Un movimiento en falso y

En actitud harto circunspecta, pero singularmente alegre, J. Chirgo reflexionaba, maravillado por el carácter mismo de sus reflexiones, que los movimientos efectuados durante una partida de ajedrez, así como las diferentes jugadas que pueden emprenderse, son infinitas una vez finiquitada la partida, más no a la inversa.
     Ora pensaba en los enroques —largos o cortos— moralmente aceptables, ora en la posibilidad 649 para dar mate al pastor en 4 movimientos. Súbito, su mirada vagabundeó por las tapizadas paredes de su minúsculo cuarto, despreció una acuarela del pintor Goergie Matogrosso colgada en la pared, se instaló en la ventana y se descosió en el inmenso, aunque limitado, panorama que le ofrecía el mundo exterior.
     La mirada errabunda relamió un fresno situado en la esquina donde Tino, el voceador, vende a menores de edad videos impropios incluso para mayores de edad; examinó y aprobó la enorme panza de la señora Calvillo, que simplemente pasaba por allí y estaba a catorce días de dar a luz a un pequeñín engendrado amorosamente por un padre desobligado; reconoció a Mustafarafas, el felino bizco de la señorita Zulú, quien andaba de vago y calavera engatusando a una gatita desabrida y patizamba, e inusitadamente, fijó la mirada en un hombre de unos tantos años, más o menos, con cierto aire de extravío, bien vestido con una camiseta azul rey (“Como esta”, se dijo Chirgo), pantaloncillos verde olivo (“Como estos”, repitió), calcetas grises (“También como estas”, volvió a decirse) y zapatos deportivos negros, coronado por una cachucha del equipo de fútbol americano de la Universidad Autónoma de Tenayuca (“Como estos, desde luego”, observó finalmente).
     El hombre, en efecto, parecía estar en busca de alguien. La mirada telescópica de J. Chirgo afinó el objetivo y distinguió escrupulosamente los familiares, muy familiares rasgos faciales de aquel hombre de más o menos tantos años que, a ojo de buen cubero, podría ser o era el mismo J. Chirgo.
     —¡Zambomba! —exclamó el autor. Mas la idea que acariciaba su bulbo raquídeo le produjo risa, desconcierto y temor, sucesivamente.
     “Ese hombre sin duda se parece a mí como una gota de agua dulce a una gota de agua marina”, pensó J. Chirgo. Y al instante rectificó la apurada apreciación, concluyente:
     —Ese hombre soy yo.
     Así, a la velocidad del pensamiento de un ser humano parcialmente pensante, con un coeficiente intelectual arriba del promedio, salió de su apartamento, se deslizó escaleras abajo y salió corriendo de su edificio con la intención de darse alcance.
     Cuando llegó al punto donde se había visto, desalentado, tuvo la sensación de que se había perdido de vista, de modo que J. Chirgo buscó a J. Chirgo en la cafetería de Madame Wang Li, con Tino el periodiquero, en la tienda de don Rafa y, con el pretexto de informar del paradero de su adúltero compañero de cuarto, inclusive visitó a la señorita Zulú, la mujer por cuyos huesos andaba como perro de Pavlov: salivando y dando tumbos. Pero del otro J. Chirgo, no halló rastro alguno.
     Regresó al sitio donde se perdió de vista y se rascó la cabeza, dubitativo. El asunto parecía inexplicable y asaz misterioso; sin embargo, no tardó en hallar la solución del enigma:
     —¡Claro! —exclamó con natural perspicacia, se mesó la guedeja y alzó la vista hasta que topóse con la ventana de su propio apartamento, presintiéndose allí, en el interior, en actitud harto circunspecta, despreciando el cuadro antimutista de Matogrosso, relamiendo con la mirada el arbolito donde Tino, el voceador, vende a menores de edad videos no aptos incluso para mayores de edad, aprobando la enorme panza de la señora Calvillo, que simplemente pasaba por ahí, y examinando al tipo vestido exactamente como él, de rasgos faciales, a ojo de buen cubero, idénticos.
     —Pero si es sencillísimo —satisfecho con la explicación—. Tomando en cuenta que la partida está empezada, peón alfil dama negro avanza a cuatro dama y se le antoja viaje; pero no cuenta con que caballo rey blanco en tres caballo rey defiende a peón rey blanco, inmóvil en ídem cuatro, situación que pone en peligro a peón alfil dama negro en cuatro dama, porque a él nadie lo protege. Habría que pensar una estrategia defensiva.
     Conforme con la explicación, Chirgo, sonriente, compra los cigarros Argentinos en la tienda de don Rafa y, antes de tomarse un café donde Madame Wang Li, suplica a Tino le facilite, para entretenerse sanamente, uno de los videos triple equis que el mismo periodiquero, inflexible, condena. 

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