Hernando de Gvadalxara, temerosso por la muerte del Prinçipe é la fvria de Felipe II, el Poderoso Rey de Hispania Conquistadora. Desca biose el medico dicho al enfermo, las esperanzas guardó para mexores fvnerales, é de golpe cogiolo por los sesos, açiendo aparte los esconbros de terra é las costras de sangre, y empunnando los en las altvras, los penetera dentro la masa a la calavera del Prinçipe, clavandolos de cuenta nveba en la mojera abierta é la çierra ataxandolo por las sienes con filo e aguja; Fray Lorenzo de Gonçaga, el monje instrvtor del Prinçipe don Carlos, uersado en la materia del cuerpo é sus facultades y abilidades de la mente, apenas ya aduertido de tam suçeso tragico, asiste al dotor en la curaçion del aquel desgraciado, ca del Çielo castigo meresçido a reçibeido; y solo quedava agora á esperar un milagro.
     Pero la sanez de Carlos enpiorava; sangrias, alquimias y echiçerias, á carencia de la Sancta Madre Inquisiçion, ca non diz na, le fveron inpraticadas. A resultas nvlos, los dotores engachan la cabeza é non sabiendo cá deçir ó azer. Todos los remedios se ubieron de se agotar. El Emperador, su Exçelençia y Poderosissima Maiestat Felipe II, pide á su eclesia hispaniola é siervos suyos ca plvguen los frailes de fabor pro su fijo, ca sigue dvrmyente y todos danlo ya por muerto. Marçial Leon, obispo de la dioçesis castellana, nasçido en Valladolyd, ca por umilde limosna de oro atiende suplicas maiestades, ordenó les á monjes y clerigos en general una proçession flajelante, á ber si ansy Dios, ca conste no es reclamo, se compedece del Infante desgraciado con nostro sufrimento. Por las calles de la grande civdad, del amanesçer al oscureçer, desfilaron los frailes los unos tras los otros, e tras los otros los unos; los primos andantes á la retarguardia martirizan con ardoroso flagelo a los andantes a la zaga; pero los de vanguardia lamentaron por çierto su carençia, puesto quen delante caminavan, de compartir su cuyo sufrimyento con alguno hermano. La calle de sangre terminó en rriego. Nadie respirava, todos lloravan por la padesçençia de su Sennor ueneradissimo, Felipe II. Las campanas de la Catedral tanneron su canto tristissimo é los gorriones é rusiñores silençiaron su pesqüezo a guisa de velatorio. Lo más se lamentaron de la pena de su Majestat, el Ynuictissimo Emperador, ca de su caro fijo no reçibide ni gallyna en hvrto ni descontento de macho, ca por ser imbecil Don Carlos, ni se a requebrado con ninguna muger de vezino, cosa qual non lo fabla bien de tam noble estirpe, ni de conquistadores.
     Y suçede ca a tal graçia de la historia, a tal suerte y a tam grandes altvras del peligro de la Muerte á açenchanza del imbéçil tvnbado en su cama, el Prinçipe fijo de la de Portvgal, Maria Manvela, enuvelto en de algodon y bordadas sabanas, blancas commo la pureza de la Virgen Madre, nvnca ynmolada en su yntegridat, quando Fray Lorenzo de Gonçaga presa a del ricuerdo de la milagrosa rreliquia Fray Diego de Alcala, a quien Roma perde tempo por azello Sancto, cuyo por no allale jvsto Abogado del Diablo, por sus muchos é inmensos milagros ca a hecho, ca sana enfermos, ca aze ber a los çiegos, ca a los sordos dá oidos con los quales oyr, a los mudos ablar y lor muertos resusçitar. Tam bon era este hombre en uida, é [tam bon reliquia] opera oy dia, Roma la canonizaçion de la momia contempla. Ansy el Rey, en biendo la posibilidat de curar al enfermo, llama á Fray Lorenzo para disponer de lo nesçesario y traer a Palaçio la Sancta Momia.
     Traida la momia milagrosa, fve colocada jvnto a la cama de Carlos, entonzes moribundo, con la esperanza de sanalle. Fray Lorenzo, reza al Dios Padre con el corazon, muere el infante, muere su fvtvro en la Corte; D. Xoan Manvel Hernando, el sevillano de Gvadalxara, tien en jvego la reputaçion abida con [esfverço], allende l’otra Roma grande es su fama de medico, disçipulo de Hypocratvs, el sabio, é Galeanvs é Aristotelivs é Auorroes, de quienes ferençió sus dichas artes é desçiplinas.
     Septe dias e septe noches los restos de Fray Diego de Alcala uelan el sueño del desmejorado. Los efetos del milagro tardan, nadie diz ca son nvlos. Algunos çelebran ya la muerte de Carlos, el Imbecil, fijo Maria Manvela de Portvgal é de Poderosíssimo é Magno Emperador Felipe II, el Ynuençible. Ansy las cosas todas por perdidas dadas, Fray Lorenzo é D. Xoan Manvel enuveluen la testa del desmayado con el sudario del beato, á ber si ansy reacçionava.
     Entonzes suçedió ca aquesta noche, Lvçia, muger de pecado conçebida é de pecado libertina, á sabidurias de la muerte fvtvra del malferido, y á las mesmmas sapiendas de cómmo por ella estava tam desprotegeido del Sennor Christo el infelice, é por conseja de don fray Azulexo, ca offerta bona missa en la Abadia de Nostra Virgen Sanctissima Maria, en sicreto de confession, abiendole Lvçia comentado el desaguisado, y este ordenadole penitençia maior, e qui ca sobornando con cuerpo a quanto guardia le sus pies topavan en obstaculo de la su labor, entroso á habitaçion real, apenas llegose la noche, y despojose de las vestimentas suyas é metiose baxo las cobixas, no encontrando sacrifiçio mejor cal d’ella misma par sanar su alma, a fin quel sin consçencia Carlos conosçiera muger antes d’entregar las armas. Y éte qui ca puesta tanta atividat y empenno por la penitente en tam noble y abnegada sitvaçion, y con los tan açidos fedores ca del sudario del momificado emanavan, el infante don Carlos despertó de su mortal letargo con la muger á horcaxadas, tal commo abia sido su ultima vision demoniaca y concupisçente antes de estrillarse contra el dvro suelo. Lvçia al ber tam sensaçional recuperaçion, llamó á voçes tam altas á la guardia, ca de á todo Palaçio despertare emoçionado, é ombres y mugeres prestos acudieron en auxilio, é quando allegaronse a do Carlos yaçia, todos d’espanto commo pedra quedaron al continplar ansy á [Lvçia en permanesçia de pies é demuada é sin ropajes commo] estava, lo ca se dize en cueros, tal commo la biere por uez prima el mundo, con altivez inmensa de saberse sancta, ca á fé mia no mereciera tal insignia, frente a su Sennor don Carlos, reçien sanado y antes medio muerto, manifestavase qual el remedio sancto é proclamado milagro, tovía aturdido por los malos humores ca de la mantilla absoruia por sus narisçes, ca ya cuasi, a no ser por Fray Lorenzo de Gonçaga, ca quitado le ubo la tela de la testa, regresa a cayer en manos de la muerte. Todo en berdát por Nostro Sacro Dios lo jvro, pues nadie, si no lo bierede, lo creyere.
     D. Xoan Manvel de Gvadalxara é Fray Lorenzo argüyeron curaçion milagrosa al poder çelestial del Sancto, é ca no áy más certera explicaçion. Pero el Rey Felipe II, Conquistador é gran Capitan de la Armada Ynuençible, ca ya en andanças conuençido de los poderios curativos del mozo cuerpo de Luçia, ansy commo su fijo Carlos, el rediuiuo sanado pro ella, y la Corte entera su totalidat é la Inquisiçion, investigadora en el raro assunto, para euitar qualesquiera malestar fisico é spiritval, por mientras se an auenido tanbién a la protecçion maternal de Luçia, la milagrosa, y encabritan por quando sin ser menos ca Madalena par ellos y sus enfermos é protegidos, el vulgo la tiene por hideputa siendo en berdat una sancta muger, qual no dicen lo aquellos unicamente por abelle tanta carencia, sino por ser tan çierto commo ca la tierra no es cuadrada, sino redonda commo una manzana.
     Ansy dicho lo esspuesto en aquesta relaçion, beran los infieles y los ca protestan qüestiones mundanas, de las quales mas tenen conuinensçia la Sancta Madre Yglessia é non los de poca sapiençia en la materia, sinnores ca an ganado su lvgar a pomo de tizona tozuda en los infernos, de quam persuasivos é pertinaçes motivos los ay para ser creyentes. Cade esto dicho bajo vigilia y honor de Dios Cruçificado y en alabança del suyo nombre, i en ygualmente onrra de su muy poderosa é Catholica Maiestat Felipe II, sennor de todos.

Nunc dimitis serum tuum, Domine, secundum uerbum tuum, in pace.
EXPLICIT DEO GRATIA 

Herencia de la tía René (1a. versión)

Cada vez que veo los patines todo se repite como en una película sin cambios en el guión. Semanas antes de la Navidad de 1982 murió la tía René, una vieja solterona con buena fama de usurera. Aunque guardo pocos recuerdos de ella, puedo decir que sufrí su muerte como nadie. Consumida por el cáncer, delgada y apergaminada, enfundada en una enorme cama que olía a podrido, en una oscura habitación tapizada de imágenes de vírgenes y santos, siempre con el rosario en una mano y en la otra billetes y moneditas: las cuentas de Dios y las cuentas del banco. Cuando íbamos los domingos a casa de la abuela, donde vivía, hacíamos lo imposible por evitarla, sin éxito. Exhalaba un olor a viejo y encerrado. Recuerdo también que en uno de esos domingos familiares fue a visitarla un hombre pequeño, del cual sólo tengo presente su sonrisa de derrota y pesadumbre, unos zapatos deslustrados y el sombrero raído en las manos. Lo hicieron pasar al dormitorio, en la planta alta. Mis hermanos y yo nos ocultamos tras el gran sofá verde para espiarlos, como si desde ahí pudiéramos oír la conversación que se desarrollaba entre él y tía René. Poco después, la puerta se abrió.
     —¡Abajo! —ordenó Arturo y mis hermanas agacharon la cabeza. Yo continué con el espionaje. El hombre arrastraba los pies al caminar y, al borde de la escalera, se detuvo y rebuscó en los bolsillos de su saco, como si hubiese olvidado algo. Enseguida levantó los ojos y, con una mirada entristecida, me descubrió. Permanecí inmóvil. El hombre sonrió —una sonrisa sin adjetivos— y continuó su camino, escaleras abajo. Nadie, excepto él y yo, fue testigo de este encuentro.
     Como era costumbre, al regresar papá del Hipódromo y a punto de abandonar la casa de la abuela, fuimos a despedirnos de tía René. Justo cuando le besaba la mejilla, me cogió del brazo y presumió una relumbrante medallita de la Virgen de Guadalupe.
     —Es de oro, cuando hagas la primera comunión será tuya —dijo. Luego, en voz baja, pero como diciéndoselo a mis hermanos, agregó con una risita malintencionada que exhibía una dentadura también de oro—: A ellos solamente voy a darles una de plata.
     Entonces no asocié la figura agobiada del hombre con la reluciente imagen de la Virgen. La medalla, sin embargo, nunca llegó a mí, la tía René murió un año después. En el velorio sólo estaban la abuela y tres o cuatro personas más. Nosotros apenas sí la lloramos, casi por convención, porque cuando alguien muere creíamos que lo propio era sentirse triste; lo cierto es que entonces teníamos una sola idea en mente: qué le pediríamos al Niño Dios y a los Reyes Magos. Eso era Navidad, ¡regalos, regalos y regalos! Éramos afortunados, el Niño Dios y los Reyes solían visitarnos con puntualidad y la mayoría de las veces los regalos coincidían con lo solicitado en cartas monísimas que enviábamos al Cielo atadas a la cauda de un globo. Cuando hallábamos cualquiera otra cosa menos lo que deseábamos, nos quedaba una insoportable sensación de duda con respecto a la bondad de nuestros actos durante el año y a la existencia de los Reyes Magos (de la del Niño Dios, imposible dudar): “¡Pero si me porté bien!”, protestábamos, y no cesábamos de fastidiar a papá sino hasta que nos llevaba a la juguetería para reparar la omisión. O para que dejáramos de molestarlo de una vez por todas, por ende, la ingrata sensación de mala conducta resultaba breve. Pero la Navidad de 1982 para mí fue diferente. Estaba obstinado con unos patines de bota con el sello de Mickey Mouse y no estaba dispuesto a aceptar —bajo ningún concepto— nada excepto unos patines de bota con el sello de Mickey Mouse.
     Pasada la Nochebuena, antes de clarear, como confabulados los cuatro hermanos corrimos a buscar bajo el arbolito de Navidad la merecida recompensa a 365 días de conducta impecable. Y quizás ese año nuestro comportamiento, en efecto, fue impecable, pues recibimos cuanto pedimos: Arturo, la bicicleta Apache que anunciaba Chabelo en su programa; Verónica, una flamante cocineta Lily Ledy súper equipada; Angélica, la ansiada patineta, y yo, mis patines de bota con el sello de Mickey Mouse, que habían perdido su encanto frente a la roja bicicleta Apache. No era justo, anteayer me había pegado y reprobó Matemática. ¿Por qué el Niño Dios lo recompensaba con esa bicicleta? En cambio yo, sólo aquellos patines que tanto deseaba. Sentía que merecía más y él menos. En definitiva, no era justo. Sin encontrar explicación para tal desacierto, arrojé los patines enfurruñado, mientras Arturo, tan flaco como era, daba tumbos en la bicicleta que yo sí sabía manejar.
     A unos pasos, papá comprendió al instante, recogió los patines y se aproximó a mí:
     —Y tú, Chaparro, ¿no era esto lo que querías?
     —¡Quiero la bicicleta!
     —Hubieras pedido una bicicleta.
     —Pero si yo me he portado mejor...
     —Porque algunos necesitan promesas —dijo casi en tono evangélico—. Ahí tienes los patines que lloraste todo el año y en vez de agradecerlos, reclamas que el Niño Dios haya sido bueno con tu hermano. La envidia y la codicia consumen a las personas, Chaparro.
     —No soy chaparro —protesté y me encogí de hombros, con los ojos fijos en la bicicleta Apache, ¡quién pensaba en la envidia y la codicia frente a esa belleza! En medio de un puchero escandaloso, me retiré bufando al dormitorio y me escondí bajo las sábanas. No había cambiado de opinión, que esa bicicleta la merecía yo, no Arturo.
     Al poco rato, medio dormido, medio despierto, escuché que la puerta se abría. Asomé la cabeza. No había nadie, pero el cuarto olía distinto y algo había cambiado. Intenté ver en la oscuridad y respiré hondo y entonces, sólo entonces, pude reconocerme en la habitación de tía René. La cama donde dormía yo no era mi cama, sino la de ella, con su inconfundible tufo a nafta, de sábanas guardadas, a viejo y a encierro, bajo esas cobijas sucias y ralas cuya peste a enfermedad y mala sangre me resultaban insoportables. Tragué saliva. Una mano fría y afilada en los puros huesos me acarició la cabeza. Habría querido cerrar nuevamente los ojos, pero los tenía tan abiertos como los de un cadáver recién muerto y, junto a mí, con su sonrisa sarnosa y el rostro apergaminado, estaba la tía René, o mejor dicho, lo que quedaba de la tía, complacida y orgullosa.
     —Así, mi niño —sus dientes de oro macizo relumbraban incluso en esta parcial oscuridad, con una voz que le desconocía, que vendría del mismísimo infierno—. Tú serás mi sucesor.
     —¿Yo? —se perdió mi voz en un murmullo atragantado.
     —¡Así se hace! ¡Tú serás mi sucesor!
     —¡Yo no, yo no…! —grité y grité, cubriéndome la cara con las manos y los ojos cerrados fuerte fuerte para no verla ni sentirla, aun cuanto hacía para evitarla fuera completamente inútil. La vieja me tenía atrapado, me abrazaba con una fuerza que no correspondía a la mano huesuda que me acariciaba enorgullecida de mí, sin remedio, no importara cuán fuete me agitara como lombriz para sustraerme de ese abrazo maléfico, ni cuánto gritara.
     —¡Ya, ya! —escuché entonces otra voz, más familiar que la de tía René, y sentí que me abrazaban otros brazos igual de flacos, pero jóvenes y vitales. Era Arturo que, haciendo equilibrios en su flamante bicicleta Apache, había acudido en mi ayuda. Miré en torno y respiré hondo. El olor a viejo y a encierro había desparecido. Estaba, nuevamente, en casa.
     —¿Qué te pasa?
     —Nada —mentí. Al frente, en el vano de la puerta, advertí los patines de Mickey Mouse, que alguno de mis hermanos, o papá o mamá había dejado allí.— ¿Quién trajo los patines?
     —¡Pues el Niño Dios! —respondió Arturo, como si hubiera preguntado una obviedad—. Vamos a dar una vuelta, ¿vienes?
     —Ahorita —dije.
     Mi hermano abandonó la habitación y escuché a mamá que gritaba: “¡Que no andes por ahí con esa bicicleta dentro de la casa!” Brinqué de la cama y, en menos de lo que cuento esto, como si fuera el secreto de mi salvación, calcé mis flamantes patines de Mickey Mouse.
     Durante un par de semanas no quise separarme de mis patines ni para bañarme, pero cuando Angélica o algún amigo preguntaban si se los prestaba, sin pensarlo siquiera un instante, ya estaba aflojando el nudo de las agujetas para quitármelos, tan rápido como Arturo cuando le pedía su bicicleta Apache. Y, sí, aún conservo los patines de bota con el sello de Mickey Mouse, y en cuanto a la tía René, apenas sí la recuerdo.