Mi nombre es Gonzalo Alba, hijo de Gonzalo Alba y Carmen Galeana, inmigrantes castellanos; estirpe plagada de aventureros y traidores, sin personajes ilustres ni héroes.
Nací en Nuevo Méjico el año de 1874 y allí crecí y viví durante 27 otoños. Fui educado dentro de la más estricta moral cristiana; aprendí a amar y temer a Dios, nunca a defenderme o a dañar al prójimo sin motivos. Mi padre tenía una mina de oro, la cual sólo trabajábamos él y yo, celosos de nuestro tesoro. Más de una ocasión tuvimos que velarla con los puños y las armas; más de una vez nos mantuvo al borde de la muerte.
Yo era feliz, ciertamente. Estaba enamorado y tenía amigos entrañables dispuestos a dar la vida por mí como yo la hubiera dado por ellos. Lucrecia, mi amada, era divina: inteligente, comprensiva y tierna... Muy apasionada también. El pueblo entero sabía que nos pertenecíamos, y respetaba nuestro tácito noviazgo porque era hombre de pocas palabras y muchas balas.
Fernando, desde que tengo memoria, era mi amigo. Compañero de juegos y diabluras; hicimos la primera comunión juntos, y juntos visitamos por primera vez un burdel. Su madre me enseñó a leer y a escribir y a hacer cuentas. Era más que un hermano, era casi mi otro yo, un buenazo. Nos conocíamos como la palma de la mano los más íntimos detalles de nuestras vidas. Una amistad como pocas personas podrían llegar a imaginar.
Nací en Nuevo Méjico el año de 1874 y allí crecí y viví durante 27 otoños. Fui educado dentro de la más estricta moral cristiana; aprendí a amar y temer a Dios, nunca a defenderme o a dañar al prójimo sin motivos. Mi padre tenía una mina de oro, la cual sólo trabajábamos él y yo, celosos de nuestro tesoro. Más de una ocasión tuvimos que velarla con los puños y las armas; más de una vez nos mantuvo al borde de la muerte.
Yo era feliz, ciertamente. Estaba enamorado y tenía amigos entrañables dispuestos a dar la vida por mí como yo la hubiera dado por ellos. Lucrecia, mi amada, era divina: inteligente, comprensiva y tierna... Muy apasionada también. El pueblo entero sabía que nos pertenecíamos, y respetaba nuestro tácito noviazgo porque era hombre de pocas palabras y muchas balas.
Fernando, desde que tengo memoria, era mi amigo. Compañero de juegos y diabluras; hicimos la primera comunión juntos, y juntos visitamos por primera vez un burdel. Su madre me enseñó a leer y a escribir y a hacer cuentas. Era más que un hermano, era casi mi otro yo, un buenazo. Nos conocíamos como la palma de la mano los más íntimos detalles de nuestras vidas. Una amistad como pocas personas podrían llegar a imaginar.
En el 94 murió mamá, y en el 97 papá. Mis primeras penas del corazón registran las mismas fechas. En verdad dicen que no hay mal que por bien no venga: la muerte de mi madre estrechó mi relación con Lucrecia, y la de mi padre me hizo un hombre en toda la extensión de la palabra.
Por ahí del 99 le confié a Fernando la ubicación de la mina y le propuse una sociedad. Su mamá, obstinada en hacerlo un hombre respetable y de carrera, lo obligó a continuar sus estudios y consiguió que lo admitieran en una universidad de California, por lo que demoró nuestra empresa. Dos años estuvo ausente. El tiempo pasó sin dejar huella en nuestras vidas; Fernando regresó hecho un flamante ingeniero, hablando de máquinas y modernidad; en el fondo yo sabía que era el mismo. Volví a proponerle la sociedad. Él aceptó muy entusiasmado, revelándome sus ambiciosos proyectos para explotar al máximo nuestra mina.
Nada podía ir mejor, solamente faltaba una cosa por hacer: pedir la mano de Lucrecia. Juzgué conveniente hablar primero con ella. Lucrecia rompió en llanto, me dio un fraternal beso y una cariñosa negativa. Yo no comprendía la broma de Lucrecia, mi cabeza era una tempestad de confusiones. Debió convencerme para entender que hablaba en serio, explicarme los motivos. Fue sincera: Amo a Fernando, confesó. ¿Y él? Dudo que lo sepa, contestó, pero lo sabrá.
Prácticamente desposeído abandoné a Lucrecia, consternada, unas lágrimas asomaban en mis ojos. ¿Cuánto tiempo perdí la conciencia de estar vivo, hasta que pude llorar y blasfemar y maldecir al Señor y a todo el mundo? Mi corazón se había petrificado. Jamás volvería a sentir afecto, menos podría trasmitirlo. El odio embriagaría el resto de mi vida y los culpables debían pagar los daños. Y yo se los cobraría.
Dejé pasar unos meses. Recuerdo que fue en octubre cuando invité a Fernando a conocer por vez primera la mina. Todo lo que me llevaría sería mi oro, suficiente para vivir sin problemas unas siete vidas. Tuve la precaución de advertirle que no enterara a nadie de esta salida, pues era muy peligroso si alguien se enteraba de la ubicación de nuestra mina, y recalqué “nuestra mina” con delatora entonación. Él juró que seguiría mis instrucciones al pie de la letra. Al llegar la noche nos encontramos en el laberinto de la inefable garganta del Diablo. Yo no abrí la boca para nada en el camino. Fernando declaró su satisfacción porque nuestra amistad no se había deteriorado en lo absoluto después de su compromiso con Lucrecia. Reí a carcajadas y el resto del camino fue andar en completo silencio. Ya en la mina, Fernando disparataba maravillado. Sin más preámbulos clavé de un golpe una daga en la espalda de mi hermano. Fernando giró con las piernas flexionadas y cayó de hinojos a mis pies, con sus ojos de gato fijos en los míos. Di dos pasos atrás, tomé el zapapico con ambas manos, lo levanté sobre mi cabeza y lo dejé caer con todas mis fuerzas sobre su rostro. Parecía una tuna aplastada con el puño. Aún conservo las botas salpicadas con su sangre, no hay manera de limpiar las manchas.
Nadie en el pueblo supo nada de Fernando durante una semana. Lucrecia, desconsolada, prefería pasar el día en la iglesia rezando y me evitaba, como si sospechara sin temor a equivocarse. Contrario a lo que esperaba, no experimentaba regocijo alguno por su pena.
Ahora veo con claridad las fiestas del 2 de noviembre, la última noche de vida de Lucrecia. Entré por su ventana. Su mirada era, a la vez, de reto y desconcierto. Con una sonrisa en los labios le conté los detalles de la muerte de Fernando. Fue un descuido no amarrarla y amordazarla desde el principio. No obstante, toda precaución hubiera sido innecesaria: Lucrecia comenzó a morderse las manos hasta que la sangre tiñó sus brazos, a mecer el cuerpo y a girar los ojos sin poder mantenerlos quietos en algún punto del espacio. Se había transfigurado y apenas escuché cómo murmuraba, con dulzura, como una plegaria, el nombre de Fernando. Gonzalo Alba había desaparecido, yo era el muerto ante sus ojos. Aprovechando el disfraz, la tomé sin consideraciones, como a un animal. Antes de abandonarla la miré por última vez, casi de reojo. Seguía meciéndose como una niña, como una muñeca de trapo, desaliñada y rota.
Sabría de ella al día siguiente. Querían que fuera a verla, que estaba como muerta y sólo articulaba el nombre de Fernando. Dije que de inmediato la vería para deshacerme de sus padres, que apenas terminar unos pendientes, que le avisaría a Fernando. Cayó el sol y esa noche sentí repulsión y miedo de mí mismo. No había marcha atrás. Mi destino sería el olvido, el palpitante silencio de la traición, fiel a mi linaje; mi castigo, seguir vivo.
Vagué casi treinta años por tierras mejicanas, evadiendo siempre mi pasado y mi futuro y presente. Y cada vez que creía ya todo borrado, mis fantasmas aparecían de nuevo, como la conciencia y el arrepentimiento tardío. No me preocupa si la justicia sigue mi rastro: Gonzalo Alba es otro, el dolor ha transfigurado su rostro, lo ha convertido en un muerto vivo y su sueño es el de los asesinos.
Finalmente me establecí en un pueblo al sur de Chiapas. Compré una hacienda al triple de su precio. Nadie lo sabe, mas he llegado para ser enterrado en esta húmeda tierra negra. Claro, eso fue hace varios años, cuando aún estaba dispuesto a luchar contra el pasado, contra los ángeles y los demonios de la conciencia.
Dicen por aquí que soy de costumbres raras. Les desagrada mi presencia y que blasfeme. Si maldigo a Dios es para retarlo; si me burlo de la muerte es para que me lleve; si me paseo en los cementerios cada noche es para enfrentar a mis eternas visiones, Lucrecia y Fernando.
Hace unos días, volvieron a traicionarme. Recibí una amenaza de muerte firmada por un anónimo. Yo estoy más allá de los vivos y los muertos. Quizá la amenaza no proviene de los vivos, sino de Fernando. Es su letra, la reconozco todavía. Es su letra. Esa obsesiva convicción no me permite pensar... Porque es su letra.
Un segundo anónimo confirmó mis sospechas, algo peor se avecina, ¿qué, cuándo, cómo? Lo ignoraba. No tardó en suceder, un día que vino mi administrador a visitarme para poner mis cosas en orden. Los animales siempre me han gustado, en especial los gatos, que tienen una doble cara: la fidelidad y la traición. Ícaro, mi gato, rompió esa tarde, casi intencionalmente, una estatuilla muy valiosa para mí. Lo reprendí duro. Él me miró con una especie de compasivo resentimiento. Y sus ojos no eran los de un gato, brillantes como espejos. Eran los ojos llorosos de Fernando, pidiendo clemencia en la mina. Una mirada insoportable, irritante. Cogí a Ícaro del pescuezo para echarlo a la calle. El gato trató de defenderse y me arañó; pero no sentí su garra, sino la cálida mano de Fernando y al instante lo lancé contra la pared y le reventé el cráneo, con un maullido que se ahogó bajo mi bota. Parecía una tuna aplastado con el puño.
Mejor vengo otro día, dijo el administrador con el legajo de mi testamento en vilo. No ha vuelto, y los seso de Ícaro todavía dan lustre a mis botas.
Huí de casa con rumbo al cementerio. Vagué por horas en ese laberinto de lápidas y tablones con fechas y leyendas de anónimos que se me figuran amigos de siempre; se hizo de noche y me dejé llevar por un ulular que me condujo a la selva, como en un trance hipnótico. Había luna llena, y la luz plateada se colaba por entre el follaje, caía directamente sobre el cuerpo de Lucrecia, con sus ropas rasgadas y manchada de sangre. Repetía sin cesar el nombre de mi amigo. La saludé. Ella me interrogó como si fuera un desconocido; quería saber el paradero de Fernando. Le contesté que en el Infierno, tan muerto como yo. Lucrecia suavizó el gesto y débilmente me corrigió: como nosotros, con una sonrisa infantil, pícara. ¿Desde cuándo?, inquirí. Desde el 4 de noviembre de 1901. Ha pasado tiempo de eso, le dije. Lo siento, no lo sabía. Lucrecia se deslizó bajo la sombra lunar de un árbol. ¿Me reonoces?, susurré, soy Gonzalo Alba. Ella puso sus ojos en mí, pero no me miraba, acarició mi mejilla y me besó. Hazme el amor de nuevo, suplicó, hagámoslo de nuevo, Fernando. Y rasgó su camisón azulado. La tomé, igual que entonces, como a un animal.
A la mañana siguiente me encontraba en la hacienda, en cama, con una fiebre muy alta. Mi cuerpo tenía costras de la sangre de Lucrecia por todas partes. Permanecí en cama varios días, recuperándome. Estaba aniquilado, el Gonzalo Alba de 1901 me había alcanzado finalmente, había vuelto.
Me recluí en casa para ganar tiempo, pero ellos han decidido venir por mí. Apenas hace tres o cuatro días, cuando me disponía a tomar un baño, en la tina yacía de bruces o de hinojos, no me fijé, el cuerpo de Fernando, con la cabeza partida en dos y en la espalda mi daga. No es real, no es real, quería convencerme de que estaba alucinando, pero al acercar mi mano para comprobarlo, toqué su hombro, tan real como yo. Fernando resopló. No me dejes vivo, hermano, ayúdame a morir. Claro, hermano, le dije sin hablar, y arranqué de su cabeza el pico y le asesté mil golpes hasta que caí desfallecido. Fernando seguía en la tina, con su inocente mano fraternal extendida hacia mí. El eco de su voz erraba por la casa: no me dejes vivo…, y la otra, Fernando, Fernando…
La servidumbre los niega, pero Lucrecia y Fernando se han instalado en la casa. Se pasean indiferentes y me hablan, me suplican, me seducen. Sus miradas nunca se cruzan porque entre ellos me interpongo. Creen que acabarán conmigo; yo creo que es hora de acabar con ellos.
Si pudiera regresar el tiempo... No, jamás regresaría el tiempo, hoy sé que todo hubiera sido exactamente como fue. Los sigo despreciando con el mismo desprecio de los 27 años, obnubilado. Me enferma amar a Lucrecia y me repugna la idea de salvar a Fernando. Pero es tiempo de acabar con ellos. Que Dios se arrepienta de mí, para eso quería que lo masacráramos; las muertes que yo debo, ahora mismo las pago.
Por ahí del 99 le confié a Fernando la ubicación de la mina y le propuse una sociedad. Su mamá, obstinada en hacerlo un hombre respetable y de carrera, lo obligó a continuar sus estudios y consiguió que lo admitieran en una universidad de California, por lo que demoró nuestra empresa. Dos años estuvo ausente. El tiempo pasó sin dejar huella en nuestras vidas; Fernando regresó hecho un flamante ingeniero, hablando de máquinas y modernidad; en el fondo yo sabía que era el mismo. Volví a proponerle la sociedad. Él aceptó muy entusiasmado, revelándome sus ambiciosos proyectos para explotar al máximo nuestra mina.
Nada podía ir mejor, solamente faltaba una cosa por hacer: pedir la mano de Lucrecia. Juzgué conveniente hablar primero con ella. Lucrecia rompió en llanto, me dio un fraternal beso y una cariñosa negativa. Yo no comprendía la broma de Lucrecia, mi cabeza era una tempestad de confusiones. Debió convencerme para entender que hablaba en serio, explicarme los motivos. Fue sincera: Amo a Fernando, confesó. ¿Y él? Dudo que lo sepa, contestó, pero lo sabrá.
Prácticamente desposeído abandoné a Lucrecia, consternada, unas lágrimas asomaban en mis ojos. ¿Cuánto tiempo perdí la conciencia de estar vivo, hasta que pude llorar y blasfemar y maldecir al Señor y a todo el mundo? Mi corazón se había petrificado. Jamás volvería a sentir afecto, menos podría trasmitirlo. El odio embriagaría el resto de mi vida y los culpables debían pagar los daños. Y yo se los cobraría.
Dejé pasar unos meses. Recuerdo que fue en octubre cuando invité a Fernando a conocer por vez primera la mina. Todo lo que me llevaría sería mi oro, suficiente para vivir sin problemas unas siete vidas. Tuve la precaución de advertirle que no enterara a nadie de esta salida, pues era muy peligroso si alguien se enteraba de la ubicación de nuestra mina, y recalqué “nuestra mina” con delatora entonación. Él juró que seguiría mis instrucciones al pie de la letra. Al llegar la noche nos encontramos en el laberinto de la inefable garganta del Diablo. Yo no abrí la boca para nada en el camino. Fernando declaró su satisfacción porque nuestra amistad no se había deteriorado en lo absoluto después de su compromiso con Lucrecia. Reí a carcajadas y el resto del camino fue andar en completo silencio. Ya en la mina, Fernando disparataba maravillado. Sin más preámbulos clavé de un golpe una daga en la espalda de mi hermano. Fernando giró con las piernas flexionadas y cayó de hinojos a mis pies, con sus ojos de gato fijos en los míos. Di dos pasos atrás, tomé el zapapico con ambas manos, lo levanté sobre mi cabeza y lo dejé caer con todas mis fuerzas sobre su rostro. Parecía una tuna aplastada con el puño. Aún conservo las botas salpicadas con su sangre, no hay manera de limpiar las manchas.
Nadie en el pueblo supo nada de Fernando durante una semana. Lucrecia, desconsolada, prefería pasar el día en la iglesia rezando y me evitaba, como si sospechara sin temor a equivocarse. Contrario a lo que esperaba, no experimentaba regocijo alguno por su pena.
Ahora veo con claridad las fiestas del 2 de noviembre, la última noche de vida de Lucrecia. Entré por su ventana. Su mirada era, a la vez, de reto y desconcierto. Con una sonrisa en los labios le conté los detalles de la muerte de Fernando. Fue un descuido no amarrarla y amordazarla desde el principio. No obstante, toda precaución hubiera sido innecesaria: Lucrecia comenzó a morderse las manos hasta que la sangre tiñó sus brazos, a mecer el cuerpo y a girar los ojos sin poder mantenerlos quietos en algún punto del espacio. Se había transfigurado y apenas escuché cómo murmuraba, con dulzura, como una plegaria, el nombre de Fernando. Gonzalo Alba había desaparecido, yo era el muerto ante sus ojos. Aprovechando el disfraz, la tomé sin consideraciones, como a un animal. Antes de abandonarla la miré por última vez, casi de reojo. Seguía meciéndose como una niña, como una muñeca de trapo, desaliñada y rota.
Sabría de ella al día siguiente. Querían que fuera a verla, que estaba como muerta y sólo articulaba el nombre de Fernando. Dije que de inmediato la vería para deshacerme de sus padres, que apenas terminar unos pendientes, que le avisaría a Fernando. Cayó el sol y esa noche sentí repulsión y miedo de mí mismo. No había marcha atrás. Mi destino sería el olvido, el palpitante silencio de la traición, fiel a mi linaje; mi castigo, seguir vivo.
Vagué casi treinta años por tierras mejicanas, evadiendo siempre mi pasado y mi futuro y presente. Y cada vez que creía ya todo borrado, mis fantasmas aparecían de nuevo, como la conciencia y el arrepentimiento tardío. No me preocupa si la justicia sigue mi rastro: Gonzalo Alba es otro, el dolor ha transfigurado su rostro, lo ha convertido en un muerto vivo y su sueño es el de los asesinos.
Finalmente me establecí en un pueblo al sur de Chiapas. Compré una hacienda al triple de su precio. Nadie lo sabe, mas he llegado para ser enterrado en esta húmeda tierra negra. Claro, eso fue hace varios años, cuando aún estaba dispuesto a luchar contra el pasado, contra los ángeles y los demonios de la conciencia.
Dicen por aquí que soy de costumbres raras. Les desagrada mi presencia y que blasfeme. Si maldigo a Dios es para retarlo; si me burlo de la muerte es para que me lleve; si me paseo en los cementerios cada noche es para enfrentar a mis eternas visiones, Lucrecia y Fernando.
Hace unos días, volvieron a traicionarme. Recibí una amenaza de muerte firmada por un anónimo. Yo estoy más allá de los vivos y los muertos. Quizá la amenaza no proviene de los vivos, sino de Fernando. Es su letra, la reconozco todavía. Es su letra. Esa obsesiva convicción no me permite pensar... Porque es su letra.
Un segundo anónimo confirmó mis sospechas, algo peor se avecina, ¿qué, cuándo, cómo? Lo ignoraba. No tardó en suceder, un día que vino mi administrador a visitarme para poner mis cosas en orden. Los animales siempre me han gustado, en especial los gatos, que tienen una doble cara: la fidelidad y la traición. Ícaro, mi gato, rompió esa tarde, casi intencionalmente, una estatuilla muy valiosa para mí. Lo reprendí duro. Él me miró con una especie de compasivo resentimiento. Y sus ojos no eran los de un gato, brillantes como espejos. Eran los ojos llorosos de Fernando, pidiendo clemencia en la mina. Una mirada insoportable, irritante. Cogí a Ícaro del pescuezo para echarlo a la calle. El gato trató de defenderse y me arañó; pero no sentí su garra, sino la cálida mano de Fernando y al instante lo lancé contra la pared y le reventé el cráneo, con un maullido que se ahogó bajo mi bota. Parecía una tuna aplastado con el puño.
Mejor vengo otro día, dijo el administrador con el legajo de mi testamento en vilo. No ha vuelto, y los seso de Ícaro todavía dan lustre a mis botas.
Huí de casa con rumbo al cementerio. Vagué por horas en ese laberinto de lápidas y tablones con fechas y leyendas de anónimos que se me figuran amigos de siempre; se hizo de noche y me dejé llevar por un ulular que me condujo a la selva, como en un trance hipnótico. Había luna llena, y la luz plateada se colaba por entre el follaje, caía directamente sobre el cuerpo de Lucrecia, con sus ropas rasgadas y manchada de sangre. Repetía sin cesar el nombre de mi amigo. La saludé. Ella me interrogó como si fuera un desconocido; quería saber el paradero de Fernando. Le contesté que en el Infierno, tan muerto como yo. Lucrecia suavizó el gesto y débilmente me corrigió: como nosotros, con una sonrisa infantil, pícara. ¿Desde cuándo?, inquirí. Desde el 4 de noviembre de 1901. Ha pasado tiempo de eso, le dije. Lo siento, no lo sabía. Lucrecia se deslizó bajo la sombra lunar de un árbol. ¿Me reonoces?, susurré, soy Gonzalo Alba. Ella puso sus ojos en mí, pero no me miraba, acarició mi mejilla y me besó. Hazme el amor de nuevo, suplicó, hagámoslo de nuevo, Fernando. Y rasgó su camisón azulado. La tomé, igual que entonces, como a un animal.
A la mañana siguiente me encontraba en la hacienda, en cama, con una fiebre muy alta. Mi cuerpo tenía costras de la sangre de Lucrecia por todas partes. Permanecí en cama varios días, recuperándome. Estaba aniquilado, el Gonzalo Alba de 1901 me había alcanzado finalmente, había vuelto.
Me recluí en casa para ganar tiempo, pero ellos han decidido venir por mí. Apenas hace tres o cuatro días, cuando me disponía a tomar un baño, en la tina yacía de bruces o de hinojos, no me fijé, el cuerpo de Fernando, con la cabeza partida en dos y en la espalda mi daga. No es real, no es real, quería convencerme de que estaba alucinando, pero al acercar mi mano para comprobarlo, toqué su hombro, tan real como yo. Fernando resopló. No me dejes vivo, hermano, ayúdame a morir. Claro, hermano, le dije sin hablar, y arranqué de su cabeza el pico y le asesté mil golpes hasta que caí desfallecido. Fernando seguía en la tina, con su inocente mano fraternal extendida hacia mí. El eco de su voz erraba por la casa: no me dejes vivo…, y la otra, Fernando, Fernando…
La servidumbre los niega, pero Lucrecia y Fernando se han instalado en la casa. Se pasean indiferentes y me hablan, me suplican, me seducen. Sus miradas nunca se cruzan porque entre ellos me interpongo. Creen que acabarán conmigo; yo creo que es hora de acabar con ellos.
Si pudiera regresar el tiempo... No, jamás regresaría el tiempo, hoy sé que todo hubiera sido exactamente como fue. Los sigo despreciando con el mismo desprecio de los 27 años, obnubilado. Me enferma amar a Lucrecia y me repugna la idea de salvar a Fernando. Pero es tiempo de acabar con ellos. Que Dios se arrepienta de mí, para eso quería que lo masacráramos; las muertes que yo debo, ahora mismo las pago.
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