Lleno de mí,
sitiado entre la oferta y la demanda…
Arturo R. González (paráfrasis apócrifa)
Lo confieso sin reserva ni vergüenza: Yo, que intenté hallar la felicidad a través del amor por todas las vías que mi limitada experiencia e imaginación concibieron, fracasé en mi empresa. No obstante, hoy afirmo que soy un hombre feliz. Mi dicha poco se la debo a una mujer y nada a Dios o al vino, que tantas alegrías depara. Es obra exclusiva de un solo hombre que desconoce y desdeña el amor por principio y convicción: mi hermano.
Cual conejillo de indias, me sometí a su experimento y funcionó a la perfección. No pensé en el resultado ni en las consecuencias que tendría por una sencilla razón: en aquellos días de aparente tortura inmarcesible, de adolescentes turbulencias, más que nublado, mi pensamiento estaba aniquilado por la desesperación. Luli me había destruido y solamente ella podía reparar el daño, pagar los platos rotos. Pero el problema no estribaba en reemplazar un simple objeto o extender un cheque al portador para reparar los estropicios. La pérdida constituía el espíritu deshecho de un hombre enamorado, a la sazón yo. Casualmente.
A pesar mío, a pesar del amor que le profesaba a Luli, aún pervive en mi memoria esa tarde infortunada que de golpe me asalta y amenaza con repetirse para volverse a repetir y a repetir… Porque uno es humano y no aprende. ¿Cómo evitarlo? A veces, al rasurarme frente al espejo, repentinamente me sorprendo evocando aquel día como una vil declaración de victoria, y la imagen viene a mí no como un sueño ni entre brumas, es una imagen nítida y cegadora como el relumbre del sol en la esplendente espada del verdugo que está a punto de ejecutar una sentencia.
Me refiero a la tarde que le declaré mi amor sincero y puro, Luli lo tomó a broma y vil chacota. Intransigente, le negó siquiera una tregua efímera a mi inconmensurable desconsuelo. Me ridiculizó en público, fui blanco de las más hirientes burlas que el genio de Luli fraguare alguna vez, y en tanto a ella se coronaba como reina del mísero espectáculo que a todos divertía, yo fui degradado al papel de bufón involuntario ante un cortejo improvisado por los comensales de las mesas contiguas —numerosas, valga la acotación—, quienes a placer contemplaban mis fallidos esfuerzos de donjuán y quijotillo. Ora participaban del escarnio implacable del que era objeto, ora murmuraban a espaldas mías, incapaces de contener la risa o disimularla.
De un momento a otro me veía dramáticamente reducido, pequeñito en mi silla, y a cada palabra de Luli disminuía más y más; de un momento a otro, aplastado por la humillación desaparecería irremisiblemente, mancillado el poco honor que me restaba, juzgado y condenado sin conocimiento de causa por los parroquianos —y ya no sólo por quienes ocupaban las mesas cercanas, sino el restaurante entero. Y lo peor de todo, es que sabía que no, que seguiría allí, hundido en la silla muy a la vista de todo mundo, lloriqueando mientras Luli me acariciaba la mejilla:
—¿Tú y yo? Ah, mira que eres gracioso.
—No es broma.
—Debería serlo, es buena.
Excepto nuestro joven camarero, supongo que por compartir conmigo la dolorosa experiencia del rechazo y el desprecio, o porque esperaba una propina generosa, permanecía dolorosamente al margen de mi tragicómico drama. En un momento, recuerdo, nuestras miradas se cruzaron y advertí en él un gesto de aciaga solidaridad.
Súbitamente el mundo perdió significado y destino; poco importaba precipitar el siniestro y la consecuente derrota. Tornóse insípida la comida y el café, amargo cáliz de mi martirologio. Aun así, recuerdo el momento en que Luli, deslumbrante y cansada de la befa, mientras examinaba el menú en busca de un postre de su agrado, deslizó una precaria promesa como quien dice mucho sin llegar a nada, regodeándose en el devaneo.
—Los hombres ingenuos como tú me divierten —dijo—. Son de una candidez conmovedora, siempre tan entregados a… ¿cómo explicarte para que lo entiendas? Ideales, tan demodé, tan… ¡tan qué de güeva!
Agaché la cabeza, callado y desconcertado. Sus razones resultaban incomprensibles. Incapaz de encontrar las palabras correctas, perseguía afanado el argumento preciso para defender el porqué estábamos hechos el uno para el otro. A pesar del contundente desaire, en medio de la decepción atisbé una repentina revelación, la portentosa brizna de esperanza entre cuanto había dicho Luli y, bruscamente mi universo y el mundo, que ella definía por completo, recuperaron simultáneamente orden y cauce. Fue un gesto, un apretado silencio entre labios y un lento dedo índice que se elevaba, junto con la mano, como para bendecirme.
Entonces tuve una segunda revelación y aparentemente mi búsqueda finalizó. Una a una caían en mi cabeza, de manera milagrosa casi, cual seductora y delicada brisa, las palabras que configurarían la evidencia irrefutable de mi perentoria comunión con Luli. Pero Dios, que gusta del sufrimiento humano, advirtió en mí cualidades jobianas y se propuso someterme a prueba. Antes de que pudiera decir “mi vida”, ella chasqueó los dedos y mi cómplice se acercó, solícito cual buitre a la carroña.
—Unos chongos zamoranos —Luli rompió el silencio.
Ignoro si el camarero percibió mi turbación o advirtió cómo, discretamente, tentaleaba mi cartera. Su rostro adquirió un matiz ceniciento, tragó saliva y, tras disculparse con la dama, recitó un sinnúmero de alternativas un tanto cuanto impronunciables (y onerosas) para degustar durante la sobremesa.
—¿Y duraznos en almíbar?
—Tarta de durazno, señorita.
Ella rechazó la oferta y despidió al mesero con un aspaviento (¡jash!) que denotaba hastío. Creí inocentemente que Dios, por vez primera en el transcurso del unilateral idilio, se había apiadado de mí.
—Jamás vuelvas a traerme a esta pocilga. Y menos para decirme las estupideces que acabas de vomitar.
La miré de soslayo y ese fugaz vistazo me bastó para saberme miserable y estúpido, ¿quién era yo para colocarla entre la aorta y la coronaria de mi corazón? Me recriminé haber desconocido esa mirada febril desde un principio, cargada de angustia. Sus ojos eran los de una mujer en lucha feroz por revelarse contra el más íntimo y secreto de sus sentimientos, temerosa de expresarlo a causa de un sinfín de decepciones y desengaños incalificables e insospechados. Así pues, ¿qué podía esperar de ella? ¿cómo abrirme su corazón sin sentirse amenazada?
—Creo que la comida me cayó mal. —Impaciente, se mordió el labio inferior, miró en torno y, finalmente, consultó la hora. —¿Tendrán baño? Mh. mejor paga y vámonos —ordenó—, tengo una cita con X y ni creas que voy a llegar tarde por tu culpa… ¿Me veo bien?
Obediente, pagué al tiempo que me deshacía en halagos y piropos enrevesados. Ya en el auto, conduje sin chistar al lugar de su cita. Antes de abrir la portezuela y despedirse, alabó mi puntualidad y supe que, efectivamente, tenía esperanzas, si me había puesto a prueba, la había superado por mucho. De un momento a otro recapitularía, me diría sí, estaba jugando, te amo… y permanecí en el auto a la espera de estas palabras, estacionado en doble fila, sin apartar mis ojos de ella, prudente, so pretexto de cuidarle las espaldas, conservando sana distancia, admiraba arrobado su figura al andar, viéndola partir sin darme siquiera las gracias por haberla llevado a su cita con mi rival. Ahora caminaba provocativa y mimosa, colgada dulcemente del brazo de X, que trataba de sacudírsela de encima como si fuese un molesto insecto.
Al cabo de un minuto, cuando finalmente, los perdí de vista, me percaté de mi patética situación. Entonces comprendí todo, es decir, nada. ¿Qué hacía allí? ¿qué demonios esperaba, trastornar involuntariamente el tránsito? Me retiré, abatido y francamente derrotado.
Postrado de dolor, llegué a casa. Procuré escapar de la mirada indiscreta, suspicaz y curiosa de mis hermanas, quienes habían depositado en mí altas expectativas acompañadas de un exacerbado entusiasmo. Esperaban el inmediato relato, hiperbólico y pormenorizado, de una memorable epopeya amorosa. Silencio. Durante la cena me armé de valor y, a juicio mío, puedo afirmar que me superé como personaje de mi tragedia en una actuación meritoria de elogios, sin necesidad de esforzarme en fraguar mentirillas verosímiles o evasivas elementales con relativo éxito. Nadie me inquirió, nadie aludió al hecho, ¿a quién podría interesarle mi desventura que a leguas evidenciaba mi indolencia? Sin embargo, me aliviaba creer superado el escrutinio familiar mediante chascarrillos carentes de gracia y comentarios frívolos, gratuitos.
Nadie reparó en mi furtivo y discreto encierro, emocional y físico. Ello, lejos de producirme satisfacción alguna, me redujo a una sensación de abandono que aumentó a la par que mi congoja y el tamaño de la pena, superando las cuadradas dimensiones del dormitorio que compartía con mi hermano mayor.
Deseaba ahogar el sufrimiento en la soledad de mi entonces diminuta celda y mitigar las consecuencias del ultraje; conmutar la herida lacrimógena y la ira contenida en furor vengativo, con la firme disposición alquímica de trasmutar la triste humillación en arrogante orgullo. Odié a Luli durante un par de minutos y la magnitud de tal desprecio incluso llegó a asombrarme. Nunca creí que fuese capaz de vilipendiar a alguien con la intensidad con que la envilecí.
Pero la naturaleza de mi aflicción era contradictoria. Por una parte sentía pena por Luli, y por otra, a pesar de la tristeza, compasión. Le construí una vida basada en el abuso y la desilusión. Cada acto suyo, cada desaire, cada palabra hiriente encontró así plena justificación en la desgracia imaginaria. Media hora después, tomé una decisión definitiva. Redimirla a cualquier precio. Y en el acto me propuse un plan de ataque.
Quién iba a decirme que al día siguiente, durante el desayuno, mi hermano cambiaría mi “firme decisión” con un llano “¿Cómo te fue ayer?” Había considerado una serie de cuentos tan puntuales como inverosímiles a esa pregunta; pero mi capacidad de novelar se vio reducida a la vulgar necesidad, imperiosa, del maldito desahogo. Entre lágrimas y mocoso, le entregué el relato exagerado de mi tragedia, de principio a fin, sin puntos ni comas. Arturo escuchó aturdido, sin respirar casi porque no le di reposo.
Debo admitir que la confianza que le guardo —o guardaba— a Arturo siempre se vio empobrecida por la natural razón de que es mi hermano, y la confianza fraterna, al menos con él, por principio debe de ser parcial, selectiva y distorsionada.
Arturo es un joven brillante, rayano en la genialidad, pero no me inspiraba ni admiración ni respeto. Estudiaba al mismo tiempo, en una de las universidades más reputadas del país, matemáticas aplicadas, economía y administración de empresas. Nuestras relaciones no siempre habían sido buenas por motivos que no vienen a cuento, pero reconozco que es comprensivo y sabe callar cuando debe callarse la boca. Sin embargo, esta vez fue la excepción.
Apenas concluí mi trágico relato, decidido, tomó pluma y papel y me reveló su teoría pragmática del amor con el fin de reanimarme y, secretamente, comprobarla en la praxis por intermedio mío. Cuanto decía Arturo me pareció un disparate y, como él reconociera que no resultaba explícita ni convincente la simple enunciación de la teoría, abreviada su complejidad para un lego de las ciencias económicas como yo, procedió a ilustrarla mediante categóricas gráficas sustentadas en ecuaciones incontrovertibles. Así me demostró cómo en el intercambio voluntario de ese sentimiento llamado variable amor figuran contingentes altibajos que bajo condiciones inflacionarias merman el presupuesto emocional. Nada escapaba a su retórica mercadológica, provista de varios modelos económicos dispuestos ad hoc, cada uno de sus argumentos sustentados básicamente en el aplastante maximun de una ley derivada de la relación oferta-demanda, la cual había aplicado torpe y equivocadamente con Luli, por decir lo menos. He ahí la causa y efecto de mi fracaso en la negociación. La mano de obra y la factura del producto ofertado durante la transacción resultaba demasiado alto en relación con la calidad del mismo, y por tanto la demanda por parte de Luli fue nula.
—¿Y eso significa?
—Que en el mercado del amor tu Luli es un producto de escasa demanda para ti, al cual le has puesto un precio de mayoreo, por decir lo menos, negociando como si se tratara de chicles; pero ella claramente te ha cotizado como un producto de elevada demanda perfectamente reemplazable, por tanto no está dispuesta a invertir en ti y tú no puedes invertir en ella; para que funcione tienes que invertir las condiciones actuales del mercado, a sabiendas de que tú vas invertir en ella, pero no de inmediato. Porque sucede también que, por lo que acabas de contarme, te has convertido a la fecha en un productor amoroso que quiere vender en dólares lo que se paga con pesos, y como el peso está devaluado, volvemos a lo mismo, no eres sujeto de inversión, y ella para ti es una inversión inalcanzable.
—¿O sea?
—Hay que ordenarlo todo bajo un esquema equilibrado de oferta-demanda; monetízala, tásala y ponla en el mercado a un precio accesible, y tú eleva la calidad de tu producto —hizo una pausa para explicarse mejor—: mira, el amor es el mercado y los enamorados los productos; para que funcione y sea equilibrado, las variables unipersonales deben ser reemplazadas por las variables impersonales x y y, donde x representa al hombre, y la variable y, a la mujer. Ya después a cada variable se le asignará distintos atributos que harán ese producto único en el mercado, pero es el consumidor, el demandante, quien le asigna el valor agregado, porque en este caso, ofertantes y consumidores juegan un doble papel. Cambia tu capital a dólares y el suyo a pesos , a ver quién sale ganando. Una ecuación simple.
—Ah —fingí comprender sin entender nada—… ¿entonces?
—No te abarates, niño, date a desear —tradujo y finalizó, fastidiado por mi tosudez.
De nueva cuenta creí comprender mi error. Al menos entendía que la vasta derrama de mi afecto exacerbado tuvo un efecto contraproducente en mi empresa amorosa, por lo mismo y en consecuencia era natural que quebrara… Pero la claridad que tenía de los móviles de mis acciones y sus nefandas reacciones me hacían sentir peor. Había jugado mis bonos como un novato, corriendo riesgos innecesarios en lugar de calculados.
Cegado por una cólera materialista, iluminado por la teoría pragmática del amor, sin cuestionármela siquiera, decidí ejecutarla y demostrar si era aplicable en plena bancarrota. Sabía que buscaba oro polvo en el desértico terreno de un corazón árido. Tomé el teléfono y marqué el número de Luli. Ella contestó y pedí, rogué y supliqué me concediera una cita, la cual, renuente, me dio.
Ni habían transcurrido veinticuatro horas del episodio en el restaurante, cuando yo, a la hora indicada previamente, me encontraba timbrando a las puertas de su edificio, bien peinado y mejor vestido y apestando a perfume barato.
A solas en su casa, Luli me recibió sin disimular un dejo de hartazgo y me condujo al recibidor y allí me retuvo un buen rato. (Recuerdo el labial negro de su boca como funesto presagio de mi incursión.)
Tras una conversación espontáneamente forzada, puse en práctica, cuan minuciosa y claramente me fue posible, la lógica teoría de mi hermano, no sin antes hacerle pequeñas modificaciones en función de la circunstancia. La compartí con Luli en infalibles términos matemáticos y actualicé con precisión las gráficas económico-administrativas delineadas por Arturo y, si ella no interviene, bajo esos términos hubiese continuado ad infinitum mi exhortación amatoria.
—Okey —dijo—, te la compro. ¿Y…?
Admito que estaba preparado para todo, excepto para esa respuesta. No esperaba semejante reacción, abyecta y repugnante expresión de la mezquindad. Permanecí en silencio un rato, con mis ojos fijos en los suyos.
“Es un juego de riesgos”, recordé. “Por eso siempre debes esperar lo inesperado y evitar apostarlo todo… Ahora bien, si cometes esa estupidez, debes elaboras tantos planes emergentes como te sea posible.”
Armado de valor, improvisé un segundo plan de ataque:
—Mira, estadísticamente tú y yo deberíamos, debemos… —corregí e hice una larga pausa, gesticulando con las manos, acción que pretendía dar por entendido cuanto hubiese de sobrentender.
Luli me miró a los ojos sorprendida, sonrió y fue incapaz de contener no sólo una, sino varias carcajadas en las que percibí un tufo insufrible de burla.
Quise reaccionar, por primera vez, de acuerdo a la situación, y lo hice. Me puse de pie, di media vuelta y encaminé mis tristes pasos directamente a la calle, confuso, compungido y seguro de que había comprendido mal la teoría pragmática del amor y culpé a mi hermano de mi segundo fracaso. Maldiciéndolo, obviamente.
El juego terminó por cansado y por un segundo recuperé mi dignidad. A tenor de despedida, sin atreverme a mirarla de frente a causa de sus labios pintados de negro, dije:
—Pues vete buscando otro imbécil que tolere tus estupideces, a ver si X se avienta ese trompo a la uña.
Al parecer fui artero, sin darme cuenta había dado en el punto exacto de mi valor agregado, encareciéndolo en el acto, pues la desconcerté.
—¿Cómo? ¿Te vas?
—Tengo cosas más importantes qué hacer, cariño —respondí.
Antes de llegar a mi más próximo destino (la salida, que a la vez sería la puerta de entrada al Infierno), Luli me cogió del brazo. Quería cobrarse el tiempo invertido en mi visita. Evidentemente, me negué. Insistió; no di marcha atrás. Nos enfrentamos cara a cara y, sin más, me plantó un beso, renegrido y breve. Firme en el fallo, respondí con equivalente determinación. Luli replicó; aunque la exposición de sus argumentos fue extensa, a juicio mío, escasamente persuasivo, según se lo hice ver al instante, devolviéndole el beso con una nalgada. Ella abundó en el tratamiento y propuso someterse a un exhaustivo examen de alta de calidad, aportando un tercer beso que acabó donde acaban todos y cada uno de estos intercambios de hipercálido afecto.
Estoy seguro que tras comprobar la estupenda calidad del producto y la excelente manufactura, estaba convencida, satisfecha, complacida. Todo asomo de regateo hubiese redundado en pérdida. Luli había elegido al imbécil que habría de consentirla, y éste era nada menos que yo. Felizmente yo, debo decirlo.
Al llegar a casa, Arturo fue la segunda persona en darse en cuenta de mi ingrávida presencia (la primera fue mamá). Con cara de estúpido y mi elástico silencio, los puse al tanto de cada secreto detalle. Ignoro cómo, pero su teoría había funcionado con exactitud.
Hoy mi hermano vive en Inglaterra; yo, con Luli. Todavía no le agradezco su inestimable y didáctica ayuda, pero lo haré. En especial ahora que me he entregado a la tarea de evaluar su teoría pragmática del amor con otras variables. Podría decirse que su inestimable aportación, con Luli, se había quedado a nivel de hipótesis: era menester pasar a la experimentación para llegar a la comprobación de la tesis. Esto me ha permitido concluir que entre la teoría y la praxis hay un sesgo monopólico, pues si bien abre mercados y plantea una prudente estrategia de alto rendimiento afectivo, por principio excluye la competencia una vez cerrado el trato, y la posibilidad de expandir el mercado, transitando de la microempresa a la macro. Tampoco explica cómo abandonar la sociedad sin que una u otra parte resulte afectada cuando los beneficios per capita no devenga dividendos —aspectos que nunca está de más tener presente.