El Nuevo Mundo aún no había sido descubierto, el espectro de la peste negra aniquilaba Europa y —refiere Eustaquio el Escribano en su magna obra histórica Del paso del Demonio sobre las floridas landas de los Nobles Caballeros del Peto Dorado— la plaga había menguado en un 48.94% la población de Flandes. Era el año en que Ubaldo el Profeta había pronosticado, tres siglos atrás, la ruptura del convenio de inquilinato entre el Todopoderoso y su creación. Pero aún habrían de transcurrir, inmóviles en el plano terráqueo, un milenio, dos siglos, nueve décadas y tres años a partir del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo para que Arfaxad, sabio asquenazí heredero de la sabiduría bizantina, sujeto de implacables persecuciones por el Santo Oficio (menos por su culto religioso que por sus costumbres cleptómanas), burlárase de aquella profecía fatídica, ignorante de la trascendencia que su poca fe le acarrearía al tropezar con Berulio el Alquimista, hombre caro a los fieles virtud a su templanza de ánimo, notable por los rigurosos ayunos a los cuales sometíase, e igualmente caro para los gentiles debido a su beatífica indulgencia y humilde entrega, proclive casi al abandono.
De acuerdo con la historia, el hecho sobrevino durante un purpúreo atardecer del quinto mes en el calendario islámico, cuando melancólicamente desorientado, Arfaxad Asquenazí descansaba bajo la sombra de un eucalipto abundantemente foliado y de robusto cuerpo, momento en que coincidió con Berulio el Alquimista, quien perseguía aterrorizado y con premura los veloces pasos del Astro Mayor, con el fin de no escapar a su omniluminiscencia, pues ya de sobra conocía por las cansadas, aunque instructivas lecturas al respecto en el Monasterio de Alejandría, los misterios que la noche engendra y los esperpentos que aborta al llenar con su negritud hasta los más puros y minúsculos rincones de las ánimas.
Arfaxad Asquenazí, noctámbulo versado en los secretos de la oscuridad y el ingenuo temor del espíritu, elevó la vista y contempló al harapiento y pediculoso peregrino, que amenazando con echarse al lado suyo dio un paso en falso, estando a poco de planchar al mosaico. Con una seña de afectuosa displicencia resignada, Arfaxad le ofreció reposo a Berulio reculando en su improvisado lecho, quien aceptó la invitación sin ocultar franca indolencia, más por la fatiga que por el gusto de compartir la sombra del eucalipto, situado allí específicamente por el Arquitecto de la Tierra y el Universo como clara manifestación del destino.
Al amparo del eucalipto, cuya copa lívida les brindaba plácida sombra, el Alquimista, pletórico de cansancio, terror y una especial premura por no verse envuelto en la nocturna soledad, retozó cual querubín con toda su precaria bienaventuranza errabunda, la misma que sus penitentes extremidades inferiores manifestaban.
Impulsado por el insólito (y en raras ocasiones experimentado) sentimiento de la compasión, Arfaxad Asquenazí advirtió las llagadas plantas de los pies de la miserable criatura tendida a su derecha, quitóse las sandalias que por una corona de a octavo le había arrebatado en Francfort a un usurero danés, y obsequióselas gozoso al presunto eremita, creyendo que obraba con bondad y justicia. Mas Berulio, interpretando la dádiva como artero ultraje a su vocación de asceta, rechazó con pobre urbanidad la prenda que aquel depositara solícito a sus plantas, le escupió el rostro y lo insultó en arameo, lengua que había aprendido con denuedo en Siria de un converso etíope, antes mercenario. Arfaxad Asquenazí cuidóse de turbar con su inopinada desazón al alquimista Berulio, aceptando el castigo a guisa de rancio samaritano, sin concebir adjetivos que calificasen eventualmente la actitud del penitente, así como el escupitajo con que el santón le bañara la jeta, y el insulto en arameo siriaco, y la furiosa mirada que al cabo de semejante episodio el desaliñado nazareno le espetó, antes de darle la espalda y después de compartirle los piojos.
Entonces Arfaxad, en solitaria humillación, pensó en Ubaldo el Profeta y sus fatales admoniciones, y sonrió burlón; pensó en la plaga que refiere Eustaquio el Escribano en su magna obra histórica (la cual aún no había escrito por no haber visto la luz), y dejó de sonreír. Recordaba a la mujer que al cruzar por tierras bávaras lo engañó nueve años atrás, y su semblante oscureció; recordó cierta casa de saludable mala nota, y su semblante se iluminó. Y rascándose la nuca, consideró también la pediculosa cabellera de su airado ex compañero de reposo, a quien, en seña de arrepentimiento, le ofreció una margarita silvestre, que previamente había arrancado dos leguas atrás, donde el viñedo del beodo Konstantin. Pero no sonrió ni su semblante se oscureció, ni sintió bienestar ni aflicción alguna.
Instantes después se irguió la luna llena en el despoblado firmamento que pronto se nubló. Berulio el Alquimista se cubrió con las manos el rostro y se echó a llorar. Arfaxad Asquenazí se levantó, envolvióse en su capa y continuó su marcha, huyendo del sol, de los hombres y de una margarita silvestre; desnudos los pies, ulcerado el corazón y empuñando una cruz de oro macizo, que sospecharía (con certeza) cómo obtuvo cuando posteriormente le salvó la vida al caer en manos del Tribunal del Santo Oficio. Al verse en solitario, con gran peso menos de encima, arruinado el sereno talante por el llanto, celosamente, Berulio guardó en el escapulario que pendía de su cuello, casi como una reliquia, la margarita silvestre. Ni fieles ni gentiles volverían a tener noticia de este.
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Berulio (antes el Alquimista) fue canonizado por el papa León XI y sus restos se hallan en el sagrario de una iglesia católica de los Países Bajos, saqueada acaso durante la segunda gran guerra. No obstante, pese a la carencia de bula pontificia que afirme o desprecie o reproche la gracia del santo Berulio, a partir de 1947 su nombre fue borrado del santoral del Almanaque Galván, tan reputado e injusto —como se ve. Sin embargo, a propósito de un hechizo para conjurar sueños pérfidos, el anónimo autor que consignó Los Grimorios de San Cipriano, casi de manera circunstancial, menciona un encuentro furtivo entre un sabio hebreo y un taumaturgo beatífico, cuyos nombres se desconocen y, se presume, nunca existieron. 
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