Silvia y Bruno, o la metamorfosis
(churrigueresco extemporáneo)

Era el tercer venado que evadía y las curvas de la carretera aumentaban gravemente. Comenzaba a pesarle haber tomado la libre en vez de la de cuota para eludir los inconvenientes de la travesía como se elude sin rodeos a una mamífera ineludible y condenatoria, cuyo paradigma podría ser Silvia, a la sazón ejercitándose ahora mismo, soñaba Bruno, en las prístinas artes amatorias con un antropoide sin rango y descastado que por ciego amor y descomunales dotes —a decir de Silvia comparando a sus amantes— había seleccionado en solemne sacramento como objeto de su entrega por los días de los día, amén y claro, en detrimento de la satiriasis del ex Bruno, quien se entreveraba en las complicadas sendas nerviosas que atan los arcanos de la memoria al tiempo que con unas dilatadas pupilas al rojo vivo por el llanto contenido, la impotencia y, acaso, una gravosa cantidad de vodka sin tónico. Volcado en el volante, apenas reparó en el señalamiento que advertía la siguiente curva (que algún ducho beodo, como él, trazó con incivil seguridad matemática). Bruno disminuyó la velocidad y abrió bien los ojos; quizá por la advertencia, quizá por instinto, mas se repuso y se asió al volante con ambas manos, cual si manejara un carro de feria, convencido de un posible encontronazo con un cervatillo. Tal certidumbre no era del todo infundada, pues no bien había tensado la flecha en el arco, la trompa del Maverick ’71 azul celeste encaró sin fortuna el gesto adusto de un caribú, perezoso y retraído.
     Que el animal ocupa la presuntuosa trocha sin miras de mover el culo, ya otros avezados conductores lo han notado. Que el seguro de vida de Bruno no cubría daños a primeras personas, se lo notificaron en la mesa veintisiete —tras errar desolado y equívocamente, mas solícito a las indicaciones de los responsables de sendos buroes cumplimentados. Una afable anciana, cuyos ojos deformados bajo los gruesos cristales de unas enormes gafas color verde aceituna lo examinaron, y le indicó los imponderables del trance, escritos con galana y minúscula tipografía en el vital contrato. Dióse Bruno por enterado del agravio y avanzó decididamente al Módulo de Información por enésima vez, no sin antes hacerse de un billete que le permitiera participar de la ordenada lista de espera en la cual, otras almas tan confundidas como la suya, afanosamente buscaban legalizar su situación. Bruno observó sucesivamente el reloj, en mano la ficha en turno —la 354— asignada al azar y el indicador. Ciento y una personas le precedían en la busca de invaluables noticias. Los coyotes, resignados a continuar la vida sempiterna en la antesala del prometido Paraíso, se dejaban ir con todo sobre los nuevos aspirantes y, de vez en cuando, uno que otro impaciente caía en el garlito pagando caro el precio, ya fuese en especie o con la misma cartilla. Por su parte, Bruno hizo el cálculo debido y, pretextando cuán lenta la procesión avecinábase, sus párpados cansados se derrumbaron sobre las globos adheridos a las cuencas oculares.
     Bruno dormía y, como las piezas de un rompecabezas en pausada deconstrucción, armó un sueño en el cual Silvia lo esperaba al fondo de una cañada, no podría decirse que en trapos menores porque no los traía, pero sí amorosa como una madre recibe con los brazos abiertos su progenie. Bruno, valeroso, asumía el rol destinado por el Insondable en la personal alegoría del onírico celuloide tejido por el subconsciente. Silvia, emperejilada en exceso con apropiada y sugerente morbidez sobre el frío metálico del Maverick ’71 azul celeste, se tornaba al punto más lejana; sin embargo, tras una testaruda persecución, Bruno casi le daba atinado alcance, y en el casi un obstáculo, correlativo a uno y luego a otro, brotaban del piso, y sin embargo nuevamente, cuando casi le daba alcance, cuando casi le daba alcance, cuando casi… Como disco rayado, se interponía el retraído, perezoso y primitivo facsímil del caribú, adusto parangón de la consagrada Esfinge sacramental. Y entonces el cañaderazo volvía íntegro a sus olvidos para redivivirlos una y otra vez, hasta que una y otra vez, hasta que una y otra vez… Como disco rayado, en efecto.
     Abrió los ojos, maltrecha la mollera y todo el continente sicológico. En el receptáculo de aquellos que ni salvos ni condenados se encontraban, señoreaba plenamente abyecta oscuridad. Ni turno ni módulo de información, y menos informante. El sueño de su perpetua espera no le iba a la zaga en cuanto duración. A trompicones, se abrió paso entre mesas, sillas y alguno que otro ser dañado por la pecaminosa maña de la gula vouyerista en el santo peregrinar por eriales remotos, anhelo siempre frustrado por un pasaporte o una visa negados después de una soberana vigilia al cabo de largas horas de guardia infructuosa. No obstante, de poco valió haber tomado pertinentes providencias, pues en breve reverenció con figurada galanura al pagano Alá (y a Mahoma, su Profeta), así que la boca de Bruno, ligada a su persona por razones anatómicas bien elucidadas en el Génesis de las Antiguas Escrituras, tocaron tierra firme, ciertamente poco ileso —manifestaría el genial y apasionado caricato.
     Mientras el incorpóreo Bruno rehacía su moral estatura (brevísima en realidad), sobándose el morro, oteó en lontananza, quizás en término equidistante al Gabinete de Instalación, inquieta y oscilante, una luciérnaga artificial digna de atracción y éxtasis. Era ésta la tulipa del morrocotudo celador de la Santa Sala de Espera, quien realizaba con caguama celeridad su fajina. Bruno, con su característica inocencia y finita merluza, extravió el derrotero al confundir con el Gran Soberano Universal al cacarañado santón de edad inmensurable, espantosa gallardía y níveas barbas hasta las rodillas, y dirigiéndose a éste con toda la pompa que el acontecer exigía, dijo el caído en desgracia:
     —Señor, Alteza Serenísima, no soy digno de que vengas a mí, que he sido pecador y en la purga de mis faltas quiero seguir.
     Cortejándole un ejército de moscardones, moscas y mosquitos, el santón le respondió, jactancioso, a Bruno:
     —A saber, para este efecto existen el Purgatorio y el Infierno, caro gallinazo.
     —Señor, Dios mío, no me he dado a entender a Tu Gran Sabiduría. Acepto yo con humilde sumisión la pena que se me impute —continuó Bruno, en la breve inteligencia de engañar al Arquitecto, que Todo lo sabe y conoce—, pero créome no merecedor aún de tal remanso espiritual, pues así lo considero, ya que en vida fui pecador grande entre los grandes pecadores, deparándome la vida no más que venturosas penurias, y a la viceversa, como ya os he participado. Así, justo es que mi drama vuelva a ser Infierno para el más corrupto de tus hijos.
     El Santón, al escuchar la multitud de sandeces que el infeliz profería, con mirada y pensamiento bien pícaros, prolongando el tormento del joven, contestóle a guisa de Misericordioso:
     —Yo, que soy Grande entre los Grandes, te perdono. Vuelve a tus afanes y no os preocupéis por nada, pues ya me has demostrado gran arrepentimiento.
     —¡Mas no estoy arrepentido, Señor Dios Creador del Universo! —repuso frenético Bruno.
     Sonriente, el mosqueado patriarca se mesó las barbas y dictaminó:
     —Entonces, a la Tierra volverás, como un soldado más de mi batallón de insectos. Siendo así ésta mi sentencia, por cerrado el caso doy.
     Al instante la metamorfosis tuvo efecto, y al instante el piso se abrió a los pies del Santo Varón, quien descendió con todo y llaves y linternilla a lo más bajo de la cúpula celeste, donde ya Luzbella hacía dos mil años lo esperaba. En tanto, Bruno, en picada mortal acribillaba el espacio y descendía a guisa de kamikaze hasta la atmósfera terrestre, sobrevolando México, colonia por colonia, barriada por barriada y casa por casa hasta dar con la de Silvia, con vehemente suspicacia y dentera, aunque sin hallar una rendija apropiada por donde escabullirse al interior y atraparla en fragante ofensa con el primate caribuido, perezoso y asimétrico. Al cabo de una categórica pesquisa, el mosquito deslizóse por uno de los intersticios que ad hoc el viejo cancel de ulcerado pino le proporcionó.
     Triunfante el delincuente, Bruno recorrió sin darse un respiro siquiera, el patio, el recibidor, la sala, el comedor, la cocina y otras habitaciones de no menor concurrencia en busca de la fatal Desdémona solicitada, hasta dar con el dormitorio, emplazamiento que por elemental represión de su microscópico inconsciente —parca exégesis con la que Freud se hubiera empachado en un curso monográfico para relatar con pericia narrativa, prolijo en detalles de la impúdica reseña— no habíase atrevido a inspeccionar de nonas a primas.
     Atónito, los periféricos ojos de Bruno veían centuplicada la felonía apetecida por los celos. El mosquito irresoluto, mas no por ello menos vengativo, atacó a la desleal pareja, concentrando la aguda batería en la depauperada trinchera que ofrecía la eva, tan expuesta Silvia a las inclemencias del tiempo como en el sueño alucinado del mosquito Bruno.
     —Pero ¿qué es esto? —profirió la dama en cueros—. ¿No es un beligerante insecto quien perturbar quiere nuestro idilio? —observó la adúltera ninfómana.
     Bruno, ufano por el éxito de la incursión, puso entonces más empeño en la ofensiva, y afiló vampírico el minúsculo aguijón. Empero, no bien la pulida y afilada bayoneta dispuesta a proseguir con la estrategia a pie juntillas estaba, la mano áspera y alevosa del adorado primate puso fin con artero tortazo a la embestida que Bruno preparaba, excitado y sicalíptico, en el ávido glúteo diestro de su amada, y Bruno sobrevino al piso.
     La esmeralda llama de una artificiosa luciérnaga se aproximaba hacia otrora chupasangre. El calor en el vestíbulo, podría afirmarse, era notoria y notablemente de una insoportabilidad extrema. Una magna cohorte de moscardones, moscas, mosquitos e insectos nobles luchaban en tropel, pata contra pata, por encabezar las agresiones dirigidas a aquel que haciéndose pasar por Altísimo Arquitecto del Universo Bruno había rogado purgar sus pecantías.
     —¿Obtuvisteis lo que deseabais? —las palabras, esmaltadas por una singular atonía, eran impropias de un ser incognoscible y omnisapiente, pensó el insecto ya rehecho.
     Bruno arrojóse a los pies del vejete, cuyas barbas chamuscadas emanaban una cargante fetidez.
     —¡Oh Señor, el Destino ha vuelto a jugar conmigo, mirad cómo lloro! —y de sus luceros empañados borboritaban lágrimas de yacaré—. ¡Compadecéos de este Tu más humilde siervo!
     —Ay, entonces, hijo mío, tras esta puerta encontrarás lo que has buscado años ha, ¿eh? —aseguró el anciano, que agitaba la mano a fin de reducir a plena evanescencia sus pestíferos gases.
     El interpelado contuvo la respiración y comenzó a lamentarse de Aquél, que hundido hoy en la mierda, había sacrificado vida y milagros por sus hijos bienamados. Mas este fugaz esbozo sensiblero se desvanecía conforme avanzaba al acceso aludido, que súbito insinuábase lejano, inalcanzable. No obstante, Bruno corría hacia donde le exhortara el bienhechor, y sin pensarlo un instante, profanó de golpe y sin aviso previo la galería destacada. Allí, Silvia —imagen viva de Luzbella, siempre ella (¡vaya ripio!) esperaba, desnuda y bien abiertos los brazos, enhiesto el pecho y el busto colgante, al receloso Bruno, que frenó el auto en seco. Un caribú ladino, como sentado en una mullida silla Imperio, le sonreía. 

Selección natural en el Saffron Park

Así que esta simple historia —concluyó mi desconocido interlocutor— no merecería atención si no fuera por la posibilidad de darle un sentido distinto.
MILORAD PAVIČ

Daba el profesor Darwin su acostumbrado paseo vespertino por el Saffron Park cuando, al pie del llamado vulgarmente Puente de los Colgados —como era harto conocido— advirtió la figura de un hombre al borde de la balaustrada. El hombre tenía el extremo de una soga anudada al cuello, y en el extremo opuesto de la soga, una roca bien amarrada al cuerpo, la misma que entre brazos acunaba indeciso.
     Aun cuando el traje no le hacía justicia al caballero, si la vista no engañaba al profesor Darwin, el perfecto nudo byroniano de la soga en el cuello del joven le permitió hacer algunas deducciones atinadas, las cuales prefirió obviar.
     El cuadro, según la inequívoca experiencia de Darwin, era preciso y revelador. La apariencia primordial de su nuevo sujeto de estudio, coligió el profesor, manifestaba clara inclinación —peso de la roca en manos— por un deseo inopinado de renuncia a la vida. Impulsado por la intriga, el respetuoso profesor, caballero sin tacha, pasó de largo junto al hombre, con paso lento, firme y sigiloso, y aunque no era su intención perturbar la intensa concentración que requiere todo futuro suicida, al escuchar los hondos y lastimeros suspiros, que dejaba escapar tan escandalosamente que parecía clamar ¡auxilio!, el científico desanduvo los pasos andados a hurtadillas y, allegándose al suicida en cierne, le ofreció, en consecuencia, auxilio.
     Pete Jones (sí, lo llamaremos “Pete Jones”, pues su descendencia es nutrida) en un principio rechazó el ofrecimiento de Darwin, mas el profesor, que entonces ya era un anciano, convenciólo hábilmente de postergar una tarea que mal podía hacer en ese instante, de tal suerte, que Darwin puso punto final al debate induciéndolo a tomar una taza de té en su acogedora casita. Allí podrían platicar, discutir holgadamente el mal que le aquejaba y considerar si el sabio profesor estaba en condiciones de ayudar al muchacho, y el muchacho en condiciones de recibir ayuda.
     A regañadientes, Thelma Marie, la joven ama de llaves del profesor, les sirvió el té (no el tradicional five o’clock tea, dado que se trataba de un hecho extraordinario).
     Cuidadosamente, Pete Jones depositó la piedra en el piso y —no sin antes agradecer la gentileza de la diligente ama de llaves— mientras bebía la deliciosa infusión de manzanilla, que la severa Thelma Marie había preparado, contóle al profesor Darwin los motivos que lo orillaban a cometer tan impulsivo acto, los cuales a continuación relató.
     Meses atrás había conocido a lady… Lady (sí, llamemósla “lady Lady”, pues damas como éstas abundan), seguramente la británica más hermosa de la isla y probablemente la más bella criatura de la Creación. Fue amor a primera vista, se infiere. Pete Jones la invitó a salir un par de ocasiones; conversaron acerca de las proezas de Napoleón, así como de la graciosa audacia del sobrino, el III; coincidieron en una nieve de limón a las orillas del Támesis y contemplaron un insípido ocaso, mas románticamente hiriente. Ella le confesó que jamás había coincidido en el tiempo con otro caballero tan espléndidamente simpático como con él.
     Entonces, seguro de un amor correspondido, confióle Pete Jones sus sentimientos a la mujer y le ofreció sagrado matrimonio. Sin embargo, sus conclusiones fueron erróneas, lady Lady no estaba enamorada. Por una parte, Pete Jones era tan feo, apuntó la dama, que le provocaba, según su estado de ánimo, risa o repugnancia; por otra parte, Pete Jones era tan gentil y ameno, que no podía prescindir de sus juglarías para llenar sus tardes ociosas. Lady Lady, con extremado tacto para no lastimarlo, rechazó al aprendiz de suicida, no sin antes hacerle saber que solamente lo quería como amigo y pedirle, encarecidamente, que se dejara de romanticismos y ridiculeces, amén que nunca se separase de ella.
     Pete Jones juró sobre la tumba de su abuela, ya que sus padres aún vivían, jamás apartarse de lady Lady, ser su sombra y procurar en lo absoluto y en lo relativo la felicidad de ella con sus ocurrentes bufonadas.
     Así, Pete Jones se vio obligado a seguir alimentando su amor por la joven, y a esconderlo con una sonrisa de oreja a oreja, tan falsa como una sello de tres peniques. Empero, cansado emocionalmente de este devaneo sentimental, Pete Jones vislumbró una infalible salida por la puerta grande: la muerte por decisión, que pese a estar de moda, no deja de ser digna. Y en ese tránsito amargo, tras varios y muy sofisticados intentos de quitarse la vida, más bien risibles e inútiles, había elegido un convencional camino, allegándose a la balaustrada del Puente de los Colgados, momento cumbre en que el anciano científico se topó con él.
     El profesor Darwin escuchó atentamente al joven y no interrumpió su discurso salvo para prender un puro. Su caso le resultaba extrañamente familiar y creyó tener el remedio adecuado para inyectarle bríos, ganas de vivir y el deseo de amar nuevamente (a otra mujer, claro está).
     Bajo este entendido, Darwin se disculpó con Pete Jones, se dirigió al estudio y de la gaveta inferior de la escribanía, extrajo una resma de documentos manuscritos. Al regresar a la estancia donde esperaba Pete Jones, le mostró uno a uno el montón de papeles.
     —Este, míster Jones —le dijo— es un retrato aproximado del hombre más feo del mundo hace cinco mil años, circa; éste otro, es un retrato aproximado del hombre más guapo del mundo, también hace cinco mil años, circa.
     Pete Jones examinó los papeles; mas su rostro, era evidente, conservaba esa expresión idiota que muy bien le iba y explicaba el porqué lo rechazó lady Lady. Ambos esbozos apenas diferían por un par de trazos. No tuvo que adivinar el doctor Darwin los pensamientos que cruzaban la cabeza hueca de Pete Jones; su gesto lo delataba. El profesor había inferido, correctamente, que el muchacho aún no interpretaba los grabados. No obstante la confusión, prosiguió:
     —Estos son, querido amigo —extendió el resto de los papeles—, y obsérvelos con atención, los retratos aproximados, respectivamente, de la mujer más fea y la más hermosa del mundo hace cinco mil años.
     —¿Circa? —preguntó Jones.
     —¡Mi Dios, por cierto que sí! —replicó el profesor Darwin.
     Pete Jones contempló los dibujos. Como en el caso anterior, no había notoria diferencia entre el primero y el segundo boceto.
     —Oh, ya veo.
     —Ve usted porque no está ciego, pero no adivina nada —saltó Darwin, y explicó señalando los dibujos respectivos—. Uk, el hombre más guapo del mundo, era también el mejor cazador de… digamos que una especie de cochinillas gigantes; pero Ku, esta —y señaló a la fea—, era la mejor cocinera de cochinillas gigantes sobre la Tierra. En cambio a Mu, el otro, las mujeres lo codiciaban porque era bueno con el garrote y al anochecer hacía gum-mug con la garganta, de tan dulce manera, que las hacía conciliar el sueño.
     —Oh, ya veo —creyó entonces comprender Pete Jones el inextricable fondo de la anatemizada teoría de la selección natural—. ¿Qué pasó con…?
     —Um, se llamaba Um.
     —¿Qué pasó con ella?
     El profesor Darwin dio un pequeño sorbo a su té y colocó la pierna izquierda sobre la derecha, pausadamente, dándose tiempo para responder, como quien hace memoria:
     —¿Con Um? Nada, era simplemente parte de la tribu. Y como a todas las mujeres, los hombres que sabían hacer uso del garrote o cantar dulcemente gum-mug para conciliar el sueño, no le eran indiferentes, y asimismo, sentía especial fascinación por los cazadores de, digamos, cochinillas gigantes. En fin, a decir verdad, a Um ningún hombre le producía inapetencia. En aquella época, inexperto amigo, todos cumplían en mayor o menor medida con las perspectivas de apareamiento.
     —Oh, cuánto hemos cambiado.
     Darwin enarcó las cejas y se limitó a carraspear. Entretanto, Pete Jones se desembarazaba de la soga, que aún tenía anudada al cuello, y discretamente la hizo a un lado con la punta del zapato cuando Thelma Marie entró a la confortable estancia y recogió el servicio de té, acción que no pasó inadvertida a los ojos del viejo científico.
     —Entonces Uk se casó con Ku —dedujo Pete—, y Um con Mu, ¿no es así?
     El profesor Darwin, sonriente, negó con la cabeza.
     —Ni Uk se casó con Ku, ni Mu con Um, ni Uk con Um, ni Mu con Ku, ni Uk con Mu y menos Um con Ku.
     —¡Por Nelson, qué desdicha! —exclamó Pete Jones, de nuevo dispuesto a arrojarse de cabeza, con el pedrusco ajustado al cuello, al riachuelo que corre bajo el Puente de los Colgados.
     Darwin tranquilizó al joven y explicó:
     —No se casaron, mi amigo, porque entonces el matrimonio sacramental no era una institución y menos una convención social; porque existía la poligamia y porque vivían en tribus diferentes cada uno, debo suponer. Pero estoy seguro de que entonces no importaba cuán feo o atractivo eran, por el sencillo hecho de que todos eran ¡horrorosamente iguales! —horridly equals!, en realidad exclamó Darwin—. Se amaban por otras razones. Lo mismo que hoy en día, justo es señalar.
     —¿Como cuáles? —inquirió el joven atribulado, con los ojos chispeantes, tímidamente vuelto a la vida.
     —¡Hum! Por ejemplo, ejem ejem… Se amaban, pues, porque sí. Y no haga más preguntas.
     El silencio entre pupilo y maestro se impuso. Todo estaba claramente dicho y no fue sino hasta ese preciso momento que Pete Jones aprendió la lección impartida por el profesor Darwin. En el acto, se puso de pie respetuosamente, agradeció una y otra vez su auxilio, y salió de la casa ligeramente liberado de la frustrante carga sentimental que lo agobiaba, así como de la carga material que apenas soportaban sus pequeñas manos, pues atinada y pertinazmente, había olvidado la roca y la soga bajo el sofá donde, con suma discreción, se desembarazó de ellas para evitar suspicacis de la gallarda fámula.
     Al día siguiente, a la hora en que Darwin daba su acostumbrado paseo vespertino por el Saffron Park, Pete Jones, a las puertas de la casa del ausente profesor, se anunció, tras tirar en tres ocasiones de la campanilla.
     Thelma Marie abrió consternada y Pete Jones se vio obligado a explicar con detalle su desventura al ama de llaves, y cómo fue que ayer, a la hora del té, en compañía del profesor Darwin, olvidó una roca y una soga, mismas que, de no haber sido por el venerable profesor, habríanle sido harto útiles para privarse de la vida y, ya que obraban en poder del viejo científico, y siendo ella ama de llaves y mujer de plena confianza para Darwin, y no encontrándose este presente, solicitábale, de ser posible —“sólo de ser posible”—, la devolución de tales adminículos mortíferos. Sin embargo, podía estar tranquila, precisó el joven, embelesado, que claro que no, no tenía en mente cometer acto alguno fuera de la razón.
     Bajo la máscara de la timidez femenina, el ama de llaves le arrojó una mirada suspicaz y seductora. Pete Jones había hecho su petición tan gentil y cortésmente, que la delicada Thelma Marie habría sido incapaz de negarle (de ser posible —sólo de ser posible—, claro está) cualquier cosa al curioso caballero que tenía de pie ante sus ojos, allí, en el umbral de la puerta, bien erguido y argumentando distracción, blandiendo un ramillete de flores amarillas, tal vez rosas o margaritas, como muestra de infinita gratitud —menos por las improvisadas lecciones del profesor Darwin, que por la infusión de manzanilla aplicada por la exquisita y delicada Thelma Marie.
     —¿No pensará usted incurrir en semejante tontería de nuevo? —insistió Thelma Marie—. Sería una lamentable pérdida.
     —¿Lo cree usted así?
     —A leguas se ve que usted es un hombre muy entero y apasionado.
     —¡Por Trafalgar! —replicó Pete Jones—. Puede dormir tranquila. Nada, nada de eso, señorita, son muy otras mis intenciones —aseveró el joven, con una amplia y sincera sonrisa en los labios, la cual denotaba extremo nerviosismo.
     —Y las flores, ¿qué piensa hacer con ellas?
     —Sí, las flores, ¿qué hay con las flores? ¡Oh, esta bagatela, claro! —y apresuró una apología botánica el arrepentido suicida—. Ruégole disculpe mi atrevimiento, pero tengo entendido que las margaritas no son lo más adecuado en estos casos, y en cuanto a las rosas… Quizá pueda orientarme con respecto a las preferencias de míster Darwin.
     —Ya veo. Pero ya sean rosas o bien margaritas, caballero, no acostumbran, no al menos sino hasta que usted llegó, obsequiarle flores al profesor —interrumpió Thelma Marie arguyendo, por cierto, una inteligente observación.
     —Tampoco es mi costumbre obsequiar flores —confesó míster Jones, tartajeante—. No al profesor Darwin ni a ningún caballero —enfatizó ruborizado—, distinguida…
     —Thelma Marie.
     —¡Oh Marie! —exclamó el joven Pete Jones.
     Entretanto, el profesor Darwin, que había prolongado premeditadamente su acostumbrado paseo vespertino, acodado en el antepecho de la balaustrada del Puente de los Colgados, arrojó al vacío un guijarro y contó una a una las ondas que se formaban en la superficie cristalina del riachuelo. Examinó su reloj y blasfemó al imaginar las dificultades que en breve le sobrevendrían, cuando se viese en la necesidad de buscar, encontrar y conservar a un ama de llaves tan eficiente, solícita y delicada como su querida Thelma Marie. Entonces maldijo el instante en que decidió darle nuevo cauce a los pasos perdidos de míster Mu, o Jones, que es lo mismo.
     Después, inmerso en múltiples reflexiones, continuó su caminata. Al cabo de unos minutos, tomó asiento en una banqueta del Saffron Park. Enseguida sacó del bolsillo interior de su levita un lápiz y la libreta donde anotaba variopintas consideraciones en torno a su próximo tractatus.
     Miró el puente con expresión dubitativa y evitó a una pareja de groseros enamorados a la vista. Luego, en el cuadernillo que tenía por tentativo título La descendencia humana y la selección sexual, con letra apresurada, pero segura, apuntó:

Su alias es Pete Jones y goza del don de la ubicuidad. Por eso, quien tropiece por casualidad con este simio digno de sospecha, debe huir. No obstante, deberíamos de actuar de manera contraria. Recordemos que todos los hombres descienden del mono; aunque en algunos casos el parentesco no sea evidente por su infinita similitud […] Eso de sapiens sapiens, sin duda contribuye a conjeturas inagotables, pues la agudeza intelectual —cuando hay tal— con frecuencia es precaria. Empero, la selección sexual es tan misteriosa entre los hombres como entre los animales. Un enigma que rebasa, incluso, el misterio de la selección natural. Aunque entre animales y humanos la diferencia sea mínima y, con frecuencia, ni siquiera exista.

Teoría pragmática del amor

Lleno de mí,
sitiado entre la oferta y la demanda…
Arturo R. González (paráfrasis apócrifa)


Lo confieso sin reserva ni vergüenza: Yo, que intenté hallar la felicidad a través del amor por todas las vías que mi limitada experiencia e imaginación concibieron, fracasé en mi empresa. No obstante, hoy afirmo que soy un hombre feliz. Mi dicha poco se la debo a una mujer y nada a Dios o al vino, que tantas alegrías depara. Es obra exclusiva de un solo hombre que desconoce y desdeña el amor por principio y convicción: mi hermano.
     Cual conejillo de indias, me sometí a su experimento y funcionó a la perfección. No pensé en el resultado ni en las consecuencias que tendría por una sencilla razón: en aquellos días de aparente tortura inmarcesible, de adolescentes turbulencias, más que nublado, mi pensamiento estaba aniquilado por la desesperación. Luli me había destruido y solamente ella podía reparar el daño, pagar los platos rotos. Pero el problema no estribaba en reemplazar un simple objeto o extender un cheque al portador para reparar los estropicios. La pérdida constituía el espíritu deshecho de un hombre enamorado, a la sazón yo. Casualmente.
     A pesar mío, a pesar del amor que le profesaba a Luli, aún pervive en mi memoria esa tarde infortunada que de golpe me asalta y amenaza con repetirse para volverse a repetir y a repetir… Porque uno es humano y no aprende. ¿Cómo evitarlo? A veces, al rasurarme frente al espejo, repentinamente me sorprendo evocando aquel día como una vil declaración de victoria, y la imagen viene a mí no como un sueño ni entre brumas, es una imagen nítida y cegadora como el relumbre del sol en la esplendente espada del verdugo que está a punto de ejecutar una sentencia.
     Me refiero a la tarde que le declaré mi amor sincero y puro, Luli lo tomó a broma y vil chacota. Intransigente, le negó siquiera una tregua efímera a mi inconmensurable desconsuelo. Me ridiculizó en público, fui blanco de las más hirientes burlas que el genio de Luli fraguare alguna vez, y en tanto a ella se coronaba como reina del mísero espectáculo que a todos divertía, yo fui degradado al papel de bufón involuntario ante un cortejo improvisado por los comensales de las mesas contiguas —numerosas, valga la acotación—, quienes a placer contemplaban mis fallidos esfuerzos de donjuán y quijotillo. Ora participaban del escarnio implacable del que era objeto, ora murmuraban a espaldas mías, incapaces de contener la risa o disimularla.
     De un momento a otro me veía dramáticamente reducido, pequeñito en mi silla, y a cada palabra de Luli disminuía más y más; de un momento a otro, aplastado por la humillación desaparecería irremisiblemente, mancillado el poco honor que me restaba, juzgado y condenado sin conocimiento de causa por los parroquianos —y ya no sólo por quienes ocupaban las mesas cercanas, sino el restaurante entero. Y lo peor de todo, es que sabía que no, que seguiría allí, hundido en la silla muy a la vista de todo mundo, lloriqueando mientras Luli me acariciaba la mejilla:
     —¿Tú y yo? Ah, mira que eres gracioso.
     —No es broma.
     —Debería serlo, es buena.
     Excepto nuestro joven camarero, supongo que por compartir conmigo la dolorosa experiencia del rechazo y el desprecio, o porque esperaba una propina generosa, permanecía dolorosamente al margen de mi tragicómico drama. En un momento, recuerdo, nuestras miradas se cruzaron y advertí en él un gesto de aciaga solidaridad.
     Súbitamente el mundo perdió significado y destino; poco importaba precipitar el siniestro y la consecuente derrota. Tornóse insípida la comida y el café, amargo cáliz de mi martirologio. Aun así, recuerdo el momento en que Luli, deslumbrante y cansada de la befa, mientras examinaba el menú en busca de un postre de su agrado, deslizó una precaria promesa como quien dice mucho sin llegar a nada, regodeándose en el devaneo.
     —Los hombres ingenuos como tú me divierten —dijo—. Son de una candidez conmovedora, siempre tan entregados a… ¿cómo explicarte para que lo entiendas? Ideales, tan demodé, tan… ¡tan qué de güeva!
     Agaché la cabeza, callado y desconcertado. Sus razones resultaban incomprensibles. Incapaz de encontrar las palabras correctas, perseguía afanado el argumento preciso para defender el porqué estábamos hechos el uno para el otro. A pesar del contundente desaire, en medio de la decepción atisbé una repentina revelación, la portentosa brizna de esperanza entre cuanto había dicho Luli y, bruscamente mi universo y el mundo, que ella definía por completo, recuperaron simultáneamente orden y cauce. Fue un gesto, un apretado silencio entre labios y un lento dedo índice que se elevaba, junto con la mano, como para bendecirme.
     Entonces tuve una segunda revelación y aparentemente mi búsqueda finalizó. Una a una caían en mi cabeza, de manera milagrosa casi, cual seductora y delicada brisa, las palabras que configurarían la evidencia irrefutable de mi perentoria comunión con Luli. Pero Dios, que gusta del sufrimiento humano, advirtió en mí cualidades jobianas y se propuso someterme a prueba. Antes de que pudiera decir “mi vida”, ella chasqueó los dedos y mi cómplice se acercó, solícito cual buitre a la carroña.
     —Unos chongos zamoranos —Luli rompió el silencio.
     Ignoro si el camarero percibió mi turbación o advirtió cómo, discretamente, tentaleaba mi cartera. Su rostro adquirió un matiz ceniciento, tragó saliva y, tras disculparse con la dama, recitó un sinnúmero de alternativas un tanto cuanto impronunciables (y onerosas) para degustar durante la sobremesa.
     —¿Y duraznos en almíbar?
     —Tarta de durazno, señorita.
     Ella rechazó la oferta y despidió al mesero con un aspaviento (¡jash!) que denotaba hastío. Creí inocentemente que Dios, por vez primera en el transcurso del unilateral idilio, se había apiadado de mí.
     —Jamás vuelvas a traerme a esta pocilga. Y menos para decirme las estupideces que acabas de vomitar.
     La miré de soslayo y ese fugaz vistazo me bastó para saberme miserable y estúpido, ¿quién era yo para colocarla entre la aorta y la coronaria de mi corazón? Me recriminé haber desconocido esa mirada febril desde un principio, cargada de angustia. Sus ojos eran los de una mujer en lucha feroz por revelarse contra el más íntimo y secreto de sus sentimientos, temerosa de expresarlo a causa de un sinfín de decepciones y desengaños incalificables e insospechados. Así pues, ¿qué podía esperar de ella? ¿cómo abrirme su corazón sin sentirse amenazada?
     —Creo que la comida me cayó mal. —Impaciente, se mordió el labio inferior, miró en torno y, finalmente, consultó la hora. —¿Tendrán baño? Mh. mejor paga y vámonos —ordenó—, tengo una cita con X y ni creas que voy a llegar tarde por tu culpa… ¿Me veo bien?
     Obediente, pagué al tiempo que me deshacía en halagos y piropos enrevesados. Ya en el auto, conduje sin chistar al lugar de su cita. Antes de abrir la portezuela y despedirse, alabó mi puntualidad y supe que, efectivamente, tenía esperanzas, si me había puesto a prueba, la había superado por mucho. De un momento a otro recapitularía, me diría sí, estaba jugando, te amo… y permanecí en el auto a la espera de estas palabras, estacionado en doble fila, sin apartar mis ojos de ella, prudente, so pretexto de cuidarle las espaldas, conservando sana distancia, admiraba arrobado su figura al andar, viéndola partir sin darme siquiera las gracias por haberla llevado a su cita con mi rival. Ahora caminaba provocativa y mimosa, colgada dulcemente del brazo de X, que trataba de sacudírsela de encima como si fuese un molesto insecto.
     Al cabo de un minuto, cuando finalmente, los perdí de vista, me percaté de mi patética situación. Entonces comprendí todo, es decir, nada. ¿Qué hacía allí? ¿qué demonios esperaba, trastornar involuntariamente el tránsito? Me retiré, abatido y francamente derrotado.
     Postrado de dolor, llegué a casa. Procuré escapar de la mirada indiscreta, suspicaz y curiosa de mis hermanas, quienes habían depositado en mí altas expectativas acompañadas de un exacerbado entusiasmo. Esperaban el inmediato relato, hiperbólico y pormenorizado, de una memorable epopeya amorosa. Silencio. Durante la cena me armé de valor y, a juicio mío, puedo afirmar que me superé como personaje de mi tragedia en una actuación meritoria de elogios, sin necesidad de esforzarme en fraguar mentirillas verosímiles o evasivas elementales con relativo éxito. Nadie me inquirió, nadie aludió al hecho, ¿a quién podría interesarle mi desventura que a leguas evidenciaba mi indolencia? Sin embargo, me aliviaba creer superado el escrutinio familiar mediante chascarrillos carentes de gracia y comentarios frívolos, gratuitos.
     Nadie reparó en mi furtivo y discreto encierro, emocional y físico. Ello, lejos de producirme satisfacción alguna, me redujo a una sensación de abandono que aumentó a la par que mi congoja y el tamaño de la pena, superando las cuadradas dimensiones del dormitorio que compartía con mi hermano mayor.
     Deseaba ahogar el sufrimiento en la soledad de mi entonces diminuta celda y mitigar las consecuencias del ultraje; conmutar la herida lacrimógena y la ira contenida en furor vengativo, con la firme disposición alquímica de trasmutar la triste humillación en arrogante orgullo. Odié a Luli durante un par de minutos y la magnitud de tal desprecio incluso llegó a asombrarme. Nunca creí que fuese capaz de vilipendiar a alguien con la intensidad con que la envilecí.
     Pero la naturaleza de mi aflicción era contradictoria. Por una parte sentía pena por Luli, y por otra, a pesar de la tristeza, compasión. Le construí una vida basada en el abuso y la desilusión. Cada acto suyo, cada desaire, cada palabra hiriente encontró así plena justificación en la desgracia imaginaria. Media hora después, tomé una decisión definitiva. Redimirla a cualquier precio. Y en el acto me propuse un plan de ataque.
     Quién iba a decirme que al día siguiente, durante el desayuno, mi hermano cambiaría mi “firme decisión” con un llano “¿Cómo te fue ayer?” Había considerado una serie de cuentos tan puntuales como inverosímiles a esa pregunta; pero mi capacidad de novelar se vio reducida a la vulgar necesidad, imperiosa, del maldito desahogo. Entre lágrimas y mocoso, le entregué el relato exagerado de mi tragedia, de principio a fin, sin puntos ni comas. Arturo escuchó aturdido, sin respirar casi porque no le di reposo.
     Debo admitir que la confianza que le guardo —o guardaba— a Arturo siempre se vio empobrecida por la natural razón de que es mi hermano, y la confianza fraterna, al menos con él, por principio debe de ser parcial, selectiva y distorsionada.
     Arturo es un joven brillante, rayano en la genialidad, pero no me inspiraba ni admiración ni respeto. Estudiaba al mismo tiempo, en una de las universidades más reputadas del país, matemáticas aplicadas, economía y administración de empresas. Nuestras relaciones no siempre habían sido buenas por motivos que no vienen a cuento, pero reconozco que es comprensivo y sabe callar cuando debe callarse la boca. Sin embargo, esta vez fue la excepción.
     Apenas concluí mi trágico relato, decidido, tomó pluma y papel y me reveló su teoría pragmática del amor con el fin de reanimarme y, secretamente, comprobarla en la praxis por intermedio mío. Cuanto decía Arturo me pareció un disparate y, como él reconociera que no resultaba explícita ni convincente la simple enunciación de la teoría, abreviada su complejidad para un lego de las ciencias económicas como yo, procedió a ilustrarla mediante categóricas gráficas sustentadas en ecuaciones incontrovertibles. Así me demostró cómo en el intercambio voluntario de ese sentimiento llamado variable amor figuran contingentes altibajos que bajo condiciones inflacionarias merman el presupuesto emocional. Nada escapaba a su retórica mercadológica, provista de varios modelos económicos dispuestos ad hoc, cada uno de sus argumentos sustentados básicamente en el aplastante maximun de una ley derivada de la relación oferta-demanda, la cual había aplicado torpe y equivocadamente con Luli, por decir lo menos. He ahí la causa y efecto de mi fracaso en la negociación. La mano de obra y la factura del producto ofertado durante la transacción resultaba demasiado alto en relación con la calidad del mismo, y por tanto la demanda por parte de Luli fue nula.
     —¿Y eso significa?
     —Que en el mercado del amor tu Luli es un producto de escasa demanda para ti, al cual le has puesto un precio de mayoreo, por decir lo menos, negociando como si se tratara de chicles; pero ella claramente te ha cotizado como un producto de elevada demanda perfectamente reemplazable, por tanto no está dispuesta a invertir en ti y tú no puedes invertir en ella; para que funcione tienes que invertir las condiciones actuales del mercado, a sabiendas de que tú vas invertir en ella, pero no de inmediato. Porque sucede también que, por lo que acabas de contarme, te has convertido a la fecha en un productor amoroso que quiere vender en dólares lo que se paga con pesos, y como el peso está devaluado, volvemos a lo mismo, no eres sujeto de inversión, y ella para ti es una inversión inalcanzable.
     —¿O sea?
     —Hay que ordenarlo todo bajo un esquema equilibrado de oferta-demanda; monetízala, tásala y ponla en el mercado a un precio accesible, y tú eleva la calidad de tu producto —hizo una pausa para explicarse mejor—: mira, el amor es el mercado y los enamorados los productos; para que funcione y sea equilibrado, las variables unipersonales deben ser reemplazadas por las variables impersonales x y y, donde x representa al hombre, y la variable y, a la mujer. Ya después a cada variable se le asignará distintos atributos que harán ese producto único en el mercado, pero es el consumidor, el demandante, quien le asigna el valor agregado, porque en este caso, ofertantes y consumidores juegan un doble papel. Cambia tu capital a dólares y el suyo a pesos , a ver quién sale ganando. Una ecuación simple.
     —Ah —fingí comprender sin entender nada—… ¿entonces?
     —No te abarates, niño, date a desear —tradujo y finalizó, fastidiado por mi tosudez.
     De nueva cuenta creí comprender mi error. Al menos entendía que la vasta derrama de mi afecto exacerbado tuvo un efecto contraproducente en mi empresa amorosa, por lo mismo y en consecuencia era natural que quebrara… Pero la claridad que tenía de los móviles de mis acciones y sus nefandas reacciones me hacían sentir peor. Había jugado mis bonos como un novato, corriendo riesgos innecesarios en lugar de calculados.
     Cegado por una cólera materialista, iluminado por la teoría pragmática del amor, sin cuestionármela siquiera, decidí ejecutarla y demostrar si era aplicable en plena bancarrota. Sabía que buscaba oro polvo en el desértico terreno de un corazón árido. Tomé el teléfono y marqué el número de Luli. Ella contestó y pedí, rogué y supliqué me concediera una cita, la cual, renuente, me dio.
     Ni habían transcurrido veinticuatro horas del episodio en el restaurante, cuando yo, a la hora indicada previamente, me encontraba timbrando a las puertas de su edificio, bien peinado y mejor vestido y apestando a perfume barato.
     A solas en su casa, Luli me recibió sin disimular un dejo de hartazgo y me condujo al recibidor y allí me retuvo un buen rato. (Recuerdo el labial negro de su boca como funesto presagio de mi incursión.)
     Tras una conversación espontáneamente forzada, puse en práctica, cuan minuciosa y claramente me fue posible, la lógica teoría de mi hermano, no sin antes hacerle pequeñas modificaciones en función de la circunstancia. La compartí con Luli en infalibles términos matemáticos y actualicé con precisión las gráficas económico-administrativas delineadas por Arturo y, si ella no interviene, bajo esos términos hubiese continuado ad infinitum mi exhortación amatoria.
     —Okey —dijo—, te la compro. ¿Y…?
     Admito que estaba preparado para todo, excepto para esa respuesta. No esperaba semejante reacción, abyecta y repugnante expresión de la mezquindad. Permanecí en silencio un rato, con mis ojos fijos en los suyos.
     “Es un juego de riesgos”, recordé. “Por eso siempre debes esperar lo inesperado y evitar apostarlo todo… Ahora bien, si cometes esa estupidez, debes elaboras tantos planes emergentes como te sea posible.”
     Armado de valor, improvisé un segundo plan de ataque:
     —Mira, estadísticamente tú y yo deberíamos, debemos… —corregí e hice una larga pausa, gesticulando con las manos, acción que pretendía dar por entendido cuanto hubiese de sobrentender.
     Luli me miró a los ojos sorprendida, sonrió y fue incapaz de contener no sólo una, sino varias carcajadas en las que percibí un tufo insufrible de burla.
     Quise reaccionar, por primera vez, de acuerdo a la situación, y lo hice. Me puse de pie, di media vuelta y encaminé mis tristes pasos directamente a la calle, confuso, compungido y seguro de que había comprendido mal la teoría pragmática del amor y culpé a mi hermano de mi segundo fracaso. Maldiciéndolo, obviamente.
     El juego terminó por cansado y por un segundo recuperé mi dignidad. A tenor de despedida, sin atreverme a mirarla de frente a causa de sus labios pintados de negro, dije:
     —Pues vete buscando otro imbécil que tolere tus estupideces, a ver si X se avienta ese trompo a la uña.
     Al parecer fui artero, sin darme cuenta había dado en el punto exacto de mi valor agregado, encareciéndolo en el acto, pues la desconcerté.
     —¿Cómo? ¿Te vas?
     —Tengo cosas más importantes qué hacer, cariño —respondí.
     Antes de llegar a mi más próximo destino (la salida, que a la vez sería la puerta de entrada al Infierno), Luli me cogió del brazo. Quería cobrarse el tiempo invertido en mi visita. Evidentemente, me negué. Insistió; no di marcha atrás. Nos enfrentamos cara a cara y, sin más, me plantó un beso, renegrido y breve. Firme en el fallo, respondí con equivalente determinación. Luli replicó; aunque la exposición de sus argumentos fue extensa, a juicio mío, escasamente persuasivo, según se lo hice ver al instante, devolviéndole el beso con una nalgada. Ella abundó en el tratamiento y propuso someterse a un exhaustivo examen de alta de calidad, aportando un tercer beso que acabó donde acaban todos y cada uno de estos intercambios de hipercálido afecto.
     Estoy seguro que tras comprobar la estupenda calidad del producto y la excelente manufactura, estaba convencida, satisfecha, complacida. Todo asomo de regateo hubiese redundado en pérdida. Luli había elegido al imbécil que habría de consentirla, y éste era nada menos que yo. Felizmente yo, debo decirlo.
     Al llegar a casa, Arturo fue la segunda persona en darse en cuenta de mi ingrávida presencia (la primera fue mamá). Con cara de estúpido y mi elástico silencio, los puse al tanto de cada secreto detalle. Ignoro cómo, pero su teoría había funcionado con exactitud.
     Hoy mi hermano vive en Inglaterra; yo, con Luli. Todavía no le agradezco su inestimable y didáctica ayuda, pero lo haré. En especial ahora que me he entregado a la tarea de evaluar su teoría pragmática del amor con otras variables. Podría decirse que su inestimable aportación, con Luli, se había quedado a nivel de hipótesis: era menester pasar a la experimentación para llegar a la comprobación de la tesis. Esto me ha permitido concluir que entre la teoría y la praxis hay un sesgo monopólico, pues si bien abre mercados y plantea una prudente estrategia de alto rendimiento afectivo, por principio excluye la competencia una vez cerrado el trato, y la posibilidad de expandir el mercado, transitando de la microempresa a la macro. Tampoco explica cómo abandonar la sociedad sin que una u otra parte resulte afectada cuando los beneficios per capita no devenga dividendos —aspectos que nunca está de más tener presente.