Era el tercer venado que evadía y las curvas de la carretera aumentaban gravemente. Comenzaba a pesarle haber tomado la libre en vez de la de cuota para eludir los inconvenientes de la travesía como se elude sin rodeos a una mamífera ineludible y condenatoria, cuyo paradigma podría ser Silvia, a la sazón ejercitándose ahora mismo, soñaba Bruno, en las prístinas artes amatorias con un antropoide sin rango y descastado que por ciego amor y descomunales dotes —a decir de Silvia comparando a sus amantes— había seleccionado en solemne sacramento como objeto de su entrega por los días de los día, amén y claro, en detrimento de la satiriasis del ex Bruno, quien se entreveraba en las complicadas sendas nerviosas que atan los arcanos de la memoria al tiempo que con unas dilatadas pupilas al rojo vivo por el llanto contenido, la impotencia y, acaso, una gravosa cantidad de vodka sin tónico. Volcado en el volante, apenas reparó en el señalamiento que advertía la siguiente curva (que algún ducho beodo, como él, trazó con incivil seguridad matemática). Bruno disminuyó la velocidad y abrió bien los ojos; quizá por la advertencia, quizá por instinto, mas se repuso y se asió al volante con ambas manos, cual si manejara un carro de feria, convencido de un posible encontronazo con un cervatillo. Tal certidumbre no era del todo infundada, pues no bien había tensado la flecha en el arco, la trompa del Maverick ’71 azul celeste encaró sin fortuna el gesto adusto de un caribú, perezoso y retraído.
Que el animal ocupa la presuntuosa trocha sin miras de mover el culo, ya otros avezados conductores lo han notado. Que el seguro de vida de Bruno no cubría daños a primeras personas, se lo notificaron en la mesa veintisiete —tras errar desolado y equívocamente, mas solícito a las indicaciones de los responsables de sendos buroes cumplimentados. Una afable anciana, cuyos ojos deformados bajo los gruesos cristales de unas enormes gafas color verde aceituna lo examinaron, y le indicó los imponderables del trance, escritos con galana y minúscula tipografía en el vital contrato. Dióse Bruno por enterado del agravio y avanzó decididamente al Módulo de Información por enésima vez, no sin antes hacerse de un billete que le permitiera participar de la ordenada lista de espera en la cual, otras almas tan confundidas como la suya, afanosamente buscaban legalizar su situación. Bruno observó sucesivamente el reloj, en mano la ficha en turno —la 354— asignada al azar y el indicador. Ciento y una personas le precedían en la busca de invaluables noticias. Los coyotes, resignados a continuar la vida sempiterna en la antesala del prometido Paraíso, se dejaban ir con todo sobre los nuevos aspirantes y, de vez en cuando, uno que otro impaciente caía en el garlito pagando caro el precio, ya fuese en especie o con la misma cartilla. Por su parte, Bruno hizo el cálculo debido y, pretextando cuán lenta la procesión avecinábase, sus párpados cansados se derrumbaron sobre las globos adheridos a las cuencas oculares.
Bruno dormía y, como las piezas de un rompecabezas en pausada deconstrucción, armó un sueño en el cual Silvia lo esperaba al fondo de una cañada, no podría decirse que en trapos menores porque no los traía, pero sí amorosa como una madre recibe con los brazos abiertos su progenie. Bruno, valeroso, asumía el rol destinado por el Insondable en la personal alegoría del onírico celuloide tejido por el subconsciente. Silvia, emperejilada en exceso con apropiada y sugerente morbidez sobre el frío metálico del Maverick ’71 azul celeste, se tornaba al punto más lejana; sin embargo, tras una testaruda persecución, Bruno casi le daba atinado alcance, y en el casi un obstáculo, correlativo a uno y luego a otro, brotaban del piso, y sin embargo nuevamente, cuando casi le daba alcance, cuando casi le daba alcance, cuando casi… Como disco rayado, se interponía el retraído, perezoso y primitivo facsímil del caribú, adusto parangón de la consagrada Esfinge sacramental. Y entonces el cañaderazo volvía íntegro a sus olvidos para redivivirlos una y otra vez, hasta que una y otra vez, hasta que una y otra vez… Como disco rayado, en efecto.
Abrió los ojos, maltrecha la mollera y todo el continente sicológico. En el receptáculo de aquellos que ni salvos ni condenados se encontraban, señoreaba plenamente abyecta oscuridad. Ni turno ni módulo de información, y menos informante. El sueño de su perpetua espera no le iba a la zaga en cuanto duración. A trompicones, se abrió paso entre mesas, sillas y alguno que otro ser dañado por la pecaminosa maña de la gula vouyerista en el santo peregrinar por eriales remotos, anhelo siempre frustrado por un pasaporte o una visa negados después de una soberana vigilia al cabo de largas horas de guardia infructuosa. No obstante, de poco valió haber tomado pertinentes providencias, pues en breve reverenció con figurada galanura al pagano Alá (y a Mahoma, su Profeta), así que la boca de Bruno, ligada a su persona por razones anatómicas bien elucidadas en el Génesis de las Antiguas Escrituras, tocaron tierra firme, ciertamente poco ileso —manifestaría el genial y apasionado caricato.
Mientras el incorpóreo Bruno rehacía su moral estatura (brevísima en realidad), sobándose el morro, oteó en lontananza, quizás en término equidistante al Gabinete de Instalación, inquieta y oscilante, una luciérnaga artificial digna de atracción y éxtasis. Era ésta la tulipa del morrocotudo celador de la Santa Sala de Espera, quien realizaba con caguama celeridad su fajina. Bruno, con su característica inocencia y finita merluza, extravió el derrotero al confundir con el Gran Soberano Universal al cacarañado santón de edad inmensurable, espantosa gallardía y níveas barbas hasta las rodillas, y dirigiéndose a éste con toda la pompa que el acontecer exigía, dijo el caído en desgracia:
—Señor, Alteza Serenísima, no soy digno de que vengas a mí, que he sido pecador y en la purga de mis faltas quiero seguir.
Cortejándole un ejército de moscardones, moscas y mosquitos, el santón le respondió, jactancioso, a Bruno:
—A saber, para este efecto existen el Purgatorio y el Infierno, caro gallinazo.
—Señor, Dios mío, no me he dado a entender a Tu Gran Sabiduría. Acepto yo con humilde sumisión la pena que se me impute —continuó Bruno, en la breve inteligencia de engañar al Arquitecto, que Todo lo sabe y conoce—, pero créome no merecedor aún de tal remanso espiritual, pues así lo considero, ya que en vida fui pecador grande entre los grandes pecadores, deparándome la vida no más que venturosas penurias, y a la viceversa, como ya os he participado. Así, justo es que mi drama vuelva a ser Infierno para el más corrupto de tus hijos.
El Santón, al escuchar la multitud de sandeces que el infeliz profería, con mirada y pensamiento bien pícaros, prolongando el tormento del joven, contestóle a guisa de Misericordioso:
—Yo, que soy Grande entre los Grandes, te perdono. Vuelve a tus afanes y no os preocupéis por nada, pues ya me has demostrado gran arrepentimiento.
—¡Mas no estoy arrepentido, Señor Dios Creador del Universo! —repuso frenético Bruno.
Sonriente, el mosqueado patriarca se mesó las barbas y dictaminó:
—Entonces, a la Tierra volverás, como un soldado más de mi batallón de insectos. Siendo así ésta mi sentencia, por cerrado el caso doy.
Al instante la metamorfosis tuvo efecto, y al instante el piso se abrió a los pies del Santo Varón, quien descendió con todo y llaves y linternilla a lo más bajo de la cúpula celeste, donde ya Luzbella hacía dos mil años lo esperaba. En tanto, Bruno, en picada mortal acribillaba el espacio y descendía a guisa de kamikaze hasta la atmósfera terrestre, sobrevolando México, colonia por colonia, barriada por barriada y casa por casa hasta dar con la de Silvia, con vehemente suspicacia y dentera, aunque sin hallar una rendija apropiada por donde escabullirse al interior y atraparla en fragante ofensa con el primate caribuido, perezoso y asimétrico. Al cabo de una categórica pesquisa, el mosquito deslizóse por uno de los intersticios que ad hoc el viejo cancel de ulcerado pino le proporcionó.
Triunfante el delincuente, Bruno recorrió sin darse un respiro siquiera, el patio, el recibidor, la sala, el comedor, la cocina y otras habitaciones de no menor concurrencia en busca de la fatal Desdémona solicitada, hasta dar con el dormitorio, emplazamiento que por elemental represión de su microscópico inconsciente —parca exégesis con la que Freud se hubiera empachado en un curso monográfico para relatar con pericia narrativa, prolijo en detalles de la impúdica reseña— no habíase atrevido a inspeccionar de nonas a primas.
Atónito, los periféricos ojos de Bruno veían centuplicada la felonía apetecida por los celos. El mosquito irresoluto, mas no por ello menos vengativo, atacó a la desleal pareja, concentrando la aguda batería en la depauperada trinchera que ofrecía la eva, tan expuesta Silvia a las inclemencias del tiempo como en el sueño alucinado del mosquito Bruno.
—Pero ¿qué es esto? —profirió la dama en cueros—. ¿No es un beligerante insecto quien perturbar quiere nuestro idilio? —observó la adúltera ninfómana.
Bruno, ufano por el éxito de la incursión, puso entonces más empeño en la ofensiva, y afiló vampírico el minúsculo aguijón. Empero, no bien la pulida y afilada bayoneta dispuesta a proseguir con la estrategia a pie juntillas estaba, la mano áspera y alevosa del adorado primate puso fin con artero tortazo a la embestida que Bruno preparaba, excitado y sicalíptico, en el ávido glúteo diestro de su amada, y Bruno sobrevino al piso.
La esmeralda llama de una artificiosa luciérnaga se aproximaba hacia otrora chupasangre. El calor en el vestíbulo, podría afirmarse, era notoria y notablemente de una insoportabilidad extrema. Una magna cohorte de moscardones, moscas, mosquitos e insectos nobles luchaban en tropel, pata contra pata, por encabezar las agresiones dirigidas a aquel que haciéndose pasar por Altísimo Arquitecto del Universo Bruno había rogado purgar sus pecantías.
—¿Obtuvisteis lo que deseabais? —las palabras, esmaltadas por una singular atonía, eran impropias de un ser incognoscible y omnisapiente, pensó el insecto ya rehecho.
Bruno arrojóse a los pies del vejete, cuyas barbas chamuscadas emanaban una cargante fetidez.
—¡Oh Señor, el Destino ha vuelto a jugar conmigo, mirad cómo lloro! —y de sus luceros empañados borboritaban lágrimas de yacaré—. ¡Compadecéos de este Tu más humilde siervo!
—Ay, entonces, hijo mío, tras esta puerta encontrarás lo que has buscado años ha, ¿eh? —aseguró el anciano, que agitaba la mano a fin de reducir a plena evanescencia sus pestíferos gases.
El interpelado contuvo la respiración y comenzó a lamentarse de Aquél, que hundido hoy en la mierda, había sacrificado vida y milagros por sus hijos bienamados. Mas este fugaz esbozo sensiblero se desvanecía conforme avanzaba al acceso aludido, que súbito insinuábase lejano, inalcanzable. No obstante, Bruno corría hacia donde le exhortara el bienhechor, y sin pensarlo un instante, profanó de golpe y sin aviso previo la galería destacada. Allí, Silvia —imagen viva de Luzbella, siempre ella (¡vaya ripio!) esperaba, desnuda y bien abiertos los brazos, enhiesto el pecho y el busto colgante, al receloso Bruno, que frenó el auto en seco. Un caribú ladino, como sentado en una mullida silla Imperio, le sonreía.
Que el animal ocupa la presuntuosa trocha sin miras de mover el culo, ya otros avezados conductores lo han notado. Que el seguro de vida de Bruno no cubría daños a primeras personas, se lo notificaron en la mesa veintisiete —tras errar desolado y equívocamente, mas solícito a las indicaciones de los responsables de sendos buroes cumplimentados. Una afable anciana, cuyos ojos deformados bajo los gruesos cristales de unas enormes gafas color verde aceituna lo examinaron, y le indicó los imponderables del trance, escritos con galana y minúscula tipografía en el vital contrato. Dióse Bruno por enterado del agravio y avanzó decididamente al Módulo de Información por enésima vez, no sin antes hacerse de un billete que le permitiera participar de la ordenada lista de espera en la cual, otras almas tan confundidas como la suya, afanosamente buscaban legalizar su situación. Bruno observó sucesivamente el reloj, en mano la ficha en turno —la 354— asignada al azar y el indicador. Ciento y una personas le precedían en la busca de invaluables noticias. Los coyotes, resignados a continuar la vida sempiterna en la antesala del prometido Paraíso, se dejaban ir con todo sobre los nuevos aspirantes y, de vez en cuando, uno que otro impaciente caía en el garlito pagando caro el precio, ya fuese en especie o con la misma cartilla. Por su parte, Bruno hizo el cálculo debido y, pretextando cuán lenta la procesión avecinábase, sus párpados cansados se derrumbaron sobre las globos adheridos a las cuencas oculares.
Bruno dormía y, como las piezas de un rompecabezas en pausada deconstrucción, armó un sueño en el cual Silvia lo esperaba al fondo de una cañada, no podría decirse que en trapos menores porque no los traía, pero sí amorosa como una madre recibe con los brazos abiertos su progenie. Bruno, valeroso, asumía el rol destinado por el Insondable en la personal alegoría del onírico celuloide tejido por el subconsciente. Silvia, emperejilada en exceso con apropiada y sugerente morbidez sobre el frío metálico del Maverick ’71 azul celeste, se tornaba al punto más lejana; sin embargo, tras una testaruda persecución, Bruno casi le daba atinado alcance, y en el casi un obstáculo, correlativo a uno y luego a otro, brotaban del piso, y sin embargo nuevamente, cuando casi le daba alcance, cuando casi le daba alcance, cuando casi… Como disco rayado, se interponía el retraído, perezoso y primitivo facsímil del caribú, adusto parangón de la consagrada Esfinge sacramental. Y entonces el cañaderazo volvía íntegro a sus olvidos para redivivirlos una y otra vez, hasta que una y otra vez, hasta que una y otra vez… Como disco rayado, en efecto.
Abrió los ojos, maltrecha la mollera y todo el continente sicológico. En el receptáculo de aquellos que ni salvos ni condenados se encontraban, señoreaba plenamente abyecta oscuridad. Ni turno ni módulo de información, y menos informante. El sueño de su perpetua espera no le iba a la zaga en cuanto duración. A trompicones, se abrió paso entre mesas, sillas y alguno que otro ser dañado por la pecaminosa maña de la gula vouyerista en el santo peregrinar por eriales remotos, anhelo siempre frustrado por un pasaporte o una visa negados después de una soberana vigilia al cabo de largas horas de guardia infructuosa. No obstante, de poco valió haber tomado pertinentes providencias, pues en breve reverenció con figurada galanura al pagano Alá (y a Mahoma, su Profeta), así que la boca de Bruno, ligada a su persona por razones anatómicas bien elucidadas en el Génesis de las Antiguas Escrituras, tocaron tierra firme, ciertamente poco ileso —manifestaría el genial y apasionado caricato.
Mientras el incorpóreo Bruno rehacía su moral estatura (brevísima en realidad), sobándose el morro, oteó en lontananza, quizás en término equidistante al Gabinete de Instalación, inquieta y oscilante, una luciérnaga artificial digna de atracción y éxtasis. Era ésta la tulipa del morrocotudo celador de la Santa Sala de Espera, quien realizaba con caguama celeridad su fajina. Bruno, con su característica inocencia y finita merluza, extravió el derrotero al confundir con el Gran Soberano Universal al cacarañado santón de edad inmensurable, espantosa gallardía y níveas barbas hasta las rodillas, y dirigiéndose a éste con toda la pompa que el acontecer exigía, dijo el caído en desgracia:
—Señor, Alteza Serenísima, no soy digno de que vengas a mí, que he sido pecador y en la purga de mis faltas quiero seguir.
Cortejándole un ejército de moscardones, moscas y mosquitos, el santón le respondió, jactancioso, a Bruno:
—A saber, para este efecto existen el Purgatorio y el Infierno, caro gallinazo.
—Señor, Dios mío, no me he dado a entender a Tu Gran Sabiduría. Acepto yo con humilde sumisión la pena que se me impute —continuó Bruno, en la breve inteligencia de engañar al Arquitecto, que Todo lo sabe y conoce—, pero créome no merecedor aún de tal remanso espiritual, pues así lo considero, ya que en vida fui pecador grande entre los grandes pecadores, deparándome la vida no más que venturosas penurias, y a la viceversa, como ya os he participado. Así, justo es que mi drama vuelva a ser Infierno para el más corrupto de tus hijos.
El Santón, al escuchar la multitud de sandeces que el infeliz profería, con mirada y pensamiento bien pícaros, prolongando el tormento del joven, contestóle a guisa de Misericordioso:
—Yo, que soy Grande entre los Grandes, te perdono. Vuelve a tus afanes y no os preocupéis por nada, pues ya me has demostrado gran arrepentimiento.
—¡Mas no estoy arrepentido, Señor Dios Creador del Universo! —repuso frenético Bruno.
Sonriente, el mosqueado patriarca se mesó las barbas y dictaminó:
—Entonces, a la Tierra volverás, como un soldado más de mi batallón de insectos. Siendo así ésta mi sentencia, por cerrado el caso doy.
Al instante la metamorfosis tuvo efecto, y al instante el piso se abrió a los pies del Santo Varón, quien descendió con todo y llaves y linternilla a lo más bajo de la cúpula celeste, donde ya Luzbella hacía dos mil años lo esperaba. En tanto, Bruno, en picada mortal acribillaba el espacio y descendía a guisa de kamikaze hasta la atmósfera terrestre, sobrevolando México, colonia por colonia, barriada por barriada y casa por casa hasta dar con la de Silvia, con vehemente suspicacia y dentera, aunque sin hallar una rendija apropiada por donde escabullirse al interior y atraparla en fragante ofensa con el primate caribuido, perezoso y asimétrico. Al cabo de una categórica pesquisa, el mosquito deslizóse por uno de los intersticios que ad hoc el viejo cancel de ulcerado pino le proporcionó.
Triunfante el delincuente, Bruno recorrió sin darse un respiro siquiera, el patio, el recibidor, la sala, el comedor, la cocina y otras habitaciones de no menor concurrencia en busca de la fatal Desdémona solicitada, hasta dar con el dormitorio, emplazamiento que por elemental represión de su microscópico inconsciente —parca exégesis con la que Freud se hubiera empachado en un curso monográfico para relatar con pericia narrativa, prolijo en detalles de la impúdica reseña— no habíase atrevido a inspeccionar de nonas a primas.
Atónito, los periféricos ojos de Bruno veían centuplicada la felonía apetecida por los celos. El mosquito irresoluto, mas no por ello menos vengativo, atacó a la desleal pareja, concentrando la aguda batería en la depauperada trinchera que ofrecía la eva, tan expuesta Silvia a las inclemencias del tiempo como en el sueño alucinado del mosquito Bruno.
—Pero ¿qué es esto? —profirió la dama en cueros—. ¿No es un beligerante insecto quien perturbar quiere nuestro idilio? —observó la adúltera ninfómana.
Bruno, ufano por el éxito de la incursión, puso entonces más empeño en la ofensiva, y afiló vampírico el minúsculo aguijón. Empero, no bien la pulida y afilada bayoneta dispuesta a proseguir con la estrategia a pie juntillas estaba, la mano áspera y alevosa del adorado primate puso fin con artero tortazo a la embestida que Bruno preparaba, excitado y sicalíptico, en el ávido glúteo diestro de su amada, y Bruno sobrevino al piso.
La esmeralda llama de una artificiosa luciérnaga se aproximaba hacia otrora chupasangre. El calor en el vestíbulo, podría afirmarse, era notoria y notablemente de una insoportabilidad extrema. Una magna cohorte de moscardones, moscas, mosquitos e insectos nobles luchaban en tropel, pata contra pata, por encabezar las agresiones dirigidas a aquel que haciéndose pasar por Altísimo Arquitecto del Universo Bruno había rogado purgar sus pecantías.
—¿Obtuvisteis lo que deseabais? —las palabras, esmaltadas por una singular atonía, eran impropias de un ser incognoscible y omnisapiente, pensó el insecto ya rehecho.
Bruno arrojóse a los pies del vejete, cuyas barbas chamuscadas emanaban una cargante fetidez.
—¡Oh Señor, el Destino ha vuelto a jugar conmigo, mirad cómo lloro! —y de sus luceros empañados borboritaban lágrimas de yacaré—. ¡Compadecéos de este Tu más humilde siervo!
—Ay, entonces, hijo mío, tras esta puerta encontrarás lo que has buscado años ha, ¿eh? —aseguró el anciano, que agitaba la mano a fin de reducir a plena evanescencia sus pestíferos gases.
El interpelado contuvo la respiración y comenzó a lamentarse de Aquél, que hundido hoy en la mierda, había sacrificado vida y milagros por sus hijos bienamados. Mas este fugaz esbozo sensiblero se desvanecía conforme avanzaba al acceso aludido, que súbito insinuábase lejano, inalcanzable. No obstante, Bruno corría hacia donde le exhortara el bienhechor, y sin pensarlo un instante, profanó de golpe y sin aviso previo la galería destacada. Allí, Silvia —imagen viva de Luzbella, siempre ella (¡vaya ripio!) esperaba, desnuda y bien abiertos los brazos, enhiesto el pecho y el busto colgante, al receloso Bruno, que frenó el auto en seco. Un caribú ladino, como sentado en una mullida silla Imperio, le sonreía.