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Un movimiento en falso y

En actitud harto circunspecta, pero singularmente alegre, J. Chirgo reflexionaba, maravillado por el carácter mismo de sus reflexiones, que los movimientos efectuados durante una partida de ajedrez, así como las diferentes jugadas que pueden emprenderse, son infinitas una vez finiquitada la partida, más no a la inversa.
     Ora pensaba en los enroques —largos o cortos— moralmente aceptables, ora en la posibilidad 649 para dar mate al pastor en 4 movimientos. Súbito, su mirada vagabundeó por las tapizadas paredes de su minúsculo cuarto, despreció una acuarela del pintor Goergie Matogrosso colgada en la pared, se instaló en la ventana y se descosió en el inmenso, aunque limitado, panorama que le ofrecía el mundo exterior.
     La mirada errabunda relamió un fresno situado en la esquina donde Tino, el voceador, vende a menores de edad videos impropios incluso para mayores de edad; examinó y aprobó la enorme panza de la señora Calvillo, que simplemente pasaba por allí y estaba a catorce días de dar a luz a un pequeñín engendrado amorosamente por un padre desobligado; reconoció a Mustafarafas, el felino bizco de la señorita Zulú, quien andaba de vago y calavera engatusando a una gatita desabrida y patizamba, e inusitadamente, fijó la mirada en un hombre de unos tantos años, más o menos, con cierto aire de extravío, bien vestido con una camiseta azul rey (“Como esta”, se dijo Chirgo), pantaloncillos verde olivo (“Como estos”, repitió), calcetas grises (“También como estas”, volvió a decirse) y zapatos deportivos negros, coronado por una cachucha del equipo de fútbol americano de la Universidad Autónoma de Tenayuca (“Como estos, desde luego”, observó finalmente).
     El hombre, en efecto, parecía estar en busca de alguien. La mirada telescópica de J. Chirgo afinó el objetivo y distinguió escrupulosamente los familiares, muy familiares rasgos faciales de aquel hombre de más o menos tantos años que, a ojo de buen cubero, podría ser o era el mismo J. Chirgo.
     —¡Zambomba! —exclamó el autor. Mas la idea que acariciaba su bulbo raquídeo le produjo risa, desconcierto y temor, sucesivamente.
     “Ese hombre sin duda se parece a mí como una gota de agua dulce a una gota de agua marina”, pensó J. Chirgo. Y al instante rectificó la apurada apreciación, concluyente:
     —Ese hombre soy yo.
     Así, a la velocidad del pensamiento de un ser humano parcialmente pensante, con un coeficiente intelectual arriba del promedio, salió de su apartamento, se deslizó escaleras abajo y salió corriendo de su edificio con la intención de darse alcance.
     Cuando llegó al punto donde se había visto, desalentado, tuvo la sensación de que se había perdido de vista, de modo que J. Chirgo buscó a J. Chirgo en la cafetería de Madame Wang Li, con Tino el periodiquero, en la tienda de don Rafa y, con el pretexto de informar del paradero de su adúltero compañero de cuarto, inclusive visitó a la señorita Zulú, la mujer por cuyos huesos andaba como perro de Pavlov: salivando y dando tumbos. Pero del otro J. Chirgo, no halló rastro alguno.
     Regresó al sitio donde se perdió de vista y se rascó la cabeza, dubitativo. El asunto parecía inexplicable y asaz misterioso; sin embargo, no tardó en hallar la solución del enigma:
     —¡Claro! —exclamó con natural perspicacia, se mesó la guedeja y alzó la vista hasta que topóse con la ventana de su propio apartamento, presintiéndose allí, en el interior, en actitud harto circunspecta, despreciando el cuadro antimutista de Matogrosso, relamiendo con la mirada el arbolito donde Tino, el voceador, vende a menores de edad videos no aptos incluso para mayores de edad, aprobando la enorme panza de la señora Calvillo, que simplemente pasaba por ahí, y examinando al tipo vestido exactamente como él, de rasgos faciales, a ojo de buen cubero, idénticos.
     —Pero si es sencillísimo —satisfecho con la explicación—. Tomando en cuenta que la partida está empezada, peón alfil dama negro avanza a cuatro dama y se le antoja viaje; pero no cuenta con que caballo rey blanco en tres caballo rey defiende a peón rey blanco, inmóvil en ídem cuatro, situación que pone en peligro a peón alfil dama negro en cuatro dama, porque a él nadie lo protege. Habría que pensar una estrategia defensiva.
     Conforme con la explicación, Chirgo, sonriente, compra los cigarros Argentinos en la tienda de don Rafa y, antes de tomarse un café donde Madame Wang Li, suplica a Tino le facilite, para entretenerse sanamente, uno de los videos triple equis que el mismo periodiquero, inflexible, condena. 

Summaria relaçion de las cosas acontesçidas al Prinçipe don Carlos, fijo de Felipe II, muy alto é poderoso sennor, con Luçia, muger de libianos cascabeles, é de la milagrosa sanaçion que della tubo, ansy commo de los restos de fray Diego de Alcala, momificado

En la fecha d’oy, en estando á veintitrés dias corridos del segvndo mes en calendario, ó sease Hebrero, mes al Sancto Patrono de los Mendigos é Proves d’Espiritv, tan bien llamado San Garabito, ó Sancto Gavito, secvndvm est fama ad ubica Deus permittet, consagrado por su Sanctidat Pio II, conosçido por sus fieles á saber por su bondat y soliçita bolvntá commo el Ervdito, y á quien se le artibuyen resolvçiones salomonicas en la Çivdad del Apostol Pedro, Roma, la ca plantas suyas besó le, é plantas iamas onrradas por tan superior dignidat a besado, y a 1564 annos del Sacro Nasçimento de Nostro Sennor Protetor Rei del Universo Iesvchristo; y en el offiçio de la escrebanvria ca mé a sido conferedo de su Reuerendissima Çesarea Maiestat Felipe II, quya jvstiçia nos sus subditos semmos testigos é alabamos, Monarcha ansy commo de bastissimas comarchas ca non conosçiereden ni fidalguia maior ni prençipio é ni fin, é ni por lo mesmo ocultasse el sol y do la noche é día paresçen confvndidos, í ygual ualeroso Capitan Maior de la Real Armada Ynuençible, iamas someteida bajo mano ruïn de pirata ó malandrin d’estirpe contradita por la Sancta Madre Inquisiçion, é menos patria alguna estranxera, doy cuenta de los acaesçimentos svçedidos asta agora al Exmo. Don Carlos, Dios Nostro guarde al Prinçipe!, a uvesas eminençias é subditos de la Corona Hispaniola y bons oydores, par ca se auengan de commo en la Corte de V.M. tan bien los milagros ocurren, é a ber si con los fechos qui referidos sé conbierten más paganos acasta la unica y uerdadera religion, ó sea á la ca profesamos obedensçia é temereidá, la Christiana Catholica Apostholica é Romana de uasallaje; y par ca bistas las causas perdidas é peligros cal pecado conuienen, sean preuenidas á tempo é sirvan d’escarmento á los puercos d’espiritv ca de pvreza é uirtvdes son tam proves commo nostro proveçito de Assis.
     Puesto porca ay qué azer saber con pelos é señales los detalles del fecho para prouechimento de los infieles ca [abran de] uoluerse al catholisismo, non [tenré empacho] en tomarme cauçiones en materia d’indescrisçiones é contraditos é malentendidos perjvdiçiales —justae vel injustae—, sobre los inbolvcrados, por bien de la verdat y bon offiçio della, y puesto cas ya bien sabida por sí de quam fallo de entender es el Prinçipe Don Carlos, é puesto ca ni su propio padre V.M. Felipe II le tiene carencia ni menor graçia por sospecha de causar intrigas, abiendo Carlos se avenido en malas consijas pro obtener la corona é deçirse Imperator Mundi, commo soñare Carlomagno y Aleixandro, non importa dezir la berdá ansy los fechos passados. Se tenga notiçia cal Infante don Carlos, tan bien conosçido por sobre nombre d’Imbeçil, estava se á plaçentero solaz biendo á muger fermosa bañar en el rio, á ojo de pajaro miron, encarmado en las ramas d’arbol altissimo de Palaçio do trascurren sus oras cuasi en reclvsion, y commo la dicha muger en cueros la mostrare sus dotes, é sin se dar cuenta esçitava la imaginaçion dél. Ansy estavan las cosas y D. Carlos en arbol más alto espiando á la donçella é la moçuela tranqüila en lago ú arrohuelo, ca á causa d’espias del Prinçipe, perdia birtvt la inoçente graçiosura frente ojos diuinos y nvnca más le abrian querencia sanamente é con onestidá, á esclvsas ca la biereden castos é misericordiosos ojos. Y teniendo ca Carlos, fijo de Felipe II Regidor d’Hispania é Flandes y los Nvebos Mundos, tubiérede culpa mentira, ques culpa maior tenida del Sennor Diablo, de caro engaño y desseo desfrazado. Por castas son quen esas el Diablo passava por alli é con animo disolvto lo bio con enorme detenençia é commo quissiere azer maldat se conuirtiendo en desseo, y ansy el Diablo trasformado en lvxvria, trepó á la copa del arbol do Carlos el Imbecil y con vieja manna y invsitada mostrole cara peruersa; é le metió se en cuerpo suyo dél, sonrrisandose par sus adentros, le enuolbiendo de los pies par la cabeza, cal joben mançebo non resistió de las ansias tentaçion é quitose calzas é bvtarga y comenzó con soliçita palma á praxitar suçias costvnbres propias de puberes í enberbes é pecadores, ca d’abello bisto Fray Lorenzo de Gonçaga, fiel christiano françiscano uersado en males del cuerpo y tvtor de la çierta edvcandia del Prinçipe, non abiendo se en tam meiores manos la mençionada diretiva de su edvcania dél, ubiera berriado del assonbro commo çerdo, por ca sus anchvras ansy se permitirianlo.
     Y aquesto iva suçediendo á Carlos allá arriba en el arbol, é la muger abajo en las aguas claras se uestia, pero commo Carlos non pudiesse aguardar en discreçión de su lvxvria, é commo mandado por el Çielo, ca nvnca apremia ni premia a los suçios de pensamentos, segun uersa el prouerbio, graznó un chillido agudo é quejoso pero commo en silençios, tal ca qualesquiera de nos pudiesse abelle confvndido con aue o pajaro cantor, siendo en realidat el basto y inpuro plaçer ca su diestra al mienbro de su berilidat commo noble varon aplicava, dandose cuenta ansy la donçella avisorada por D. Carlos de su soledá acompañada por los rusiñores, y en dicha suerte la donçella uoltió los suyos ojos al çielo azvl par miralle al pajaro cantor le buscando, y topose con la natvraleza de Carlos, fijo de Maria Manvela de Portvgal, falleçida dos [annos más tarde, tal commo Dios Padre, Fijo é Spirictv Sancto lo trvxose al] mundo, y tal ca su madre la falleçida Reina Maria Manvela de Portvgal, en 1545 annos abidos de preñez pro Sta. Virgen, a 4 lvstros de su desçesso, casamentada en nvpçias primas con su muy alto é muy poderoso Maiestat Felipe II, uoluere á yaçer en el sueño de la muerte.
     Don Carlos en biendose descuberto por la donçella, y en gritando la donçella con el summo terror continente y acumulado en el cogote della ca bien á un sordo pudo aber bien dejado sordo, apresuró se á escupir a el Diablo, el frvto del desseo commo fertil llvbia sobre los campos de su Palaçio, commo en las bacanales acostvnbradas por grandes é bajos sennores de la pagania, segun es fama desde las fastos del Komos practicadas por los grigos [sic.] allá en las antiqüedades, en las eras de Aristofanes é de Menandro. Ansy el Prinçipe Carlos sacose del cuerpo el Diablo é al ber en tropel uenir ya sus tropas, fizo la intenta de cubrir su nobleza, é quizo de se subir las calças, pero tam de apriesa ca de las ramas en las altvras del arbol, al dvro piso berde del pasto, a la orilla del arrohuelo do bañabase la donçella [ultrayada] por la mirada del lasçivo Prinçipe, cayó commo artillera de cañon, é asia los çentros de la terra, ombligo de latona, de moyera, partiendosela toda en tres pedazos, esparsçidos los sesos entre las piedras.
     La moçetona en reconosçiendo á el suio sennor el azedor d’entvertos, guardó silençio e non dixo na de lo acontesçido, callose la boca ansy por creyelo de más prvdençia, á fé de su confesor, a quien mas tardemente bien ará en oir consejas la moçita de impetv alebreste é ligero y cabrio, pues ca de aber reuelado la grande canallada, su onrra del Prinçipe sereno y uenerando ubiere estado en entredito, mas ca la birtvd de la niña mesma, quanta bezes por la bota y el cansansçio del guerrero pisoteada.
     Apenas biendo el çerebro de Carlos el infortvnado rompido en tres pedazos, la ualerosa guardia del Rey, llamaronle ispo fato [sic.] al dotor de la Corte, D. Xoan Manvel Hernando de Gvadalxara, arabe sevillano conuerso a la fé unica y en berdat çierta, la Christiana Catholica de Nostro Sennor Iesvchristo é Felipe II, y non la ca anda prigonando por ahi un tal sennor Lvthero, en malhora ilvminado pro el Prinçipe de las Tinieblas, Satan ó Lvzbella ó Lvçifer, expulsado del Çielo por el arcanghelo Sancto Miguel con su espada de fvego dél, casi tam bello commo nostro Dios Padre, sienpre misericordioso dador de uida, y más anghelico cal Destrvtor de Belleza. El doto arabe, nasçido y estvdiado en Sevilla, enrraizado en Gvadalxara por su padre, quien casare con christiana instrvida en conbento, bon predicador de las enseñanzas e berdades berdaderas ordenó transportaren á su Maiestat al aposento dél. Los guardias cargaron con el cuerpo rojo de sangre, partido en tres gaxos la testa, en una manta; son seis soldados de ronda y cargan con cada extremidat de Carlos en hombros en cada uno dellos; y el medico en un frasquito depoçitó los sesos. Ya en habitaçiones reales de Palaçio, tam lvxosas y doradas de oro ca de Miidas el rey ambiçioso seria invidia, el arabe conuerso, uersado en mediçina, esaminó la dolorida corpulençia de Don Carlos en pleno desmaio, diz inconsçente, é non bien terminare d’esaminalle, entendría ca praxitalle operaçion, cossa inminente ca abía menester. Esso dixo el sevillano, D. Xoan Manvel Hernando de Gvadalxara, temerosso por la muerte del Prinçipe é la fvria de Felipe II, el Poderoso Rey de Hispania Conquistadora. Desca biose el medico dicho al enfermo, las esperanzas guardó para mexores fvnerales, é de golpe cogiolo por los sesos, açiendo aparte los esconbros de terra é las costras de sangre, y empunnando los en las altvras, los penetera dentro la masa a la calavera del Prinçipe, clavandolos de cuenta nveba en la mojera abierta é la çierra ataxandolo por las sienes con filo e aguja; Fray Lorenzo de Gonçaga, el monje instrvtor del Prinçipe don Carlos, uersado en la materia del cuerpo é sus facultades y abilidades de la mente, apenas ya aduertido de tam suçeso tragico, asiste al dotor en la curaçion del aquel desgraciado, ca del Çielo castigo meresçido a reçibeido; y solo quedava agora á esperar un milagro.
     Pero la sanez de Carlos enpiorava; sangrias, alquimias y echiçerias, á carencia de la Sancta Madre Inquisiçion, ca non diz na, le fveron inpraticadas. A resultas nvlos, los dotores engachan la cabeza é non sabiendo cá deçir ó azer. Todos los remedios se ubieron de se agotar. El Emperador, su Exçelençia y Poderosissima Maiestat Felipe II, pide á su eclesia hispaniola é siervos suyos ca plvguen los frailes de fabor pro su fijo, ca sigue dvrmyente y todos danlo ya por muerto. Marçial Leon, obispo de la dioçesis castellana, nasçido en Valladolyd, ca por umilde limosna de oro atiende suplicas maiestades, ordenó les á monjes y clerigos en general una proçession flajelante, á ber si ansy Dios, ca conste no es reclamo, se compedece del Infante desgraciado con nostro sufrimento. Por las calles de la grande civdad, del amanesçer al oscureçer, desfilaron los frailes los unos tras los otros, e tras los otros los unos; los primos andantes á la retarguardia martirizan con ardoroso flagelo a los andantes a la zaga; pero los de vanguardia lamentaron por çierto su carençia, puesto quen delante caminavan, de compartir su cuyo sufrimyento con alguno hermano. La calle de sangre terminó en rriego. Nadie respirava, todos lloravan por la padesçençia de su Sennor ueneradissimo, Felipe II. Las campanas de la Catedral tanneron su canto tristissimo é los gorriones é rusiñores silençiaron su pesqüezo a guisa de velatorio. Lo más se lamentaron de la pena de su Majestat, el Ynuictissimo Emperador, ca de su caro fijo no reçibide ni gallyna en hvrto ni descontento de macho, ca por ser imbecil Don Carlos, ni se a requebrado con ninguna muger de vezino, cosa qual non lo fabla bien de tam noble estirpe, ni de conquistadores.
     Y suçede ca a tal graçia de la historia, a tal suerte y a tam grandes altvras del peligro de la Muerte á açenchanza del imbéçil tvnbado en su cama, el Prinçipe fijo de la de Portvgal, Maria Manvela, enuvelto en de algodon y bordadas sabanas, blancas commo la pureza de la Virgen Madre, nvnca ynmolada en su yntegridat, quando Fray Lorenzo de Gonçaga presa a del ricuerdo de la milagrosa rreliquia Fray Diego de Alcala, a quien Roma perde tempo por azello Sancto, cuyo por no allale jvsto Abogado del Diablo, por sus muchos é inmensos milagros ca a hecho, ca sana enfermos, ca aze ber a los çiegos, ca a los sordos dá oidos con los quales oyr, a los mudos ablar y lor muertos resusçitar. Tam bon era este hombre en uida, é [tam bon reliquia] opera oy dia, Roma la canonizaçion de la momia contempla. Ansy el Rey, en biendo la posibilidat de curar al enfermo, llama á Fray Lorenzo para disponer de lo nesçesario y traer a Palaçio la Sancta Momia.
     Traida la momia milagrosa, fve colocada jvnto a la cama de Carlos, entonzes moribundo, con la esperanza de sanalle. Fray Lorenzo, reza al Dios Padre con el corazon, muere el infante, muere su fvtvro en la Corte; D. Xoan Manvel Hernando, el sevillano de Gvadalxara, tien en jvego la reputaçion abida con [esfverço], allende l’otra Roma grande es su fama de medico, disçipulo de Hypocratvs, el sabio, é Galeanvs é Aristotelivs é Auorroes, de quienes ferençió sus dichas artes é desçiplinas.
     Septe dias e septe noches los restos de Fray Diego de Alcala uelan el sueño del desmejorado. Los efetos del milagro tardan, nadie diz ca son nvlos. Algunos çelebran ya la muerte de Carlos, el Imbecil, fijo Maria Manvela de Portvgal é de Poderosíssimo é Magno Emperador Felipe II, el Ynuençible. Ansy las cosas todas por perdidas dadas, Fray Lorenzo é D. Xoan Manvel enuveluen la testa del desmayado con el sudario del beato, á ber si ansy reacçionava.
     Entonzes suçedió ca aquesta noche, Lvçia, muger de pecado conçebida é de pecado libertina, á sabidurias de la muerte fvtvra del malferido, y á las mesmmas sapiendas de cómmo por ella estava tam desprotegeido del Sennor Christo el infelice, é por conseja de don fray Azulexo, ca offerta bona missa en la Abadia de Nostra Virgen Sanctissima Maria, en sicreto de confession, abiendole Lvçia comentado el desaguisado, y este ordenadole penitençia maior, e qui ca sobornando con cuerpo a quanto guardia le sus pies topavan en obstaculo de la su labor, entroso á habitaçion real, apenas llegose la noche, y despojose de las vestimentas suyas é metiose baxo las cobixas, no encontrando sacrifiçio mejor cal d’ella misma par sanar su alma, a fin quel sin consçencia Carlos conosçiera muger antes d’entregar las armas. Y éte qui ca puesta tanta atividat y empenno por la penitente en tam noble y abnegada sitvaçion, y con los tan açidos fedores ca del sudario del momificado emanavan, el infante don Carlos despertó de su mortal letargo con la muger á horcaxadas, tal commo abia sido su ultima vision demoniaca y concupisçente antes de estrillarse contra el dvro suelo. Lvçia al ber tam sensaçional recuperaçion, llamó á voçes tam altas á la guardia, ca de á todo Palaçio despertare emoçionado, é ombres y mugeres prestos acudieron en auxilio, é quando allegaronse a do Carlos yaçia, todos d’espanto commo pedra quedaron al continplar ansy á [Lvçia en permanesçia de pies é demuada é sin ropajes commo] estava, lo ca se dize en cueros, tal commo la biere por uez prima el mundo, con altivez inmensa de saberse sancta, ca á fé mia no mereciera tal insignia, frente a su Sennor don Carlos, reçien sanado y antes medio muerto, manifestavase qual el remedio sancto é proclamado milagro, tovía aturdido por los malos humores ca de la mantilla absoruia por sus narisçes, ca ya cuasi, a no ser por Fray Lorenzo de Gonçaga, ca quitado le ubo la tela de la testa, regresa a cayer en manos de la muerte. Todo en berdát por Nostro Sacro Dios lo jvro, pues nadie, si no lo bierede, lo creyere.
     D. Xoan Manvel de Gvadalxara é Fray Lorenzo argüyeron curaçion milagrosa al poder çelestial del Sancto, é ca no áy más certera explicaçion. Pero el Rey Felipe II, Conquistador é gran Capitan de la Armada Ynuençible, ca ya en andanças conuençido de los poderios curativos del mozo cuerpo de Luçia, ansy commo su fijo Carlos, el rediuiuo sanado pro ella, y la Corte entera su totalidat é la Inquisiçion, investigadora en el raro assunto, para euitar qualesquiera malestar fisico é spiritval, por mientras se an auenido tanbién a la protecçion maternal de Luçia, la milagrosa, y encabritan por quando sin ser menos ca Madalena par ellos y sus enfermos é protegidos, el vulgo la tiene por hideputa siendo en berdat una sancta muger, qual no dicen lo aquellos unicamente por abelle tanta carencia, sino por ser tan çierto commo ca la tierra no es cuadrada, sino redonda commo una manzana.
     Ansy dicho lo esspuesto en aquesta relaçion, beran los infieles y los ca protestan qüestiones mundanas, de las quales mas tenen conuinensçia la Sancta Madre Yglessia é non los de poca sapiençia en la materia, sinnores ca an ganado su lvgar a pomo de tizona tozuda en los infernos, de quam persuasivos é pertinaçes motivos los ay para ser creyentes. Cade esto dicho bajo vigilia y honor de Dios Cruçificado y en alabança del suyo nombre, i en ygualmente onrra de su muy poderosa é Catholica Maiestat Felipe II, sennor de todos.

Nunc dimitis serum tuum, Domine, secundum uerbum tuum, in pace.
EXPLICIT DEO GRATIA 

Silvia y Bruno, o la metamorfosis
(churrigueresco extemporáneo)

Era el tercer venado que evadía y las curvas de la carretera aumentaban gravemente. Comenzaba a pesarle haber tomado la libre en vez de la de cuota para eludir los inconvenientes de la travesía como se elude sin rodeos a una mamífera ineludible y condenatoria, cuyo paradigma podría ser Silvia, a la sazón ejercitándose ahora mismo, soñaba Bruno, en las prístinas artes amatorias con un antropoide sin rango y descastado que por ciego amor y descomunales dotes —a decir de Silvia comparando a sus amantes— había seleccionado en solemne sacramento como objeto de su entrega por los días de los día, amén y claro, en detrimento de la satiriasis del ex Bruno, quien se entreveraba en las complicadas sendas nerviosas que atan los arcanos de la memoria al tiempo que con unas dilatadas pupilas al rojo vivo por el llanto contenido, la impotencia y, acaso, una gravosa cantidad de vodka sin tónico. Volcado en el volante, apenas reparó en el señalamiento que advertía la siguiente curva (que algún ducho beodo, como él, trazó con incivil seguridad matemática). Bruno disminuyó la velocidad y abrió bien los ojos; quizá por la advertencia, quizá por instinto, mas se repuso y se asió al volante con ambas manos, cual si manejara un carro de feria, convencido de un posible encontronazo con un cervatillo. Tal certidumbre no era del todo infundada, pues no bien había tensado la flecha en el arco, la trompa del Maverick ’71 azul celeste encaró sin fortuna el gesto adusto de un caribú, perezoso y retraído.
     Que el animal ocupa la presuntuosa trocha sin miras de mover el culo, ya otros avezados conductores lo han notado. Que el seguro de vida de Bruno no cubría daños a primeras personas, se lo notificaron en la mesa veintisiete —tras errar desolado y equívocamente, mas solícito a las indicaciones de los responsables de sendos buroes cumplimentados. Una afable anciana, cuyos ojos deformados bajo los gruesos cristales de unas enormes gafas color verde aceituna lo examinaron, y le indicó los imponderables del trance, escritos con galana y minúscula tipografía en el vital contrato. Dióse Bruno por enterado del agravio y avanzó decididamente al Módulo de Información por enésima vez, no sin antes hacerse de un billete que le permitiera participar de la ordenada lista de espera en la cual, otras almas tan confundidas como la suya, afanosamente buscaban legalizar su situación. Bruno observó sucesivamente el reloj, en mano la ficha en turno —la 354— asignada al azar y el indicador. Ciento y una personas le precedían en la busca de invaluables noticias. Los coyotes, resignados a continuar la vida sempiterna en la antesala del prometido Paraíso, se dejaban ir con todo sobre los nuevos aspirantes y, de vez en cuando, uno que otro impaciente caía en el garlito pagando caro el precio, ya fuese en especie o con la misma cartilla. Por su parte, Bruno hizo el cálculo debido y, pretextando cuán lenta la procesión avecinábase, sus párpados cansados se derrumbaron sobre las globos adheridos a las cuencas oculares.
     Bruno dormía y, como las piezas de un rompecabezas en pausada deconstrucción, armó un sueño en el cual Silvia lo esperaba al fondo de una cañada, no podría decirse que en trapos menores porque no los traía, pero sí amorosa como una madre recibe con los brazos abiertos su progenie. Bruno, valeroso, asumía el rol destinado por el Insondable en la personal alegoría del onírico celuloide tejido por el subconsciente. Silvia, emperejilada en exceso con apropiada y sugerente morbidez sobre el frío metálico del Maverick ’71 azul celeste, se tornaba al punto más lejana; sin embargo, tras una testaruda persecución, Bruno casi le daba atinado alcance, y en el casi un obstáculo, correlativo a uno y luego a otro, brotaban del piso, y sin embargo nuevamente, cuando casi le daba alcance, cuando casi le daba alcance, cuando casi… Como disco rayado, se interponía el retraído, perezoso y primitivo facsímil del caribú, adusto parangón de la consagrada Esfinge sacramental. Y entonces el cañaderazo volvía íntegro a sus olvidos para redivivirlos una y otra vez, hasta que una y otra vez, hasta que una y otra vez… Como disco rayado, en efecto.
     Abrió los ojos, maltrecha la mollera y todo el continente sicológico. En el receptáculo de aquellos que ni salvos ni condenados se encontraban, señoreaba plenamente abyecta oscuridad. Ni turno ni módulo de información, y menos informante. El sueño de su perpetua espera no le iba a la zaga en cuanto duración. A trompicones, se abrió paso entre mesas, sillas y alguno que otro ser dañado por la pecaminosa maña de la gula vouyerista en el santo peregrinar por eriales remotos, anhelo siempre frustrado por un pasaporte o una visa negados después de una soberana vigilia al cabo de largas horas de guardia infructuosa. No obstante, de poco valió haber tomado pertinentes providencias, pues en breve reverenció con figurada galanura al pagano Alá (y a Mahoma, su Profeta), así que la boca de Bruno, ligada a su persona por razones anatómicas bien elucidadas en el Génesis de las Antiguas Escrituras, tocaron tierra firme, ciertamente poco ileso —manifestaría el genial y apasionado caricato.
     Mientras el incorpóreo Bruno rehacía su moral estatura (brevísima en realidad), sobándose el morro, oteó en lontananza, quizás en término equidistante al Gabinete de Instalación, inquieta y oscilante, una luciérnaga artificial digna de atracción y éxtasis. Era ésta la tulipa del morrocotudo celador de la Santa Sala de Espera, quien realizaba con caguama celeridad su fajina. Bruno, con su característica inocencia y finita merluza, extravió el derrotero al confundir con el Gran Soberano Universal al cacarañado santón de edad inmensurable, espantosa gallardía y níveas barbas hasta las rodillas, y dirigiéndose a éste con toda la pompa que el acontecer exigía, dijo el caído en desgracia:
     —Señor, Alteza Serenísima, no soy digno de que vengas a mí, que he sido pecador y en la purga de mis faltas quiero seguir.
     Cortejándole un ejército de moscardones, moscas y mosquitos, el santón le respondió, jactancioso, a Bruno:
     —A saber, para este efecto existen el Purgatorio y el Infierno, caro gallinazo.
     —Señor, Dios mío, no me he dado a entender a Tu Gran Sabiduría. Acepto yo con humilde sumisión la pena que se me impute —continuó Bruno, en la breve inteligencia de engañar al Arquitecto, que Todo lo sabe y conoce—, pero créome no merecedor aún de tal remanso espiritual, pues así lo considero, ya que en vida fui pecador grande entre los grandes pecadores, deparándome la vida no más que venturosas penurias, y a la viceversa, como ya os he participado. Así, justo es que mi drama vuelva a ser Infierno para el más corrupto de tus hijos.
     El Santón, al escuchar la multitud de sandeces que el infeliz profería, con mirada y pensamiento bien pícaros, prolongando el tormento del joven, contestóle a guisa de Misericordioso:
     —Yo, que soy Grande entre los Grandes, te perdono. Vuelve a tus afanes y no os preocupéis por nada, pues ya me has demostrado gran arrepentimiento.
     —¡Mas no estoy arrepentido, Señor Dios Creador del Universo! —repuso frenético Bruno.
     Sonriente, el mosqueado patriarca se mesó las barbas y dictaminó:
     —Entonces, a la Tierra volverás, como un soldado más de mi batallón de insectos. Siendo así ésta mi sentencia, por cerrado el caso doy.
     Al instante la metamorfosis tuvo efecto, y al instante el piso se abrió a los pies del Santo Varón, quien descendió con todo y llaves y linternilla a lo más bajo de la cúpula celeste, donde ya Luzbella hacía dos mil años lo esperaba. En tanto, Bruno, en picada mortal acribillaba el espacio y descendía a guisa de kamikaze hasta la atmósfera terrestre, sobrevolando México, colonia por colonia, barriada por barriada y casa por casa hasta dar con la de Silvia, con vehemente suspicacia y dentera, aunque sin hallar una rendija apropiada por donde escabullirse al interior y atraparla en fragante ofensa con el primate caribuido, perezoso y asimétrico. Al cabo de una categórica pesquisa, el mosquito deslizóse por uno de los intersticios que ad hoc el viejo cancel de ulcerado pino le proporcionó.
     Triunfante el delincuente, Bruno recorrió sin darse un respiro siquiera, el patio, el recibidor, la sala, el comedor, la cocina y otras habitaciones de no menor concurrencia en busca de la fatal Desdémona solicitada, hasta dar con el dormitorio, emplazamiento que por elemental represión de su microscópico inconsciente —parca exégesis con la que Freud se hubiera empachado en un curso monográfico para relatar con pericia narrativa, prolijo en detalles de la impúdica reseña— no habíase atrevido a inspeccionar de nonas a primas.
     Atónito, los periféricos ojos de Bruno veían centuplicada la felonía apetecida por los celos. El mosquito irresoluto, mas no por ello menos vengativo, atacó a la desleal pareja, concentrando la aguda batería en la depauperada trinchera que ofrecía la eva, tan expuesta Silvia a las inclemencias del tiempo como en el sueño alucinado del mosquito Bruno.
     —Pero ¿qué es esto? —profirió la dama en cueros—. ¿No es un beligerante insecto quien perturbar quiere nuestro idilio? —observó la adúltera ninfómana.
     Bruno, ufano por el éxito de la incursión, puso entonces más empeño en la ofensiva, y afiló vampírico el minúsculo aguijón. Empero, no bien la pulida y afilada bayoneta dispuesta a proseguir con la estrategia a pie juntillas estaba, la mano áspera y alevosa del adorado primate puso fin con artero tortazo a la embestida que Bruno preparaba, excitado y sicalíptico, en el ávido glúteo diestro de su amada, y Bruno sobrevino al piso.
     La esmeralda llama de una artificiosa luciérnaga se aproximaba hacia otrora chupasangre. El calor en el vestíbulo, podría afirmarse, era notoria y notablemente de una insoportabilidad extrema. Una magna cohorte de moscardones, moscas, mosquitos e insectos nobles luchaban en tropel, pata contra pata, por encabezar las agresiones dirigidas a aquel que haciéndose pasar por Altísimo Arquitecto del Universo Bruno había rogado purgar sus pecantías.
     —¿Obtuvisteis lo que deseabais? —las palabras, esmaltadas por una singular atonía, eran impropias de un ser incognoscible y omnisapiente, pensó el insecto ya rehecho.
     Bruno arrojóse a los pies del vejete, cuyas barbas chamuscadas emanaban una cargante fetidez.
     —¡Oh Señor, el Destino ha vuelto a jugar conmigo, mirad cómo lloro! —y de sus luceros empañados borboritaban lágrimas de yacaré—. ¡Compadecéos de este Tu más humilde siervo!
     —Ay, entonces, hijo mío, tras esta puerta encontrarás lo que has buscado años ha, ¿eh? —aseguró el anciano, que agitaba la mano a fin de reducir a plena evanescencia sus pestíferos gases.
     El interpelado contuvo la respiración y comenzó a lamentarse de Aquél, que hundido hoy en la mierda, había sacrificado vida y milagros por sus hijos bienamados. Mas este fugaz esbozo sensiblero se desvanecía conforme avanzaba al acceso aludido, que súbito insinuábase lejano, inalcanzable. No obstante, Bruno corría hacia donde le exhortara el bienhechor, y sin pensarlo un instante, profanó de golpe y sin aviso previo la galería destacada. Allí, Silvia —imagen viva de Luzbella, siempre ella (¡vaya ripio!) esperaba, desnuda y bien abiertos los brazos, enhiesto el pecho y el busto colgante, al receloso Bruno, que frenó el auto en seco. Un caribú ladino, como sentado en una mullida silla Imperio, le sonreía. 

Selección natural en el Saffron Park

Así que esta simple historia —concluyó mi desconocido interlocutor— no merecería atención si no fuera por la posibilidad de darle un sentido distinto.
MILORAD PAVIČ

Daba el profesor Darwin su acostumbrado paseo vespertino por el Saffron Park cuando, al pie del llamado vulgarmente Puente de los Colgados —como era harto conocido— advirtió la figura de un hombre al borde de la balaustrada. El hombre tenía el extremo de una soga anudada al cuello, y en el extremo opuesto de la soga, una roca bien amarrada al cuerpo, la misma que entre brazos acunaba indeciso.
     Aun cuando el traje no le hacía justicia al caballero, si la vista no engañaba al profesor Darwin, el perfecto nudo byroniano de la soga en el cuello del joven le permitió hacer algunas deducciones atinadas, las cuales prefirió obviar.
     El cuadro, según la inequívoca experiencia de Darwin, era preciso y revelador. La apariencia primordial de su nuevo sujeto de estudio, coligió el profesor, manifestaba clara inclinación —peso de la roca en manos— por un deseo inopinado de renuncia a la vida. Impulsado por la intriga, el respetuoso profesor, caballero sin tacha, pasó de largo junto al hombre, con paso lento, firme y sigiloso, y aunque no era su intención perturbar la intensa concentración que requiere todo futuro suicida, al escuchar los hondos y lastimeros suspiros, que dejaba escapar tan escandalosamente que parecía clamar ¡auxilio!, el científico desanduvo los pasos andados a hurtadillas y, allegándose al suicida en cierne, le ofreció, en consecuencia, auxilio.
     Pete Jones (sí, lo llamaremos “Pete Jones”, pues su descendencia es nutrida) en un principio rechazó el ofrecimiento de Darwin, mas el profesor, que entonces ya era un anciano, convenciólo hábilmente de postergar una tarea que mal podía hacer en ese instante, de tal suerte, que Darwin puso punto final al debate induciéndolo a tomar una taza de té en su acogedora casita. Allí podrían platicar, discutir holgadamente el mal que le aquejaba y considerar si el sabio profesor estaba en condiciones de ayudar al muchacho, y el muchacho en condiciones de recibir ayuda.
     A regañadientes, Thelma Marie, la joven ama de llaves del profesor, les sirvió el té (no el tradicional five o’clock tea, dado que se trataba de un hecho extraordinario).
     Cuidadosamente, Pete Jones depositó la piedra en el piso y —no sin antes agradecer la gentileza de la diligente ama de llaves— mientras bebía la deliciosa infusión de manzanilla, que la severa Thelma Marie había preparado, contóle al profesor Darwin los motivos que lo orillaban a cometer tan impulsivo acto, los cuales a continuación relató.
     Meses atrás había conocido a lady… Lady (sí, llamemósla “lady Lady”, pues damas como éstas abundan), seguramente la británica más hermosa de la isla y probablemente la más bella criatura de la Creación. Fue amor a primera vista, se infiere. Pete Jones la invitó a salir un par de ocasiones; conversaron acerca de las proezas de Napoleón, así como de la graciosa audacia del sobrino, el III; coincidieron en una nieve de limón a las orillas del Támesis y contemplaron un insípido ocaso, mas románticamente hiriente. Ella le confesó que jamás había coincidido en el tiempo con otro caballero tan espléndidamente simpático como con él.
     Entonces, seguro de un amor correspondido, confióle Pete Jones sus sentimientos a la mujer y le ofreció sagrado matrimonio. Sin embargo, sus conclusiones fueron erróneas, lady Lady no estaba enamorada. Por una parte, Pete Jones era tan feo, apuntó la dama, que le provocaba, según su estado de ánimo, risa o repugnancia; por otra parte, Pete Jones era tan gentil y ameno, que no podía prescindir de sus juglarías para llenar sus tardes ociosas. Lady Lady, con extremado tacto para no lastimarlo, rechazó al aprendiz de suicida, no sin antes hacerle saber que solamente lo quería como amigo y pedirle, encarecidamente, que se dejara de romanticismos y ridiculeces, amén que nunca se separase de ella.
     Pete Jones juró sobre la tumba de su abuela, ya que sus padres aún vivían, jamás apartarse de lady Lady, ser su sombra y procurar en lo absoluto y en lo relativo la felicidad de ella con sus ocurrentes bufonadas.
     Así, Pete Jones se vio obligado a seguir alimentando su amor por la joven, y a esconderlo con una sonrisa de oreja a oreja, tan falsa como una sello de tres peniques. Empero, cansado emocionalmente de este devaneo sentimental, Pete Jones vislumbró una infalible salida por la puerta grande: la muerte por decisión, que pese a estar de moda, no deja de ser digna. Y en ese tránsito amargo, tras varios y muy sofisticados intentos de quitarse la vida, más bien risibles e inútiles, había elegido un convencional camino, allegándose a la balaustrada del Puente de los Colgados, momento cumbre en que el anciano científico se topó con él.
     El profesor Darwin escuchó atentamente al joven y no interrumpió su discurso salvo para prender un puro. Su caso le resultaba extrañamente familiar y creyó tener el remedio adecuado para inyectarle bríos, ganas de vivir y el deseo de amar nuevamente (a otra mujer, claro está).
     Bajo este entendido, Darwin se disculpó con Pete Jones, se dirigió al estudio y de la gaveta inferior de la escribanía, extrajo una resma de documentos manuscritos. Al regresar a la estancia donde esperaba Pete Jones, le mostró uno a uno el montón de papeles.
     —Este, míster Jones —le dijo— es un retrato aproximado del hombre más feo del mundo hace cinco mil años, circa; éste otro, es un retrato aproximado del hombre más guapo del mundo, también hace cinco mil años, circa.
     Pete Jones examinó los papeles; mas su rostro, era evidente, conservaba esa expresión idiota que muy bien le iba y explicaba el porqué lo rechazó lady Lady. Ambos esbozos apenas diferían por un par de trazos. No tuvo que adivinar el doctor Darwin los pensamientos que cruzaban la cabeza hueca de Pete Jones; su gesto lo delataba. El profesor había inferido, correctamente, que el muchacho aún no interpretaba los grabados. No obstante la confusión, prosiguió:
     —Estos son, querido amigo —extendió el resto de los papeles—, y obsérvelos con atención, los retratos aproximados, respectivamente, de la mujer más fea y la más hermosa del mundo hace cinco mil años.
     —¿Circa? —preguntó Jones.
     —¡Mi Dios, por cierto que sí! —replicó el profesor Darwin.
     Pete Jones contempló los dibujos. Como en el caso anterior, no había notoria diferencia entre el primero y el segundo boceto.
     —Oh, ya veo.
     —Ve usted porque no está ciego, pero no adivina nada —saltó Darwin, y explicó señalando los dibujos respectivos—. Uk, el hombre más guapo del mundo, era también el mejor cazador de… digamos que una especie de cochinillas gigantes; pero Ku, esta —y señaló a la fea—, era la mejor cocinera de cochinillas gigantes sobre la Tierra. En cambio a Mu, el otro, las mujeres lo codiciaban porque era bueno con el garrote y al anochecer hacía gum-mug con la garganta, de tan dulce manera, que las hacía conciliar el sueño.
     —Oh, ya veo —creyó entonces comprender Pete Jones el inextricable fondo de la anatemizada teoría de la selección natural—. ¿Qué pasó con…?
     —Um, se llamaba Um.
     —¿Qué pasó con ella?
     El profesor Darwin dio un pequeño sorbo a su té y colocó la pierna izquierda sobre la derecha, pausadamente, dándose tiempo para responder, como quien hace memoria:
     —¿Con Um? Nada, era simplemente parte de la tribu. Y como a todas las mujeres, los hombres que sabían hacer uso del garrote o cantar dulcemente gum-mug para conciliar el sueño, no le eran indiferentes, y asimismo, sentía especial fascinación por los cazadores de, digamos, cochinillas gigantes. En fin, a decir verdad, a Um ningún hombre le producía inapetencia. En aquella época, inexperto amigo, todos cumplían en mayor o menor medida con las perspectivas de apareamiento.
     —Oh, cuánto hemos cambiado.
     Darwin enarcó las cejas y se limitó a carraspear. Entretanto, Pete Jones se desembarazaba de la soga, que aún tenía anudada al cuello, y discretamente la hizo a un lado con la punta del zapato cuando Thelma Marie entró a la confortable estancia y recogió el servicio de té, acción que no pasó inadvertida a los ojos del viejo científico.
     —Entonces Uk se casó con Ku —dedujo Pete—, y Um con Mu, ¿no es así?
     El profesor Darwin, sonriente, negó con la cabeza.
     —Ni Uk se casó con Ku, ni Mu con Um, ni Uk con Um, ni Mu con Ku, ni Uk con Mu y menos Um con Ku.
     —¡Por Nelson, qué desdicha! —exclamó Pete Jones, de nuevo dispuesto a arrojarse de cabeza, con el pedrusco ajustado al cuello, al riachuelo que corre bajo el Puente de los Colgados.
     Darwin tranquilizó al joven y explicó:
     —No se casaron, mi amigo, porque entonces el matrimonio sacramental no era una institución y menos una convención social; porque existía la poligamia y porque vivían en tribus diferentes cada uno, debo suponer. Pero estoy seguro de que entonces no importaba cuán feo o atractivo eran, por el sencillo hecho de que todos eran ¡horrorosamente iguales! —horridly equals!, en realidad exclamó Darwin—. Se amaban por otras razones. Lo mismo que hoy en día, justo es señalar.
     —¿Como cuáles? —inquirió el joven atribulado, con los ojos chispeantes, tímidamente vuelto a la vida.
     —¡Hum! Por ejemplo, ejem ejem… Se amaban, pues, porque sí. Y no haga más preguntas.
     El silencio entre pupilo y maestro se impuso. Todo estaba claramente dicho y no fue sino hasta ese preciso momento que Pete Jones aprendió la lección impartida por el profesor Darwin. En el acto, se puso de pie respetuosamente, agradeció una y otra vez su auxilio, y salió de la casa ligeramente liberado de la frustrante carga sentimental que lo agobiaba, así como de la carga material que apenas soportaban sus pequeñas manos, pues atinada y pertinazmente, había olvidado la roca y la soga bajo el sofá donde, con suma discreción, se desembarazó de ellas para evitar suspicacis de la gallarda fámula.
     Al día siguiente, a la hora en que Darwin daba su acostumbrado paseo vespertino por el Saffron Park, Pete Jones, a las puertas de la casa del ausente profesor, se anunció, tras tirar en tres ocasiones de la campanilla.
     Thelma Marie abrió consternada y Pete Jones se vio obligado a explicar con detalle su desventura al ama de llaves, y cómo fue que ayer, a la hora del té, en compañía del profesor Darwin, olvidó una roca y una soga, mismas que, de no haber sido por el venerable profesor, habríanle sido harto útiles para privarse de la vida y, ya que obraban en poder del viejo científico, y siendo ella ama de llaves y mujer de plena confianza para Darwin, y no encontrándose este presente, solicitábale, de ser posible —“sólo de ser posible”—, la devolución de tales adminículos mortíferos. Sin embargo, podía estar tranquila, precisó el joven, embelesado, que claro que no, no tenía en mente cometer acto alguno fuera de la razón.
     Bajo la máscara de la timidez femenina, el ama de llaves le arrojó una mirada suspicaz y seductora. Pete Jones había hecho su petición tan gentil y cortésmente, que la delicada Thelma Marie habría sido incapaz de negarle (de ser posible —sólo de ser posible—, claro está) cualquier cosa al curioso caballero que tenía de pie ante sus ojos, allí, en el umbral de la puerta, bien erguido y argumentando distracción, blandiendo un ramillete de flores amarillas, tal vez rosas o margaritas, como muestra de infinita gratitud —menos por las improvisadas lecciones del profesor Darwin, que por la infusión de manzanilla aplicada por la exquisita y delicada Thelma Marie.
     —¿No pensará usted incurrir en semejante tontería de nuevo? —insistió Thelma Marie—. Sería una lamentable pérdida.
     —¿Lo cree usted así?
     —A leguas se ve que usted es un hombre muy entero y apasionado.
     —¡Por Trafalgar! —replicó Pete Jones—. Puede dormir tranquila. Nada, nada de eso, señorita, son muy otras mis intenciones —aseveró el joven, con una amplia y sincera sonrisa en los labios, la cual denotaba extremo nerviosismo.
     —Y las flores, ¿qué piensa hacer con ellas?
     —Sí, las flores, ¿qué hay con las flores? ¡Oh, esta bagatela, claro! —y apresuró una apología botánica el arrepentido suicida—. Ruégole disculpe mi atrevimiento, pero tengo entendido que las margaritas no son lo más adecuado en estos casos, y en cuanto a las rosas… Quizá pueda orientarme con respecto a las preferencias de míster Darwin.
     —Ya veo. Pero ya sean rosas o bien margaritas, caballero, no acostumbran, no al menos sino hasta que usted llegó, obsequiarle flores al profesor —interrumpió Thelma Marie arguyendo, por cierto, una inteligente observación.
     —Tampoco es mi costumbre obsequiar flores —confesó míster Jones, tartajeante—. No al profesor Darwin ni a ningún caballero —enfatizó ruborizado—, distinguida…
     —Thelma Marie.
     —¡Oh Marie! —exclamó el joven Pete Jones.
     Entretanto, el profesor Darwin, que había prolongado premeditadamente su acostumbrado paseo vespertino, acodado en el antepecho de la balaustrada del Puente de los Colgados, arrojó al vacío un guijarro y contó una a una las ondas que se formaban en la superficie cristalina del riachuelo. Examinó su reloj y blasfemó al imaginar las dificultades que en breve le sobrevendrían, cuando se viese en la necesidad de buscar, encontrar y conservar a un ama de llaves tan eficiente, solícita y delicada como su querida Thelma Marie. Entonces maldijo el instante en que decidió darle nuevo cauce a los pasos perdidos de míster Mu, o Jones, que es lo mismo.
     Después, inmerso en múltiples reflexiones, continuó su caminata. Al cabo de unos minutos, tomó asiento en una banqueta del Saffron Park. Enseguida sacó del bolsillo interior de su levita un lápiz y la libreta donde anotaba variopintas consideraciones en torno a su próximo tractatus.
     Miró el puente con expresión dubitativa y evitó a una pareja de groseros enamorados a la vista. Luego, en el cuadernillo que tenía por tentativo título La descendencia humana y la selección sexual, con letra apresurada, pero segura, apuntó:

Su alias es Pete Jones y goza del don de la ubicuidad. Por eso, quien tropiece por casualidad con este simio digno de sospecha, debe huir. No obstante, deberíamos de actuar de manera contraria. Recordemos que todos los hombres descienden del mono; aunque en algunos casos el parentesco no sea evidente por su infinita similitud […] Eso de sapiens sapiens, sin duda contribuye a conjeturas inagotables, pues la agudeza intelectual —cuando hay tal— con frecuencia es precaria. Empero, la selección sexual es tan misteriosa entre los hombres como entre los animales. Un enigma que rebasa, incluso, el misterio de la selección natural. Aunque entre animales y humanos la diferencia sea mínima y, con frecuencia, ni siquiera exista.

Teoría pragmática del amor

Lleno de mí,
sitiado entre la oferta y la demanda…
Arturo R. González (paráfrasis apócrifa)


Lo confieso sin reserva ni vergüenza: Yo, que intenté hallar la felicidad a través del amor por todas las vías que mi limitada experiencia e imaginación concibieron, fracasé en mi empresa. No obstante, hoy afirmo que soy un hombre feliz. Mi dicha poco se la debo a una mujer y nada a Dios o al vino, que tantas alegrías depara. Es obra exclusiva de un solo hombre que desconoce y desdeña el amor por principio y convicción: mi hermano.
     Cual conejillo de indias, me sometí a su experimento y funcionó a la perfección. No pensé en el resultado ni en las consecuencias que tendría por una sencilla razón: en aquellos días de aparente tortura inmarcesible, de adolescentes turbulencias, más que nublado, mi pensamiento estaba aniquilado por la desesperación. Luli me había destruido y solamente ella podía reparar el daño, pagar los platos rotos. Pero el problema no estribaba en reemplazar un simple objeto o extender un cheque al portador para reparar los estropicios. La pérdida constituía el espíritu deshecho de un hombre enamorado, a la sazón yo. Casualmente.
     A pesar mío, a pesar del amor que le profesaba a Luli, aún pervive en mi memoria esa tarde infortunada que de golpe me asalta y amenaza con repetirse para volverse a repetir y a repetir… Porque uno es humano y no aprende. ¿Cómo evitarlo? A veces, al rasurarme frente al espejo, repentinamente me sorprendo evocando aquel día como una vil declaración de victoria, y la imagen viene a mí no como un sueño ni entre brumas, es una imagen nítida y cegadora como el relumbre del sol en la esplendente espada del verdugo que está a punto de ejecutar una sentencia.
     Me refiero a la tarde que le declaré mi amor sincero y puro, Luli lo tomó a broma y vil chacota. Intransigente, le negó siquiera una tregua efímera a mi inconmensurable desconsuelo. Me ridiculizó en público, fui blanco de las más hirientes burlas que el genio de Luli fraguare alguna vez, y en tanto a ella se coronaba como reina del mísero espectáculo que a todos divertía, yo fui degradado al papel de bufón involuntario ante un cortejo improvisado por los comensales de las mesas contiguas —numerosas, valga la acotación—, quienes a placer contemplaban mis fallidos esfuerzos de donjuán y quijotillo. Ora participaban del escarnio implacable del que era objeto, ora murmuraban a espaldas mías, incapaces de contener la risa o disimularla.
     De un momento a otro me veía dramáticamente reducido, pequeñito en mi silla, y a cada palabra de Luli disminuía más y más; de un momento a otro, aplastado por la humillación desaparecería irremisiblemente, mancillado el poco honor que me restaba, juzgado y condenado sin conocimiento de causa por los parroquianos —y ya no sólo por quienes ocupaban las mesas cercanas, sino el restaurante entero. Y lo peor de todo, es que sabía que no, que seguiría allí, hundido en la silla muy a la vista de todo mundo, lloriqueando mientras Luli me acariciaba la mejilla:
     —¿Tú y yo? Ah, mira que eres gracioso.
     —No es broma.
     —Debería serlo, es buena.
     Excepto nuestro joven camarero, supongo que por compartir conmigo la dolorosa experiencia del rechazo y el desprecio, o porque esperaba una propina generosa, permanecía dolorosamente al margen de mi tragicómico drama. En un momento, recuerdo, nuestras miradas se cruzaron y advertí en él un gesto de aciaga solidaridad.
     Súbitamente el mundo perdió significado y destino; poco importaba precipitar el siniestro y la consecuente derrota. Tornóse insípida la comida y el café, amargo cáliz de mi martirologio. Aun así, recuerdo el momento en que Luli, deslumbrante y cansada de la befa, mientras examinaba el menú en busca de un postre de su agrado, deslizó una precaria promesa como quien dice mucho sin llegar a nada, regodeándose en el devaneo.
     —Los hombres ingenuos como tú me divierten —dijo—. Son de una candidez conmovedora, siempre tan entregados a… ¿cómo explicarte para que lo entiendas? Ideales, tan demodé, tan… ¡tan qué de güeva!
     Agaché la cabeza, callado y desconcertado. Sus razones resultaban incomprensibles. Incapaz de encontrar las palabras correctas, perseguía afanado el argumento preciso para defender el porqué estábamos hechos el uno para el otro. A pesar del contundente desaire, en medio de la decepción atisbé una repentina revelación, la portentosa brizna de esperanza entre cuanto había dicho Luli y, bruscamente mi universo y el mundo, que ella definía por completo, recuperaron simultáneamente orden y cauce. Fue un gesto, un apretado silencio entre labios y un lento dedo índice que se elevaba, junto con la mano, como para bendecirme.
     Entonces tuve una segunda revelación y aparentemente mi búsqueda finalizó. Una a una caían en mi cabeza, de manera milagrosa casi, cual seductora y delicada brisa, las palabras que configurarían la evidencia irrefutable de mi perentoria comunión con Luli. Pero Dios, que gusta del sufrimiento humano, advirtió en mí cualidades jobianas y se propuso someterme a prueba. Antes de que pudiera decir “mi vida”, ella chasqueó los dedos y mi cómplice se acercó, solícito cual buitre a la carroña.
     —Unos chongos zamoranos —Luli rompió el silencio.
     Ignoro si el camarero percibió mi turbación o advirtió cómo, discretamente, tentaleaba mi cartera. Su rostro adquirió un matiz ceniciento, tragó saliva y, tras disculparse con la dama, recitó un sinnúmero de alternativas un tanto cuanto impronunciables (y onerosas) para degustar durante la sobremesa.
     —¿Y duraznos en almíbar?
     —Tarta de durazno, señorita.
     Ella rechazó la oferta y despidió al mesero con un aspaviento (¡jash!) que denotaba hastío. Creí inocentemente que Dios, por vez primera en el transcurso del unilateral idilio, se había apiadado de mí.
     —Jamás vuelvas a traerme a esta pocilga. Y menos para decirme las estupideces que acabas de vomitar.
     La miré de soslayo y ese fugaz vistazo me bastó para saberme miserable y estúpido, ¿quién era yo para colocarla entre la aorta y la coronaria de mi corazón? Me recriminé haber desconocido esa mirada febril desde un principio, cargada de angustia. Sus ojos eran los de una mujer en lucha feroz por revelarse contra el más íntimo y secreto de sus sentimientos, temerosa de expresarlo a causa de un sinfín de decepciones y desengaños incalificables e insospechados. Así pues, ¿qué podía esperar de ella? ¿cómo abrirme su corazón sin sentirse amenazada?
     —Creo que la comida me cayó mal. —Impaciente, se mordió el labio inferior, miró en torno y, finalmente, consultó la hora. —¿Tendrán baño? Mh. mejor paga y vámonos —ordenó—, tengo una cita con X y ni creas que voy a llegar tarde por tu culpa… ¿Me veo bien?
     Obediente, pagué al tiempo que me deshacía en halagos y piropos enrevesados. Ya en el auto, conduje sin chistar al lugar de su cita. Antes de abrir la portezuela y despedirse, alabó mi puntualidad y supe que, efectivamente, tenía esperanzas, si me había puesto a prueba, la había superado por mucho. De un momento a otro recapitularía, me diría sí, estaba jugando, te amo… y permanecí en el auto a la espera de estas palabras, estacionado en doble fila, sin apartar mis ojos de ella, prudente, so pretexto de cuidarle las espaldas, conservando sana distancia, admiraba arrobado su figura al andar, viéndola partir sin darme siquiera las gracias por haberla llevado a su cita con mi rival. Ahora caminaba provocativa y mimosa, colgada dulcemente del brazo de X, que trataba de sacudírsela de encima como si fuese un molesto insecto.
     Al cabo de un minuto, cuando finalmente, los perdí de vista, me percaté de mi patética situación. Entonces comprendí todo, es decir, nada. ¿Qué hacía allí? ¿qué demonios esperaba, trastornar involuntariamente el tránsito? Me retiré, abatido y francamente derrotado.
     Postrado de dolor, llegué a casa. Procuré escapar de la mirada indiscreta, suspicaz y curiosa de mis hermanas, quienes habían depositado en mí altas expectativas acompañadas de un exacerbado entusiasmo. Esperaban el inmediato relato, hiperbólico y pormenorizado, de una memorable epopeya amorosa. Silencio. Durante la cena me armé de valor y, a juicio mío, puedo afirmar que me superé como personaje de mi tragedia en una actuación meritoria de elogios, sin necesidad de esforzarme en fraguar mentirillas verosímiles o evasivas elementales con relativo éxito. Nadie me inquirió, nadie aludió al hecho, ¿a quién podría interesarle mi desventura que a leguas evidenciaba mi indolencia? Sin embargo, me aliviaba creer superado el escrutinio familiar mediante chascarrillos carentes de gracia y comentarios frívolos, gratuitos.
     Nadie reparó en mi furtivo y discreto encierro, emocional y físico. Ello, lejos de producirme satisfacción alguna, me redujo a una sensación de abandono que aumentó a la par que mi congoja y el tamaño de la pena, superando las cuadradas dimensiones del dormitorio que compartía con mi hermano mayor.
     Deseaba ahogar el sufrimiento en la soledad de mi entonces diminuta celda y mitigar las consecuencias del ultraje; conmutar la herida lacrimógena y la ira contenida en furor vengativo, con la firme disposición alquímica de trasmutar la triste humillación en arrogante orgullo. Odié a Luli durante un par de minutos y la magnitud de tal desprecio incluso llegó a asombrarme. Nunca creí que fuese capaz de vilipendiar a alguien con la intensidad con que la envilecí.
     Pero la naturaleza de mi aflicción era contradictoria. Por una parte sentía pena por Luli, y por otra, a pesar de la tristeza, compasión. Le construí una vida basada en el abuso y la desilusión. Cada acto suyo, cada desaire, cada palabra hiriente encontró así plena justificación en la desgracia imaginaria. Media hora después, tomé una decisión definitiva. Redimirla a cualquier precio. Y en el acto me propuse un plan de ataque.
     Quién iba a decirme que al día siguiente, durante el desayuno, mi hermano cambiaría mi “firme decisión” con un llano “¿Cómo te fue ayer?” Había considerado una serie de cuentos tan puntuales como inverosímiles a esa pregunta; pero mi capacidad de novelar se vio reducida a la vulgar necesidad, imperiosa, del maldito desahogo. Entre lágrimas y mocoso, le entregué el relato exagerado de mi tragedia, de principio a fin, sin puntos ni comas. Arturo escuchó aturdido, sin respirar casi porque no le di reposo.
     Debo admitir que la confianza que le guardo —o guardaba— a Arturo siempre se vio empobrecida por la natural razón de que es mi hermano, y la confianza fraterna, al menos con él, por principio debe de ser parcial, selectiva y distorsionada.
     Arturo es un joven brillante, rayano en la genialidad, pero no me inspiraba ni admiración ni respeto. Estudiaba al mismo tiempo, en una de las universidades más reputadas del país, matemáticas aplicadas, economía y administración de empresas. Nuestras relaciones no siempre habían sido buenas por motivos que no vienen a cuento, pero reconozco que es comprensivo y sabe callar cuando debe callarse la boca. Sin embargo, esta vez fue la excepción.
     Apenas concluí mi trágico relato, decidido, tomó pluma y papel y me reveló su teoría pragmática del amor con el fin de reanimarme y, secretamente, comprobarla en la praxis por intermedio mío. Cuanto decía Arturo me pareció un disparate y, como él reconociera que no resultaba explícita ni convincente la simple enunciación de la teoría, abreviada su complejidad para un lego de las ciencias económicas como yo, procedió a ilustrarla mediante categóricas gráficas sustentadas en ecuaciones incontrovertibles. Así me demostró cómo en el intercambio voluntario de ese sentimiento llamado variable amor figuran contingentes altibajos que bajo condiciones inflacionarias merman el presupuesto emocional. Nada escapaba a su retórica mercadológica, provista de varios modelos económicos dispuestos ad hoc, cada uno de sus argumentos sustentados básicamente en el aplastante maximun de una ley derivada de la relación oferta-demanda, la cual había aplicado torpe y equivocadamente con Luli, por decir lo menos. He ahí la causa y efecto de mi fracaso en la negociación. La mano de obra y la factura del producto ofertado durante la transacción resultaba demasiado alto en relación con la calidad del mismo, y por tanto la demanda por parte de Luli fue nula.
     —¿Y eso significa?
     —Que en el mercado del amor tu Luli es un producto de escasa demanda para ti, al cual le has puesto un precio de mayoreo, por decir lo menos, negociando como si se tratara de chicles; pero ella claramente te ha cotizado como un producto de elevada demanda perfectamente reemplazable, por tanto no está dispuesta a invertir en ti y tú no puedes invertir en ella; para que funcione tienes que invertir las condiciones actuales del mercado, a sabiendas de que tú vas invertir en ella, pero no de inmediato. Porque sucede también que, por lo que acabas de contarme, te has convertido a la fecha en un productor amoroso que quiere vender en dólares lo que se paga con pesos, y como el peso está devaluado, volvemos a lo mismo, no eres sujeto de inversión, y ella para ti es una inversión inalcanzable.
     —¿O sea?
     —Hay que ordenarlo todo bajo un esquema equilibrado de oferta-demanda; monetízala, tásala y ponla en el mercado a un precio accesible, y tú eleva la calidad de tu producto —hizo una pausa para explicarse mejor—: mira, el amor es el mercado y los enamorados los productos; para que funcione y sea equilibrado, las variables unipersonales deben ser reemplazadas por las variables impersonales x y y, donde x representa al hombre, y la variable y, a la mujer. Ya después a cada variable se le asignará distintos atributos que harán ese producto único en el mercado, pero es el consumidor, el demandante, quien le asigna el valor agregado, porque en este caso, ofertantes y consumidores juegan un doble papel. Cambia tu capital a dólares y el suyo a pesos , a ver quién sale ganando. Una ecuación simple.
     —Ah —fingí comprender sin entender nada—… ¿entonces?
     —No te abarates, niño, date a desear —tradujo y finalizó, fastidiado por mi tosudez.
     De nueva cuenta creí comprender mi error. Al menos entendía que la vasta derrama de mi afecto exacerbado tuvo un efecto contraproducente en mi empresa amorosa, por lo mismo y en consecuencia era natural que quebrara… Pero la claridad que tenía de los móviles de mis acciones y sus nefandas reacciones me hacían sentir peor. Había jugado mis bonos como un novato, corriendo riesgos innecesarios en lugar de calculados.
     Cegado por una cólera materialista, iluminado por la teoría pragmática del amor, sin cuestionármela siquiera, decidí ejecutarla y demostrar si era aplicable en plena bancarrota. Sabía que buscaba oro polvo en el desértico terreno de un corazón árido. Tomé el teléfono y marqué el número de Luli. Ella contestó y pedí, rogué y supliqué me concediera una cita, la cual, renuente, me dio.
     Ni habían transcurrido veinticuatro horas del episodio en el restaurante, cuando yo, a la hora indicada previamente, me encontraba timbrando a las puertas de su edificio, bien peinado y mejor vestido y apestando a perfume barato.
     A solas en su casa, Luli me recibió sin disimular un dejo de hartazgo y me condujo al recibidor y allí me retuvo un buen rato. (Recuerdo el labial negro de su boca como funesto presagio de mi incursión.)
     Tras una conversación espontáneamente forzada, puse en práctica, cuan minuciosa y claramente me fue posible, la lógica teoría de mi hermano, no sin antes hacerle pequeñas modificaciones en función de la circunstancia. La compartí con Luli en infalibles términos matemáticos y actualicé con precisión las gráficas económico-administrativas delineadas por Arturo y, si ella no interviene, bajo esos términos hubiese continuado ad infinitum mi exhortación amatoria.
     —Okey —dijo—, te la compro. ¿Y…?
     Admito que estaba preparado para todo, excepto para esa respuesta. No esperaba semejante reacción, abyecta y repugnante expresión de la mezquindad. Permanecí en silencio un rato, con mis ojos fijos en los suyos.
     “Es un juego de riesgos”, recordé. “Por eso siempre debes esperar lo inesperado y evitar apostarlo todo… Ahora bien, si cometes esa estupidez, debes elaboras tantos planes emergentes como te sea posible.”
     Armado de valor, improvisé un segundo plan de ataque:
     —Mira, estadísticamente tú y yo deberíamos, debemos… —corregí e hice una larga pausa, gesticulando con las manos, acción que pretendía dar por entendido cuanto hubiese de sobrentender.
     Luli me miró a los ojos sorprendida, sonrió y fue incapaz de contener no sólo una, sino varias carcajadas en las que percibí un tufo insufrible de burla.
     Quise reaccionar, por primera vez, de acuerdo a la situación, y lo hice. Me puse de pie, di media vuelta y encaminé mis tristes pasos directamente a la calle, confuso, compungido y seguro de que había comprendido mal la teoría pragmática del amor y culpé a mi hermano de mi segundo fracaso. Maldiciéndolo, obviamente.
     El juego terminó por cansado y por un segundo recuperé mi dignidad. A tenor de despedida, sin atreverme a mirarla de frente a causa de sus labios pintados de negro, dije:
     —Pues vete buscando otro imbécil que tolere tus estupideces, a ver si X se avienta ese trompo a la uña.
     Al parecer fui artero, sin darme cuenta había dado en el punto exacto de mi valor agregado, encareciéndolo en el acto, pues la desconcerté.
     —¿Cómo? ¿Te vas?
     —Tengo cosas más importantes qué hacer, cariño —respondí.
     Antes de llegar a mi más próximo destino (la salida, que a la vez sería la puerta de entrada al Infierno), Luli me cogió del brazo. Quería cobrarse el tiempo invertido en mi visita. Evidentemente, me negué. Insistió; no di marcha atrás. Nos enfrentamos cara a cara y, sin más, me plantó un beso, renegrido y breve. Firme en el fallo, respondí con equivalente determinación. Luli replicó; aunque la exposición de sus argumentos fue extensa, a juicio mío, escasamente persuasivo, según se lo hice ver al instante, devolviéndole el beso con una nalgada. Ella abundó en el tratamiento y propuso someterse a un exhaustivo examen de alta de calidad, aportando un tercer beso que acabó donde acaban todos y cada uno de estos intercambios de hipercálido afecto.
     Estoy seguro que tras comprobar la estupenda calidad del producto y la excelente manufactura, estaba convencida, satisfecha, complacida. Todo asomo de regateo hubiese redundado en pérdida. Luli había elegido al imbécil que habría de consentirla, y éste era nada menos que yo. Felizmente yo, debo decirlo.
     Al llegar a casa, Arturo fue la segunda persona en darse en cuenta de mi ingrávida presencia (la primera fue mamá). Con cara de estúpido y mi elástico silencio, los puse al tanto de cada secreto detalle. Ignoro cómo, pero su teoría había funcionado con exactitud.
     Hoy mi hermano vive en Inglaterra; yo, con Luli. Todavía no le agradezco su inestimable y didáctica ayuda, pero lo haré. En especial ahora que me he entregado a la tarea de evaluar su teoría pragmática del amor con otras variables. Podría decirse que su inestimable aportación, con Luli, se había quedado a nivel de hipótesis: era menester pasar a la experimentación para llegar a la comprobación de la tesis. Esto me ha permitido concluir que entre la teoría y la praxis hay un sesgo monopólico, pues si bien abre mercados y plantea una prudente estrategia de alto rendimiento afectivo, por principio excluye la competencia una vez cerrado el trato, y la posibilidad de expandir el mercado, transitando de la microempresa a la macro. Tampoco explica cómo abandonar la sociedad sin que una u otra parte resulte afectada cuando los beneficios per capita no devenga dividendos —aspectos que nunca está de más tener presente. 

Mustafarafas no aprende

Y quién puede creerle a la señorita Zulú si otra vez sale con el mismo cuento y Mustafarafas no aprende. Lo echa a escobazos porque sucede que se puso a jugar alevosamente con sus medias de seda que le cuestan un dineral y, claro está, las ha hecho fetuchini.
     —Y no vuelvas —advierte la señorita Zulú, sin molestarse en ofrecerle la espalda—. A ver si aprende de una buena vez —agrega, como si lo hiciera por su bien. Porque a ella le duele más que a nadie.
     Con un portazo ensayado por costumbre, la señorita Zulú hace gala de mínimo control emocional.
     —¡Basura, lo de siempre! —chilla el otro, lejos de imaginar que esta ocasión la cosa parece que va en serio, y espera a que las aguas se calmen.
     Pero al llegar la noche, lo de siempre. La señorita Zulú extraña su cuerpecito peludo a los pies de la cama, calentándole los callos. No puede conciliar el sueño y su conciencia le habla con denuedo, la censura, la amenaza. El frío arrecia y ¡qué demonios!, lo echa de menos.
     Aun cuando podría decirse que está arrepentida, no se dice.
     La señorita Zulú, sin embargo, considera seriamente el dilema que se le presenta. Entonces manda a paseo el rencor, se levanta de la cama, envuelta en una cobija, y desciende a la planta baja. Entra a la cocina, pone agua en un cacharro de peltre y, finalmente, prende la estufa después de tres intentos.
     Aguarda de pie a que el agua esté lista para preparar el té. Los dedos tamborilean sobre la mesa, la pared, la taza vacía en espera de la vitamínica infusión de limón. Vuelve la cabeza hacia la derecha, hacia la izquierda, avanza y retrocede sobre sus propios pasos y sigue los de Mustafarafas como si estuviera en casa, inquieta, hasta que por fin lo ve tras la puerta del jardín, con sus bigotes de yo-no-fui. No cederá tan fácilmente, se convence y finge demencia.
     Pero allí está Mustafarafas, ahora con su carita de ¿yo qué hice para que me trates así? A la señorita Zulú la embarga una melancolía inédita, le parte el alma. Él, en cambio, se avecinda tranquilamente en la puerta del jardín, la observa con expresión ingenua, seductora, como diciendo y ahora qué, mi reina…, cuando en realidad está diciendo ¡a ver a qué hora, mulata!
     La señorita Zulú entreabre la puerta y asoma la punta de la nariz. Mira en torno. El corazón engorda y adelgaza en su pecho. ¡Ah, allí está el villano, otra vez, con su carita larga y los bigotes lacios, tan afligido el inocente! Qué tristeza. La señorita Zulú cierra la puerta en un impulso; se revuelve en busca de Mustafarafas. Demasiado tarde, no está. Al instante irrumpe en el jardín, llena de remordimiento.
     ¿Cómo pude ser capaz de semejante atropello?, piensa. Mas no ha empezado a reprocharse cuando lo halla a sus pies, mimoso.
     —Está bien, lo admito, actué precipitadamente —concede—. Perdóname.
     Mustafarafas lo considera y reconsidera; pero antes de que la señorita Zulú cambie de opinión, se escurre por entre sus piernas y la puerta del jardín se cierra a sus lomos.
     Ahora la señorita Zulú está afuera, y aunque tiene más frío que antes, suspira y experimenta una sensación de alivio inusitado. ¡Qué tecito ni qué ocho cuartos, pura culpa! Alza la vista y observa la luna nueva. Está contenta.
     Luego de tres minutos estornuda y algo comienza a preocuparle, se le nota angustiada. Repasa sus actos y piensa en lo bien que le caería en estos momentos la vitamínica infusión de limón que dejó calentando en la parrilla. Si al menos Mustafarafas pudiera apagar la estufa y preparar el té, estaría más tranquila.
     La señorita Zulú reflexiona, sabe que debió haber sido más enérgica, inflexible con el destructor de medias y, convencidísima, asume que la próxima vez —si es que hay próxima, si supera la bronconeumonía que desde ya le sobreviene, si la casa no arde en llamas—, será implacable con el gato… Como nunca lo ha sido.

El taburete metafísico

◘ El taburete metafíco
Marianito y Natalia Bocanegra viven felices en su cálido departamento de la colonia Roma: dos recámaras, sala comedor, estudio (improvisado, espacio reducido, saludable), baño con tina de azulejos y cocina infame, mas cocina al fin y al cabo.
     Noche tras noche, siempre y cuando ella y Marianito no hayan reñido y puesto efímero fin a su maridaje, Natalia se acurruca entre los brazos de Marianito y éste le acaricia la cabeza y trenza sus dedos en su cabellera negra y rizada. Natalia ronronea, se recula como una gatita mimosa, mira el taburete donde, con soberbio talante metafísico, reposan un jarrón y un vaso llenos de agua. Entonces Natalia entristece y cae en cuenta de que ese taburete carece de un algo indefinible. Quizás un portarretrato con la foto de la inconstante pareja (la cual debe ponderar su faceta amorosa, sólida, inquebrantable). Marianito observa con atención el taburete, concuerda con la apreciación de su amante y agrega, al cuadro ausente, un cenicero surrealista.
     La tarde siguiente, Marianito sale de la oficina, se dirige a la tienda de autoservicio más cercana y compra el portarretrato idóneo para colocar el pertinente cromo de la feliz pareja, un cenicero extravagante, a la sazón surrealista según aprecia, y una hamburguesa para comer camino a casa, a la sazón desabrida según su paladar degusta.
     En el cálido departamento Natalia aprueba la iniciativa mordiéndole, lúdica y con pretensiones lúbricas, los labios a Marianito (primero el inferior, enseguida el superior, luego ambos y así sucesivamente). La dama se acurruca en sus brazos, ronronea y suspira cuando observa por segunda vez el taburete. Marianito observa a la vez, consecuente, jubiloso y regocijado, pero su sonrisa se desdibuja y el regocijo se esfuma, sus dedos tiemblan cuando acaricia la cabeza de la querida gatita y los amantes comienzan a inquietarse. Desearían que el taburete les dijera: “Esto...”, y, al efecto, ellos fueran y compraran esto para llenar aquel vacío.
     El panorama es tan desolador como la tía Margarita, columbra sentencioso Bocanegra, desconcertado por el sentencioso columbre y el recuerdo de la anciana tía avara, en tanto la mimosa Natalia al instante da en el clavo; mas pícara, se reserva la sorpresa para mañana en la tarde.
     Y hoy en la tarde, cuando llega Marianito del trabajo se encuentra con que la sopa servida ya está fría y el estofado más bien quemado. A decir verdad, no come con gusto; pero simula como escapista legendario el deleite que le causa el sagrado, merecido y frugal alimento. Gatita lamenta haber omitido el postre; Marianito Bocanegra, por su parte, agradece a Dios la omisión.
     Impaciente, Natalia lo arrastra a la habitación, se echan en la cama y él se acurruca bajo el brazo de su señora, anticipando un acontecimiento orgiástico. Ella le acaricia la cabeza y Marianito ronronea, se arrellana sobre el pecho de su amada, como un gatote melindroso. Entonces repara en el taburete con la jarra y el vaso llenos de agua, el portarretrato con la fotografía de la pareja en notoria y notabilísima circunstancia tributaria a la supuesta felicidad hogareña, el cenicero extravagante y el novedoso florero azul de barriga amplia, rebosante de margaritas húmedas y aromáticas. Marianito complacido, se aferra al frágil cuerpo de Natalia y se deja conducir por el sueño, consciente y seguro de que al fin está en armonía con el Universo y con Natalia —a Dios gracias.


►Pesadillas de la tía Margarita
En breve (esa misma noche, durante la madrugada), Marianito despierta sobresaltado por los gritos que en regulares intervalos emite el imprudente y exigente aparato telefónico. Duda en contestar, mas el timbre del teléfono parece no admitir excusa alguna y su mano ya ha levantado el auricular al tiempo que su voz soñolienta ha pronunciado la palabra “Bueno” así, en tono afirmativo. Es Estrellita, su hermana (el árbol genealógico de la familia Bocanegra no es muy extenso, de modo que el diminutivo es a la vez tajante tradición y vicio familiar) para informar que la anciana tía Margarita ha muerto, y de paso aprovecha para comunicarle que la tacaña solterona le apalabró, años atrás, su colección de monedas de oro.
     “Haz memoria”, dice Estrellita. “Seguramente lo recordarás...”, redice con fingida dulzura. Y aprecia, bueno, a decir de ella: “¿Por qué reñir entre hermanos?”, pero ya no dice: pregunta Estrellita en tono veladamente bélico. A todo esto Marianito “Ajá”, contesta. “Ajá”, opina, y “Ajá”, acepta cuanta incierta promesa de la vieja tía Margarita, de labios de Estrellita, procede. Y cuelga.
     Marianito Bocanegra deambula; ignora si le llamaron por teléfono o soñó que doña Margarita puso en definitiva ambos pies del otro lado y vino a visitarlo, o si tan inesperado suceso es una pesadilla planeada por la vieja avara y agiotista reprochable.

☼ Marianito medita
Todavía de pie, contempla cómo duerme Natalia plácidamente, con un dedo en la boca, y luego su mirada se desliza hasta el florero barrigón y las blancas margaritas, húmedas y aromáticas. Mortificante y embarazoso espectáculo, aunque cierto: no ha sido un sueño, la tía Margarita falleció.
    Marianito medita en torno a la desoladora existencia de la tía difunta, piensa en la colección de monedas de oro que le apalabró a Estrellita desde su más tierna infancia, en los tantos miles de dólares que la amargada usurera tenía en el banco y bajo la almohada, y lo más pesaroso: que la vieja arpía murió intestada y son más de ocho los sobrinos dispuestos a arrancarse los ojos por obtener de la mentada herencia siquiera un cuarto de dólar (que en Dios confía).
     Marianito entristece profundamente y sus pensamientos se concentran otra vez en el taburete. Lo mira atento, algo inquieto. (Desasosegado, sería la definición adecuada. Quizá.)
     Bocanegra regresa a la cama y toma asiento junto a Natalia, con muchísimo cuidado para no perturbar el sonoro sueño de su amada. La abraza y parpadea idiotizado, con la boca abierta. Babea de tan sólo contemplar la angelical imagen. Enseguida regresa al taburete y observa con detenimiento el panorama que le ofrece, con su jarrón y su vaso lleno de agua, con el portarretrato y el cenicero, con el florero y las margaritas húmedas y aromáticas, con la pared vacía y se le ocurre —quién sabe—, que tal vez para estar completamente en equilibrio y armonía con el Universo le haga falta una reproducción barata de un Magritte o un póster de De Chirico, quizás una postal de Escher o el calendario 1979 de castillos medievales de la tía Margarita...
     Marianito vuelve la vista hacia su Gatita y continúa hundido en meditaciones trasnochadas. ¡Ah, si no estuviera en pleito el calendario!

♠ El deber moral que entraña la certeza
La disputa se desarrolla desde ya entre primos y hermanos. Entretanto, Bocanegra tiene consigo a Natalia, que ahora le chupa el dedo con fruición, y la obligación moral de practicar el tiro al blanco. La opción de arrojar por la ventana semicerrada el aparato telefónico —que de nueva cuenta chilla como niño de pecho, hambriento, malintencionado, como agorero bien nutrido de mala leche—, único culpable de poner en riesgo el impasible sueño de su bella durmiente, se le presenta con el grave semblante del deber ser.
     Ahora Natalia se chupa el dedo pulgar. Marianito Bocanegra admira el taburete metafísico. Deduce que si el mueble puede prescindir del teléfono y la herencia de la codiciosa tía (excepto, tal vez, del calendario del ’79), los amantes del cálido apartamento de la colonia Roma también, tal vez excepto de... y en suspenso aguarda la conclusión del pensamiento ensombrecido por el runrún de las propiedades de la avara Margarita.
     En un momento dado podrían sentirse incompletos, y eso basta para aterrar inclusive al perro que no tienen; por ahora, los Bocanegra tienen la aguda certeza de que el florero azul y sus margaritas húmedas y aromáticas nunca rebasarán tanta dicha.

♫ El teléfono sigue timbrando
El teléfono sigue timbrando en manos de Marianito. El desdichado se derrumba a los pies de la cama y el taburete aguarda en cobarde silencio. Del otro lado de la línea, alguien acecha a la pareja. Natalia entreabre los ojos —alguien, algo permanece al acecho— y mira el taburete, segura de que ocupa un espacio inconveniente. Mañana, al atardecer, la mesa de noche probablemente no estará allí. Pero entonces, tal vez, sea demasiado tarde. Las margaritas se habrán deshojado y entre primos y hermanos la batalla campal por los bienes y males de la vieja usurera no los dejará pegar el ojo. Aunque Marianito digo esto, eso o aquello y la ancha manga del muerto.